lunes, 10 de octubre de 2011

Esa oscuridad sobre nosotros - X



X


Es en los peores momentos cuando nos invaden aquellos recuerdos que creímos olvidados. ¿Será que nuestras propias emociones son quienes los encierran y, a la vez, son las únicas que poseen la llave para volverlos a hallar?
Confusión es lo que siento. Estoy perdida en un mundo que se parece al mío, pero no lo es… ¿Cuál es la diferencia? Solo un detalle. La luz se ha ido para siempre de nuestras vidas…
Melancolía… Ese es el sentimiento que trae a mi mente aquellos fragmentos olvidados que ahora brillan con un significado especial para mí. ¡Cómo desearía que no fuera lo único brillante en esta noche eterna!



Recuerdo que cuando era niña me gustaba observar el firmamento con mi padre. Algunos fines de semana solíamos recostarnos en el pasto de la plazuela que quedaba cerca de nuestro hogar y pacientemente esperábamos hasta que empezara a anochecer y las primeras estrellas florecieran titilantes en la oscuridad. Era algo que realmente disfrutaba, ver como en aquel oscuro lienzo una mano invisible salpicaba pintura al azar.
–No es al azar, Aurélie  –me corrigió mi padre una vez que le expuse mi pensamiento en voz alta–. Fíjate bien y podrás darte cuenta que aquellos diminutos puntos forman una figura.
Yo con presteza entornaba los ojos intentando descubrir aquellas formas que él me señalaba, pero por más que lo intentaba no lograba adivinar las imágenes en el cielo. Entonces, cuando estaba a punto de darme por vencida y las impacientes lágrimas de frustración empezaban a aparecer, él solía levantar su diestra con el índice alzado y recorrer aquellas líneas imaginarias que unían los brillantes puntos que formaban la figura.
–¡Es como en los libros para colorear! –exclamé llena de júbilo la primera vez que hizo aquello al poder ver lo mismo que sus ojos veían.
¿Cuántas constelaciones me mostró? Eso es lo único que no sé con exactitud, pero bien recuerdo que en cada una de esas noches me enseñó una diferente. Algunas eran bastante simples, otras mucho más elaboradas y complejas. Pero gracias a sus explicaciones podía formarme una pequeña idea de lo que estaba observando y el resto era solo cuestión de imaginación. Porque de eso se trataba todo eso, ¿no? De imaginar.
Dragón, Tauro, Hércules, Cuervo, Serpiente, Osa mayor, Orión, Hidra, Virgo… ¡Tantos nombres que marcaron mi infancia y que, en ese entonces, me ayudaron a estrechar mis lazos con mi padre! Pero, además de observar, ¿cuántas horas habremos pasado conversando sobre estrellas, el firmamento, la luna, planetas y el Universo? Es que yo tenía tantas preguntas y él me quería entregar tantas respuestas, pero tampoco lo sabía todo y eso era justamente era lo que me encantaba de él: Si no lo sabía, me llevaba con él a buscar la respuesta, ya fuera internándonos en la gigantesca biblioteca de su despacho o navegando en internet… Es así como ambos aprendíamos cosas nuevas y yo me entretenía observando las ilustraciones que graficaban las constelaciones que yo había intentado imaginar.



Eso no fue para siempre, duró mientras yo era pequeña. Después, cuando entré en aquel periodo de embobarme con grupos musicales y dejarme arrastrar por el tsunami digital del internet, todos aquellos momentos se perdieron. Ya no era más la niñita curiosa que deseaba aprender tantas cosas, me había convertido en una adolescente que intentaba hacer justamente lo contrario, olvidar y no repasar lo poco y nada que alguna vez había entrado por su cabeza.



Una vez, lejos de mis días de infancia, le pregunté a mi padre por qué no se había dedicado a la Astronomía, por aquel disfrute que podía adivinar en su expresión cada vez que se encontraba de cara a las estrellas. Recuerdo que él se quitó sus lentes, cerró el libro que estaba leyendo y, luego de dejar ambas cosas en el escritorio, con aquella misma tierna mirada de toda la vida me dijo: “Si lo hubiese hecho, no habría podido disfrutar junto a ti”.



Si hubiese sido aquella misma querendona que recuerdo haber sido alguna vez, no habría podido evitar abrazarlo y entrar en toda aquella tontera melosa, un intercambio de amor y cariño entre padre e hija. Pero no lo hice, en vez de eso le devolví una simple sonrisa. ¡Cómo si eso fuese suficiente!
Nunca antes había reparado en aquel gesto, pero ahora es diferente; cuando ya no hay nada a lo que llamar firmamento.



Era cierto que tanto aquel cielo que observamos como aquel que nos es distante, pero que se nos suele revelar en la noche, era algo que realmente le apasionaba. Estudiar sobre ello, aprender sobre ello, a pesar de que su profesión no tuviera nada que ver con eso. Pero le gustaba observarlo de esta forma, a su ritmo y desde su propia óptica, no quería que su pasión afectara sus relaciones personales y afectivas, al tener que internarse en un observatorio. No, él no quería hacerlo de ese modo, prefería la compañía, prefería poder compartir aquella alegría que iluminaba el brillo de las estrellas en su rostro. Quería disfrutarlo con alguien, conmigo, así como me contó que su padre lo había hecho con él cuando era un niño. Pero él no se quería quedar solo en eso, deseaba tener algunas respuestas, por eso debía estudiar, pues solo de ese modo podría responder algunas de las muchas preguntas que mi infante alma curiosa querría formular.



Ahora, eso ya no volvería a importar, porque no había absolutamente nada por lo que sentir curiosidad. Porque un eterno abismo se había expandido sobre nuestras cabezas. Porque ya no existía nada más que esa oscuridad sobre nosotros.
Desde que fui consciente de la oscuridad aquella biblioteca de mi padre no la volví a encontrar. Aquellos tomos habían desaparecido, al igual que aquella mirada perdida en su fascinación.



Y pensar que cuando era solo una niña no esperaba el momento en que yo misma pudiera continuar aquella hermosa tradición y poder enseñarle a mi futuro hijo aquellos secretos del Universo que me fueron revelados a mí.



Si tan solo aquella hubiese sido la única revelación en mi vida, continuaría aquel recuerdo guardado hasta que fuera oportuno volver a rememorarlo. Pero hoy me doy cuenta que soy la única cuerda en un mundo de orates que se han resignado a perder el cielo. Otro secreto me ha sido revelado, nadie me lo ha dicho, yo sola lo he inferido: Aquella realidad que yo conozco no es más que una fantasía y yo he vivido toda mi vida siendo parte de un mito. Entonces, ¿la cuerda sigo siendo yo?