miércoles, 24 de agosto de 2011

Esa oscuridad sobre nosotros - IX



IX





Luego de un breve instante de haberme situado detrás de las pequeñas espaldas impacientes, entró en escena una muchacha que no parecía tener más años que los míos. Su ropa era realmente llamativa, utilizando colores que jamás pensé que se podrían vestir (y que, claramente, si los hubiese encontrado, nunca en vida se me habría ocurrido ponérmelos. ¿Aniversario del colegio?, ok, quizá para una ocasión como aquella lo habría pensado aunque sea un instante). Llevaba el pelo tomado con dos coletas que le daban un cierto aire infantil (aunque debo admitir que no se veía para nada ridícula, es más, parecía que fuera algo natural para ella). Saludó a los niños con una gran sonrisa y agitando exageradamente los brazos, a cada cierto tiempo les soltaba besos lanzándoselos con la palma de sus manos. Al terminar aquel empalagoso ritual, se sentó en una pequeña banca amarilla, delante de los pequeños. Cuando logró que todos consiguieran calmarse y le prestaran atención, comenzó a narrarles una pequeña historia que no pude evitar escuchar:
–Hace mucho tiempo existió una tierra totalmente distinta a lo que nosotros podemos mirar con nuestros propios ojos e, incluso, completamente diferente a lo que podríamos llegar a imaginar en nuestras cabezas. Se trataba de una tierra llena de un encanto mágico que la volvía indescriptible al poder de las palabras.
”Según se dice, el talento de un verdadero artista no era suficiente frente a la belleza de aquellos paisajes irretratables; ni siquiera una fotografía hubiera conseguido capturar con real precisión y fidelidad aquella hermosura observable en el día a día por sus habitantes.
"“¿Pero cuál será esa gran diferencia que no deja retratar aquella tierra mágica? ¿Cuál es esa magia?”, se estarán preguntando ustedes en sus pequeñas cabecitas. “Quizá debe haber una explicación”, “¿qué la hace realmente diferente a lo que vemos y conocemos o a aquello que imaginamos?” “¿Qué la puede volver tan diferente de la propia naturaleza que nos rodea?, ¿acaso puede haber algo más bello que nuestras flores, nuestros bosques, nuestros prados, montañas y ríos?” Es lo mismo que yo me pregunté hace algunos años cuando me encontraba sentada, así como ustedes, escuchando expectante aquellas mismas palabras que ahora intento transmitirles a ustedes, mis niños. ¿Cuál era esa diferencia? ¿Cuál? –repetía, intentando generar una atmósfera de suspenso en su diminuto público que la miraba como hipnotizado. Pero aquel clima no lo podría aletargar por mucho tiempo más, si no quería conseguir que más de alguno se hiperventilara a causa de la impaciencia–.
”Los colores –continuó, frente a la veintena de caras confusas y sorprendidas–. La diferencia estaba en los colores, completamente en ello. Unos colores que jamás en la vida podríamos apreciar. Unas tonalidades que, por más que jugáramos con la rosa cromática, no conseguiríamos recrear. Aquella era una magia cromática.
–¿Los colores? –replicaron en desarmonía los pequeños, sin acabarlo de entender del todo. Yo misma no conseguía comprenderlo a cabalidad y estuve a punto de sumarme al canon de voces infantiles.
–Sí, los colores –reiteró, para mi desesperación, la chica. ¡Si tan solo diera un poco más de información!
–Pero... –comenzó a hablar uno de los niños que estaba a unos cuantos pasos míos– no entiendo –movió la cabeza reafirmando sus palabras–. ¿Qué tienen de especial esos colores que nunca los voy a poder ver? –¡Menos mal que había un pequeño despierto entre el público!, que ya me imaginaba levantando la mano para hacer la pregunta. Si ya me decía yo que sus lentes no eran un simple adorno (¿será verdad que la inteligencia reposa en aquellos objetos?, algún día probaré a ver si algo cambia en mi cabeza).
