sábado, 16 de febrero de 2008

Luciérnaga

Recorrió mi pómulo la lágrima antes de caer al suelo, entonces, fuertemente estrechéla entre mis temblorosos brazos y beséla como aquella primera vez.
Tras un profundo suspiro ella con tristeza zafóse a la vez que dirigíame una cálida y tierna sonrisa que alumbró todo su rostro. “Me esperarás, ¿cierto?”, preguntóme. Yo con mis llorosos ojos con presteza respondíle mientras ella alejábase arrastrando su equipaje. “Sí, te esperaré por siempre, amor”, fue lo último que aquella mañana recuerdo haber pronunciado antes de que la luz que mi vida iluminaba, marchárase.

Dedicado a mi niña.
Que todo resulte como lo esperas en tu viaje.
Te amo...
y, por favor, vuelve pronto...