jueves, 16 de septiembre de 2010

Esa oscuridad sobre nosotros - III





III



El día avanza como de costumbre y eso… me aburre. Todo siempre ha sido así: mis compañeros diciendo las mismas bromas, utilizando los mismos apodos y hablando de los mismos temas. Que la música, que la comedia, que el fútbol, que el reality, que el carrete, que el trago, que el pito, que el sexo… ¡Siempre lo mismo! ¡Ni siquiera el día en que la luz nos abandonó dejaron de hablar de esos temas! Y no son solo ellos; mis padres, los profesores, mis vecinos, en la televisión e incluso en facebook y twitter, no han hecho ningún comentario. ¿Es acaso normal esto? ¿Habrá algo que ignoro y todos los demás saben? ¿Me habré perdido de algo? Quizá también la culpa sea mía en cierto modo, porque nunca le he preguntado a nadie su opinión acerca de esto, ¿será que me basta con lo que ven mis ojos? ¡No! ¡Quiero saber la verdad! ¡Aunque tenga que realizar un curso intensivo de hackeo para rastrearla a través de la web! ¡Y aunque luego se rían de mí cuando la descubra –siendo algo que todos den por sentado y no sea necesario investigar– y resulte ser otra estrategia de los Estados Unidos para apoderarse del mundo –cosa que muchas veces he escuchado entre sus conversaciones sobre cualquier cosa negativa–!
El tiempo pasa y pasa, acercándome cada vez más al final del día. ¿De qué hablará aquel caballero de corbata allá adelante? ¿Qué ramo era? ¿Biología? ¿Filosofía? Ya no me consigo concentrar en nada… Vuelvo a mirar por la ventana, observando aquel cielo negro impenetrable que tanto me intriga. Ninguna luz, absolutamente nada. ¿Cómo será viajar en avión? ¿Qué verán las personas que lo hacen?, porque los aeropuertos siguen funcionando y los vuelos continúan su flujo normal, nada ha entorpecido su itinerario. Si tuviera dinero viajaría a cualquier parte, no importa que sea solo para cruzar la Cordillera, solo para intentar conocer un poco más esta situación. ¿Habrá alguna luz allá arriba? Y si la hay, ¿realmente será más brillante que la de aquellos focos que iluminan la multicancha de aquellos basquetbolistas aficionados? Ni siquiera me atrevería a hacer una comparación, porque ya no la recuerdo…
Levemente escucho sonar el timbre entre mis recuerdos.
¡El cine! ¡Es cierto, el cine! En las películas de antes deben existir algunas tomas del día, de las nubes, del Sol, de la Luna, las estrellas, de la luz natural… Creo que he visto algunas en la televisión… ¡Pero no es lo mismo! En el cine todo se ve tan irreal, tan falso… ¿Qué es la realidad y qué no lo es? ¿Y si yo misma estoy viviendo en una película?
–¡Aurélie!
¿Qué es real y qué no lo es? Creo que ya no lo puedo distinguir… Pero para los demás esta realidad es la real, la oscuridad es un hecho incuestionable… “¡Aurélie!” Pero para mí, ¿cuál es la realidad? ¿También esta? “¡Aurélie!” ¿Alguien me está llamando?
–¡Aurélie! –sí, alguien lo está haciendo, volteo la cabeza en su dirección–. Acá planeta Tierra llamando a Aurélie, por favor aterrice de sus sueños de una vez…
–Sarah… siempre tan chistosa, ¿qué sucede?
–¡Cómo que qué sucede! Hace más de 20 minutos que ha sonado el timbre y tú aún sigues aquí. ¿Acaso no planeas regresar a casa? ¿Tanto te gusta el colegio?
–¿Tanto tiempo ha pasado ya? –pregunto asombrada–. ¡No me había dado cuenta! –me pongo de pie y meto a la ligera mis cosas en la mochila.
–¡Ay, mujer! ¡Cada vez más despistada! –solo me limito a sonreír y asentir–. Si no fuera por mí quizás hasta podrías vivir en esta sala –supongo que ella tiene razón–. Agradéceme por haberme devuelto al darme cuenta que no habías salido con los demás.
–¡Gracias! –sé que eso solo alimentará su ego, pero es bueno saber que alguien se preocupa por uno.
Su sonrisa al escuchar mi agradecimiento es inevitable. Luego recupera la compostura y se aclara la garganta.
–¡Ya! ¡Basta de cháchara y apresúrate, que no quiero llegar tarde a casa! –vuelvo a asentir–. Me adelantaré por mientras, para que arregles las cosas “como la gente”…
Ella camina hacia la puerta, mientras yo me doy cuenta que mis cuadernos y libros han terminado en cualquier parte menos dentro de mi bolso. Creo que soy anormal y no como el resto de las mujeres, es decir, no puedo hacer más de dos cosas a la vez…
Sarah… es bueno tener una amiga, ¿no? Porque nosotras somos amigas, ¿cierto? Supongo que ella pensará como yo… “No quiero llegar tarde a casa”, sus palabras… pero, ¿cuál es la diferencia entre llegar temprano o tarde si la oscuridad sigue siendo la misma? Es igual de peligroso, ¿no? ¡Como sea! Al parecer esta vez no regresaré sola a casa…
Me detengo antes de cruzar la puerta, algo se me ha ocurrido. ¿Y si…? ¿Tal vez…? ¡No!, ¡no debo titubear! ¡Debo aprovechar esta oportunidad!
Con seguridad retomo la marcha. Sarah se encuentra allí sola, esperándome. Al verme, me insta a apurar el paso apuntando su pequeño reloj de pulsera.
Esta vez me atreveré a preguntar…




Dime, Sarah, ¿tú vez esta oscuridad con los mismos ojos que yo? ¿O será que tú también los tienes vendados como el resto de la gente?


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