–Pues... –me pareció verla saborear la impaciencia que provocaba en los pequeños, o quizá fue mi imaginación–, eran unos colores que brillaban en el cielo.
“Unos colores que brillaban en el cielo”, aquella frase fue más que suficiente para acaparar toda mi atención, ¿estaba frente a algún tipo de revelación que me ayudaría a comprender lo que estaba sucediendo?
–¿Colores en el cielo? –preguntó esta vez una niña de pecas–. Pero si en el cielo no hay colores, es negro.
–Exactamente –confirmó la relatora–. Nuestro cielo es negro, siempre ha sido así y siempre lo será –esto solo conseguía confundirme aún más–. Pero el de ellos era mágico, porque había colores, aunque también había veces en que el cielo se oscurecía y se ponía negro, pero aún así había colores que brillaban y destellaban.
–¡Yo quiero ver eso! –gritó un niño más pequeño que estaba en primera fila.
–¡Yo también! –le siguió uno que estaba a su lado y que vestía exactamente igual al anterior, ¿hermanos?
–Sí, sí... –los apaciguó con más despilfarro de ternura empalagosa–. Yo sé que muchos de ustedes les gustaría ver todos esos deslumbrantes colores tanto como a mí, pero lamentablemente solo es algo que podemos intentar imaginar –la desilusión se dejó notar en el lamento de los pequeños–. Pero si quieren, yo les puedo hablar un poco más acerca de aquellos colores –no creo que sea necesario describir el entusiasmo que aquella propuesta despertó en los niños–. Muy bien, empecemos entonces –algo me decía que lo que estaba por escuchar evitaría que me zambullera en los estantes de libros en busca de alguna respuesta–.
”Primero, les dije que en aquel mundo también había un cielo oscuro, ¿cierto? –los niños asintieron al unísono–. Muy bien. Pero, aquel cielo no era totalmente negro ya que había pequeñas lucecitas destellantes que lo adornaban. Además de ellas, existía una luz mucho más grande que iluminaba con su sonrisa la vida de los habitantes de aquella tierra mágica durante las horas en que todos dormimos. Las primeras se llamaban estrellas y, la segunda, Luna –¿Luna, estrellas?, aquello debe ser una broma, ¿cierto?–.
”Pero, aquellos mágicos colores que les había señalado no se dejaban ver bajo la luz de la Luna o las estrellas, si no que en otro momento, en aquel durante el que dormimos, sino que durante el tiempo en que estamos despiertos, es decir, durante el día. ¿Qué sucedía ahí? Pues, la oscuridad del cielo desaparecía completamente para dar paso un hermoso color celeste adornado con grandes algodones de azúcar de color blanco. Pero eso no es todo, lo más asombroso era aquella enorme esfera anaranjada, como de fuego, que brillaba solitaria coronando el cielo y que daba luz y calor a los habitantes de aquella tierra. Aquellos algodones se llamaban nubes y se dice que de ahí provenía la lluvia y la nieve...
–¿Y la nieve era dulce? –preguntó uno de los niños.
–Ja, ja ,ja, ja, eso no lo sabemos, solo lo saben los habitantes de esa tierra. Bueno, como les decía, aquella gran esfera se llamaba Sol y bajo su cálida luz la naturaleza lograba brillar con un color indescriptible, que jamás nosotros podremos ver o imaginar, pero con una belleza que cualquiera desearía conocer. Pero eso no es todo, ya que, cada cierto tiempo, cuando llovía y el Sol estaba presente, se formaba en el cielo un hermoso camino de múltiples colores, llamado arcoíris, que llevaba felicidad a los hombres que lo veían.
