lunes, 1 de agosto de 2011

Esa oscuridad sobre nosotros - VIII



VIII





Aún cuando había encontrado una respuesta racional para lo ocurrido, no me había atrevido a tratar ese tema con mis padres. No lo entendía. ¿De qué tenía miedo? ¡Como si algo extraño fuera a ocurrir...! Tuve que agitar con violencia mi cabeza para alejar todos aquellos pensamientos que se agolparon en mi mente sin justificación alguna. Esto estaba a punto de convertirse en más que un simple delirio. Debía hacer algo ¡y ya!
Con decisión subí aquellos peldaños que había renegado durante años. En cualquier otra situación habría perdido la motivación en el primer escalón, pero ahora era diferente. Miré aquellas dos estatuas colosales situadas a cada extremo de la gran puerta de cristal, no parecían interesarse en mí, estaban demasiado ocupadas dejándose abstraer por aquellas palabras jamás talladas. Pero, por más que las miraba, no sentía nada, ¿acaso las habían situado acá para atraer a más personas? Pues conmigo no estaba funcionando, a pesar de que estuviera dando la impresión equivocada a la sonriente anciana que me observaba mientras terminaba de entrar en la biblioteca.
Se sentía extraño caminar entre todas aquellas estanterías repletas de libros. ¿Realmente todos habrán sido leídos aunque sea una vez o estarán allí solo por decoración?, algunos se veían nuevos, aunque dataran de 50 años atrás...
Buscaba y buscaba entre aquellos cientos de títulos que intentaban mostrarse llamativos a mis ojos, pero eran esfuerzos en vano, nunca sentiré atracción por uno de ellos. No pertenezco a este mundo de las letras, es más, en estos momentos me siento como una intrusa en tierra desconocida, casi enemiga, diría yo. “Que leyendo libros te vas a culturizar”, ¡cuántas veces habré escuchado eso!, pues si se trata de eso prefiero ser inculta toda mi vida. ¡Está bien!, sé que no es solo literatura la que se empasta, pero aún así me da flojera leer aquellas diminutas líneas. Aunque si tuvieran más imágenes o dibujos sería más fácil. Ok, lo acepto, pertenezco a aquella generación de la imagen que fue criada por la televisión. ¿Para qué esforzarse en leer, cuando algún que otro programa en la TV te puede explicar “aquello en que hubieras gastado demasiado tiempo buscando y leyendo en un libro”? Pues, de algo que sirva la evolución de la sociedad; así nuestra es más fácil, ¿o no?
Eran demasiadas las estanterías que ya había revisado, sin encontrar lo que buscaba. ¡Es que todo era tan difícil mientras intentaba descifrar aquel misterioso código con que catalogaban los ejemplares! ¿Es que acaso es necesario aprender una cierta lengua para poder entrar en estos dominios? Ya estaba exhausta, con suerte había conseguido descubrir que aquellas letras correspondían al apellido del autor del libro. ¡Pero no era eso lo que necesitaba! Yo no buscaba un autor, buscaba una materia en específico... ¿Dónde...? Desde el primer momento debí haber supuesto que esto era una mala idea, pero supongo que a veces el exceso de positivismo puede hacer mal. ¡Bien, Aurélie, hoy encontrarás la respuesta a todas tus preguntas!, como si eso fuera tan simple. Fui una tonta al pensar que encontraría algo dentro de estas cuatro paredes; por el momento lo único que había conseguido era acrecentar un poco mi potencial bibliofobia. Supongo que algún día se mostrará más evidente aquel problema.
Ya me había dado completamente por vencida y este olor a antigüedad me estaba empezando a agobiar, necesitaba urgentemente salir de acá antes de que empezara a insultar a cada uno de los autores que habían logrado grabarse en mi cabeza. Pero, justo cuando logré divisar la salida entre el laberinto de conocimiento, una voz a mi espalda logró frenar mis pies:
–¿Busca algo, señorita? –preguntó con una voz casi maternal. Por su tono envejecido supe de inmediato que se trataba de la bibliotecaria que me había recibido al entrar. ¿Acaso me había estado vigilando y consiguió ver mi desesperación? Entonces, ¿a venido hasta acá para rescatarme o para evitar que huya de sus tierras?, ¿así es como funciona?
–Sí –le respondo, devolviéndole su amable sonrisa–, he estado buscando una cierta materia, pero no consigo hallarla.
La viejecita me queda mirando por unos instantes.
–¿Su primera vez en una biblioteca? –la pregunta da justo en el clavo, tanto que me suena casi a una acusación. ¿Cómo se habrá dado cuenta que soy una extraña?, ¿acaso será porque no manejo aquel extraño idioma estampado en los lomos de los volúmenes? ¿Qué todas las bibliotecas son iguales?
–No... no.... –balbuceo tímidamente mientras con todas mis fuerzas rezo porque no se dé cuenta del rubor de mis mejillas. Pero, ¿por qué intento negarlo?, ¿será que no quiero quedar como una iletrada ignorante?–, es solo que me siento un poco confundida y mareada –me toco la cabeza–, es que he estado un poco enferma estos días y no puedo pensar bien –¿hasta llego a mentir?, esto ya es algo incontrolable, no soy yo la que a duras penas intenta actuar, es mi instinto, ¿o mi orgullo?. Realmente a veces nuestra mente actúa por nosotros, ¿por qué será? ¿Instinto de supervivencia frente al enemigo?
–Ya veo... –murmura la mujer sin mucho convencimiento en la voz–. ¿Y qué estás buscando?, si se puede saber.
–Física o geografía –ni siquiera sabía bien en que dominio debía buscar–... algo sobre la Tierra, el cielo o el universo...
–Pues son aquellos estantes en el corredor de al frente, al lado de la biblioteca infantil.
–¡Muchas gracias! –le digo mientras miro en aquella dirección.
–De nada –me dice, regresando a su puesto de vigilancia al lado de la puerta–. Deberías mantener la cabeza en alto –me aconseja antes de perderla de vista.
Inconscientemente levanté la mirada para leer en unas grandes letras rojas: FILOSOFÍA. Ahora todo cobraba sentido, por eso me sentía tan agobiada.
Mientras me dirigía al nuevo pasadizo del laberinto, no pude evitar fijarme en lo que ocurría en la biblioteca infantil. Una veintena de niños se encontraban sentados en aquel suelo acolchado especial para ellos, esperando que alguien surgiera de atrás de unas cortinas verdes con dibujos de animales. ¿Hasta edad ya les empiezan a lavar el cerebro?, pensé mientras esperaba que el show diera inicio.
No estoy segura si fue la mejor elección, porque, cuando aquella chica de colores vistosos que descorrió la cortina empezó a contarles aquella historia a los niños, no pude reparar en el asombro y terror que mi rostro debía estar dibujando en ese instante. ¿Qué demonios estaba pasando aquí?
<< AnteriorSiguiente >>

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

¡Anímate a dejar tu comentario!