viernes, 10 de septiembre de 2010

Esa oscuridad sobre nosotros - II





II



Me desperté en cuanto la alarma consiguió arrancarme de mis sueños y fantasías –lo que nunca resulta sencillo–. Bostezando intenté apagar de un manotazo el irritante artefacto que no dejaba de sonar. ¡Sí!, aún me parecía molestoso que todas las mañanas me tuviera que despertar y de nada había servido que pudiera incorporarle un mp3 a elección como tono… el efecto era el mismo. En este último tiempo había aprendido a odiar muchas canciones que antes solían estar entre mis favoritas.
A duras penas conseguí ponerme en pie, batallando contra las sábanas y frazadas que atentaban con dejarme apresada hasta el final de los tiempos. Y no es que me hubiese desagradado la idea, pero los gritos de mi madre desde la habitación contigua no me habrían ayudado a recuperar el sueño. “¡Levántate de una buena vez, Aurélie y apaga esa payasada!” Bueno, no la culpo, después de escuchar ese conjunto de tarros sonando, dudo que ella pueda también volver a conciliar el sueño. ¿Será su manera de desquitarse?
Me cuesta creer que aquellas ocho sagradas horas de sueño hayan pasado así de rápido. ¿Realmente habré dormido? Miro de reojo la luz titilante del despertador para cerciorarme. En efecto, es la hora. Creo que no debería extrañarme, aun debo estar bajo los efectos post-vacaciones; acostumbrada a acostarme taaaarde y levantarme igual de tarde y, por ello, ahora no consigo quedarme dormida cuando debería. ¿Hasta qué hora habré estado dándome vueltas en la cama antes de perder la conciencia? ¡Pero ya está, no hay nada más que hacer! Es hora de prepararse para ir al liceo. ¡Pero no tengo ánimos! –la verdad es que nunca los he tenido–, me siento sin energías, mis párpados se niegan a mantenerse abiertos… Necesito algo de vitalidad, algo que me refresque y me dé ánimos para comenzar el día. Descorro con presteza la cortina, deseosa de que aquellos cálidos rayos de luz bañen mi rostro… ¡pero no los encuentro! ¡Todo sigue tan oscuro como la última vez que miré a través de la ventana! A estas alturas suena estúpido –e incluso casi cómico–, pero aún guardo la esperanza de recordar cómo era el día… cómo era un día soleado e iluminado…
Decepcionada, enciendo la lámpara del comodín sin quitar la vista del exterior, entonces pego un salto al ver aquello mirándome de frente. ¡Todos los días me pasa! ¡Todos los días lo veo! Es inevitable, aunque quiera, no puedo llegar y ocultarlo en algún cajón y luego cambiarlo. ¡Es lo que hay y lo que ahora tengo! Me acerco un poco más para apreciar mi pálido reflejo con los restos de maquillaje que olvidé quitarme la noche anterior. Creo que debería empezar pronto con eso si no quiero llegar tarde a clases, ¡y no es que a la profesora de inglés le guste mucho que la interrumpa mientras intenta explicarle a mis compañeros lo mismo que nos enseña año tras año! –¿Será lo único que conoce? ¡Y así esperan que seamos bilingües!–. Y tampoco puedo partir sin bañarme… aunque siempre puede haber una excepción… ¿será el momento de aplicar las artes francesas? ¿Mucho perfume? ¿Faire la toilette?

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