La narración acabó y los niños no pudieron reprimir sus gritos y exclamaciones de asombro frente a aquello que se les había descrito. Por mi parte, no sabía si era asombro o miedo el que se dibujaba en mi rostro cuando terminé de escuchar aquello. ¿La Luna, las estrellas, las nubes y el Sol no eran más que parte de una leyenda? ¿La diferencia entre en el día y la noche realmente no existía? ¿Entonces que eran todos aquellos recuerdos que yo tenía en mi memoria?, ¿qué pasaba con aquellos días en que recordaba que había caminado con mis padres bajo la luz del Sol? ¿Todo aquello era mentira? ¿Todo aquello lo había imaginado? ¡No!, ¡eso no podía ser posible!
–Bueno chicos, ¿que les parece si ahora dibujamos lo que les he contado en estas hojas que les tra...
–¿Realmente el Sol, la Luna, las nubes y las estrellas no existen? –me atreví a preguntar, interrumpiendo la actividad que tenía con los niños. No pudo ocultar el asombro que provocaba en ella mi pregunta. Los niños parecían confundidos y paseaban la mirada de ella a mí, sin detenerse, como intentando averiguar qué estaba sucediendo.
–S...Sí... –logró balbucear con cierta dificultad la muchacha–. Por supuesto que no existen, no son más que una leyenda y pertenecen a aquel mundo de ensueño que acabo de describir.
–¡Pero eso no puede ser cierto! –grité sin darme cuenta, asustando un poco a los niños–. Si yo misma he visto aquello que acabas de contar con mis propios ojos y estoy segura que tú también lo has visto.
La muchacha perdió por un instante el aliento y el nerviosismo se vio presente a través del sudor que empezaba a perlar su frente.
–Discúlpame, pero estás empezando a asustar a los niños –desvió el tema.
–Necesito que me respondas –indiqué con tono autoritario. Estaba a punto de perder el control.
–Lo siento, pero no puedo creer que pienses que aquello pueda ser real –me respondió sin mucho convencimiento en la voz–. O sea... no sé si tendrás algún tipo de... problema, pero eso no es real y nunca ha existido... Quizá has leído mucho o visto muchas películas, porque mucho escritores y cineastas han tratado de recrear aquel mundo que he descrito, es más, se ha transformado en un verdadero tópico en la literatura en el cine... pero... lamento decirte que aquello no es real... es decir... es ficción... es algo que ellos intentaron hacerte creer que existía realmente... pero... ¿será quizá que estás confundiendo la realidad con la ficción?
–¡No se trata de eso! –volví a gritar, aquello ya había sido la gota que rebalsó el vaso. ¿Ella me estaba tomando por una loca? ¡Yo sé muy qué es real y qué es ficticio y tengo completamente claro que aquello existe y que todo el mundo está tratando de ocultármelo!– ¡Tú sabes a lo que me refie...!
–¡Señorita! –una voz autoritaria me interrumpió– ¡Por favor!, que esto es una biblioteca y no una plaza pública para que grite de esa manera.
–Lo... lo siento –respondí a regañadientes mientras me giraba para encontrar a la amable bibliotecaria con una expresión de pocos amigos.
–Puedo imaginar que ya ha encontrado lo que buscaba –asentí sin mucho convencimiento–. Entonces hágame el favor de seguirme a la salida, tal vez sería bueno que tomara un poco de aire para tranquilizarse –agaché la cabeza indignada, esta había sido la peor vergüenza que había pasado en mucho tiempo, menos mal que la mayoría de los presentes eran niños–. Rebeca –se dirigió a la muchacha–, ahora puedes continuar trabajando con los niños.
–Sí... –volvió a balbucear, aún no conseguía salir de la impresión que le había causado.
Sin decir una palabra más, caminé detrás de la anciana que marchaba tensa delante de mí. Para mi pesar no pude evitar escuchar un “tía, ¿esa niña está loca?” y un no muy convencido murmullo de afirmación.
–Muchas gracias por su visita –me indicó la bibliotecaria, sin volverme a dirigir aquella cordial sonrisa.
