lunes, 25 de octubre de 2010

Esa oscuridad sobre nosotros - V



V





Aquella noche regresé a casa sin ningún problema, fue extraño, pero no me topé a nadie en la calle, ni siquiera encontré a alguien cuando entré en mi hogar. Sobre la mesa del comedor, mis padres me habían dejado una pequeña nota vistosa de color amarillo fluorescente, como obligándome a reparar en ella:


Querida Aurélie, te estuvimos esperando, pero como te has retrasado bastante hemos decidido salir a cenar a casa de tu tío son ti. Nos invitaron mientras estabas en clases, así que no te pudimos avisar con anticipación.
Compramos pan y tienes algunas cosas en el refrigerador que puedes calentar por si traes hambre.
Mamá & Papá


Si no estuviera acostumbrada a esto y si mis padres no fueran tan relajados como lo son, esto sería extraño para cualquier otra adolescente. “Si se atrasó debe ser por algo” y “si ha sucedido algo nos llamará”, eso debieron haber pensado ellos. Siempre habían intentado no entrometerse demasiado en mi vida, después de todo debo tener mi propio espacio, ¿no?
Arrugué la nota y la tiré al papelero. Mejor para mí, esta noche no tenía ganas de ver a nadie y menos de responder a las rutinarias preguntas de mi tío. ¿Qué tal el colegio? ¿Qué vas a estudiar cuando salgas? ¿Tienes novio? Un ambiente de conversación es lo que menos necesitaba en estos momentos, considerando cuál sería la primera pregunta que llegaría hasta mi cabeza. Pero es mi familia, ¿no? Quizá ellos me podrían haber dado una respuesta…
Abro el refrigerador por pura manía, pues no me apetece comer nada. Es cierto, han preparado algunas cosas para que cene. ¿Se sentirán mal si las dejo tal cual?, ¿sin probar? ¡Al diablo! Mi organismo no se siente en las mejores condiciones como para digerir comida… si con suerte he podido digerir aquella situación… Sarah…
Me quito los zapatos antes de subir por las escaleras en dirección a mi cuarto –es una costumbre en mi hogar–. La madera crepita, quejándose a cada paso que doy –¡ya ven!, estoy demasiado gorda como para seguirme alimentando–, el bolso lo llevo a rastras y choca a cada cierto tiempo con mi pierna izquierda que se queda retrasada, esperando su turno para subir. Doblo a la derecha y camino por el breve pasillo hasta llegar a la puerta de mi habitación, giro la perilla mientras que con la mirada distraída observo el cartel que una vez pegué cuando chica: SOLO PERSONAL AUTORIZADO. No lo podía haber escogido mejor, en este momento no estaba de ánimos como para que me molestaran.
Encendí la luz y cerré la puerta con pestillo tras de mí. El bolso lo dejé ahí, tirado en alguna parte cerca de la entrada. Me quité la odiosa corbata, desabotoné la inmaculada blusa blanca y la colgué con cuidado en el respaldo de la silla del escritorio. Desabroché la falda y la lancé a algún sitio, creo que cayó sobre el notebook. Abrí la cama y saqué el pijama debajo de mi almohada, me lo coloqué con presteza y me acurruqué entre las sábanas. Con un movimiento rápido apagué el interruptor sobre mi cabeza. ¿Qué hora era? No tenía idea. ¿Me habían dado tarea en el colegio? No me interesaba. ¿Había programado la alarma? Me tenía sin cuidado. Ahora lo único que quería hacer era ausentarme de este mundo que no alcanzaba a comprender, aunque irónicamente eso significaba sumirme en la más profunda oscuridad. ¿Será que ella me persigue?




Creo que aquella noche soñé. Las imágenes se me presentaban borrosas, pero estoy segura de haber reconocido a Sarah. Ella estaba junto a un chico que nunca en mi vida había visto, llevaba un traje elegante, como de etiqueta. Él le hablaba, creo, y Sarah lloraba, desde mi posición podía reconocer las pequeñas lágrimas recorrer su rostro. Él sonreía, parecía disfrutar de su sufrimiento. Lo siguiente me pareció absurdo, pero de igual manera me dejó perpleja, con un solo movimiento de su mano, consiguió que ella se postrara a sus pies y, agachando su cabeza, le besara los zapatos. Yo me encontraba perdida, observando a Sarah realizar dócilmente aquel acto, que no percaté, si no hasta que lo volví a mirar, que él me observaba fijamente, mientras sus labios me decían algo que mis oídos no alcanzaron a escuchar. Luego, todo se esfumó rápidamente, dando paso nuevamente a la oscuridad. Había abierto los ojos y lo único que escuchaba eran los gritos de mi madre que me recordaba que me había quedado dormida.
Esta vez no me interesaba si llegaba con retraso, pero debía tomar un buen baño para refrescar mi cabeza.




En el colegio, antes de que empezara la primera hora, la profesora de Biología hizo pasar a un nuevo chico que había sido transferido desde otra escuela. Yo lo reconocí, era el mismo que había visto en mis sueños, solo que esta vez llevaba uniforme, como nosotros. Nuestras miradas se cruzaron por un segundo y él me sonrió… Supongo que eso hubiese ocurrido si se tratara de una de esas escasas novelas que he terminado de leer, pero no… Al parecer realmente me encuentro en la realidad y esas cosas no suelen ocurrir con tanta facilidad. Si fuera así, habría encontrado algún significado –si es que lo tiene– para aquel sueño… o pesadilla.
Sin lugar a dudas, el día en el colegio pasó con normalidad –como cualquier otro–. Hoy tuvimos Educación Física, pero no hicimos nada que requiriera inhalar más oxígeno que de costumbre, ya que nos midieron y pesaron. Creo que he crecido dos centímetros más y al parecer estoy bien con los kilos que tengo, así que mejor no me preocupo más por eso.
Con respecto a Sarah… ella estaba bien, continuaba sonriendo y hablando como de costumbre, pero había una sola cosa diferente… ya no lo hacía conmigo. Es más, ni siquiera volvió a cruzar su mirada con la mía.
Por último me habría gustado preguntarle si había llorado la noche anterior…
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