–De nada... –respondí solo por gesto de cortesía.
–Espero que para la próxima vez –dijo antes de que abriera la puerta– aprenda que a veces es mejor no preguntar más de la cuenta –la miré sin entender–, porque hay veces en que, por más que se quiera, es imposible responder con la verdad...
–¿Qué me quiere decir con eso? –quise saber.
–Algo que sería bueno que comprendiera para evitar una posible tragedia –sentenció.
–Gra... gracias –dije sin saber si era algo que debía agradecer.
Cuando escuché que la puerta se cerraba tras de mí, volteé la cabeza para volver a ver a través del cristal a aquella misma anciana que me había recibido con anterioridad, dibujando con sus labios la misma dulce sonrisa.
Definitivamente acá estaba sucediendo extraño... No, mucho más que extraño: Algo demencial.

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lunes, 1 de agosto de 2011

Esa oscuridad sobre nosotros - VIII



VIII





Aún cuando había encontrado una respuesta racional para lo ocurrido, no me había atrevido a tratar ese tema con mis padres. No lo entendía. ¿De qué tenía miedo? ¡Como si algo extraño fuera a ocurrir...! Tuve que agitar con violencia mi cabeza para alejar todos aquellos pensamientos que se agolparon en mi mente sin justificación alguna. Esto estaba a punto de convertirse en más que un simple delirio. Debía hacer algo ¡y ya!
Con decisión subí aquellos peldaños que había renegado durante años. En cualquier otra situación habría perdido la motivación en el primer escalón, pero ahora era diferente. Miré aquellas dos estatuas colosales situadas a cada extremo de la gran puerta de cristal, no parecían interesarse en mí, estaban demasiado ocupadas dejándose abstraer por aquellas palabras jamás talladas. Pero, por más que las miraba, no sentía nada, ¿acaso las habían situado acá para atraer a más personas? Pues conmigo no estaba funcionando, a pesar de que estuviera dando la impresión equivocada a la sonriente anciana que me observaba mientras terminaba de entrar en la biblioteca.
Se sentía extraño caminar entre todas aquellas estanterías repletas de libros. ¿Realmente todos habrán sido leídos aunque sea una vez o estarán allí solo por decoración?, algunos se veían nuevos, aunque dataran de 50 años atrás...
Buscaba y buscaba entre aquellos cientos de títulos que intentaban mostrarse llamativos a mis ojos, pero eran esfuerzos en vano, nunca sentiré atracción por uno de ellos. No pertenezco a este mundo de las letras, es más, en estos momentos me siento como una intrusa en tierra desconocida, casi enemiga, diría yo. “Que leyendo libros te vas a culturizar”, ¡cuántas veces habré escuchado eso!, pues si se trata de eso prefiero ser inculta toda mi vida. ¡Está bien!, sé que no es solo literatura la que se empasta, pero aún así me da flojera leer aquellas diminutas líneas. Aunque si tuvieran más imágenes o dibujos sería más fácil. Ok, lo acepto, pertenezco a aquella generación de la imagen que fue criada por la televisión. ¿Para qué esforzarse en leer, cuando algún que otro programa en la TV te puede explicar “aquello en que hubieras gastado demasiado tiempo buscando y leyendo en un libro”? Pues, de algo que sirva la evolución de la sociedad; así nuestra es más fácil, ¿o no?
Eran demasiadas las estanterías que ya había revisado, sin encontrar lo que buscaba. ¡Es que todo era tan difícil mientras intentaba descifrar aquel misterioso código con que catalogaban los ejemplares! ¿Es que acaso es necesario aprender una cierta lengua para poder entrar en estos dominios? Ya estaba exhausta, con suerte había conseguido descubrir que aquellas letras correspondían al apellido del autor del libro. ¡Pero no era eso lo que necesitaba! Yo no buscaba un autor, buscaba una materia en específico... ¿Dónde...? Desde el primer momento debí haber supuesto que esto era una mala idea, pero supongo que a veces el exceso de positivismo puede hacer mal. ¡Bien, Aurélie, hoy encontrarás la respuesta a todas tus preguntas!, como si eso fuera tan simple. Fui una tonta al pensar que encontraría algo dentro de estas cuatro paredes; por el momento lo único que había conseguido era acrecentar un poco mi potencial bibliofobia. Supongo que algún día se mostrará más evidente aquel problema.
Ya me había dado completamente por vencida y este olor a antigüedad me estaba empezando a agobiar, necesitaba urgentemente salir de acá antes de que empezara a insultar a cada uno de los autores que habían logrado grabarse en mi cabeza. Pero, justo cuando logré divisar la salida entre el laberinto de conocimiento, una voz a mi espalda logró frenar mis pies:
–¿Busca algo, señorita? –preguntó con una voz casi maternal. Por su tono envejecido supe de inmediato que se trataba de la bibliotecaria que me había recibido al entrar. ¿Acaso me había estado vigilando y consiguió ver mi desesperación? Entonces, ¿a venido hasta acá para rescatarme o para evitar que huya de sus tierras?, ¿así es como funciona?
–Sí –le respondo, devolviéndole su amable sonrisa–, he estado buscando una cierta materia, pero no consigo hallarla.
La viejecita me queda mirando por unos instantes.
–¿Su primera vez en una biblioteca? –la pregunta da justo en el clavo, tanto que me suena casi a una acusación. ¿Cómo se habrá dado cuenta que soy una extraña?, ¿acaso será porque no manejo aquel extraño idioma estampado en los lomos de los volúmenes? ¿Qué todas las bibliotecas son iguales?
–No... no.... –balbuceo tímidamente mientras con todas mis fuerzas rezo porque no se dé cuenta del rubor de mis mejillas. Pero, ¿por qué intento negarlo?, ¿será que no quiero quedar como una iletrada ignorante?–, es solo que me siento un poco confundida y mareada –me toco la cabeza–, es que he estado un poco enferma estos días y no puedo pensar bien –¿hasta llego a mentir?, esto ya es algo incontrolable, no soy yo la que a duras penas intenta actuar, es mi instinto, ¿o mi orgullo?. Realmente a veces nuestra mente actúa por nosotros, ¿por qué será? ¿Instinto de supervivencia frente al enemigo?
–Ya veo... –murmura la mujer sin mucho convencimiento en la voz–. ¿Y qué estás buscando?, si se puede saber.
–Física o geografía –ni siquiera sabía bien en que dominio debía buscar–... algo sobre la Tierra, el cielo o el universo...
–Pues son aquellos estantes en el corredor de al frente, al lado de la biblioteca infantil.
–¡Muchas gracias! –le digo mientras miro en aquella dirección.
–De nada –me dice, regresando a su puesto de vigilancia al lado de la puerta–. Deberías mantener la cabeza en alto –me aconseja antes de perderla de vista.
Inconscientemente levanté la mirada para leer en unas grandes letras rojas: FILOSOFÍA. Ahora todo cobraba sentido, por eso me sentía tan agobiada.
Mientras me dirigía al nuevo pasadizo del laberinto, no pude evitar fijarme en lo que ocurría en la biblioteca infantil. Una veintena de niños se encontraban sentados en aquel suelo acolchado especial para ellos, esperando que alguien surgiera de atrás de unas cortinas verdes con dibujos de animales. ¿Hasta edad ya les empiezan a lavar el cerebro?, pensé mientras esperaba que el show diera inicio.
No estoy segura si fue la mejor elección, porque, cuando aquella chica de colores vistosos que descorrió la cortina empezó a contarles aquella historia a los niños, no pude reparar en el asombro y terror que mi rostro debía estar dibujando en ese instante. ¿Qué demonios estaba pasando aquí?
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