miércoles, 28 de diciembre de 2011

Esa oscuridad sobre nosotros - XIV (3)


XIV
(3) 



Todos guardaron silencio y no dejaron de mirarme. Debía mantenerme firme, aunque tuviera todos aquellos rostros perplejos sobre mí. A pesar de la inmovilidad, sentía el ambiente pesado, sofocante. No pude evitar aquella transpiración porfiada, pero debía hacer hasta lo imposible para que la vergüenza no encendiera mi rostro. No estaba acostumbrada a ser el centro de la atención y jamás había conseguido sostener por más de un minuto la vista de alguien. Pero ahora debía resistir, debía hacerlo…
–Aurélie… por favor toma asiento… –me pidió tímidamente el profesor Bertrand rompiendo el silencio.
–¡No! ¡No lo haré hasta que me responda! –demandé, olvidando cualquier norma de cortesía.
–Aurélie, no lo entiendo –volvió a hablar el profesor Bertrand sin perder el miedo–. Esto es algo que tú deberías saber al igual que los demás.
Antes de continuar, recorrí con la mirada la sala, observando el rostro de cada uno de mis compañeros que aún me miraban confundidos. ¿Acaso pensaban que me había vuelto loca?
–¿A qué se refiere? –pregunté al fin, intentando calmar mi histeria.
–Porque todos lo vivimos –me dijo–, ¿no lo recuerdas?
–¿Recordar qué? –demandé saber, volviendo a perder un poco la paciencia, ¡porque estaba claro que no sabía! ¡Yo no me había enterado de nada y nadie se había preocupado de explicármelo!
Mi profesor no sabía qué decir. Su miedo se había tornado confusión, en su rostro pude adivinar la misma expresión de aquel hombre deschavetado de La Resistencia cuando le señalé que no sabía quiénes eran los ángeles. ¿Será que no confía en mí y cree que le estoy mintiendo? Pues no, no lo hago por diversión, sino que por cansancio, porque yo también quiero ser parte del mundo…
Intercambia miradas con algunos de mis compañeros. Puedo ver que Sarah, Joaquín, Mathilde, Francisca, Diego y otros más le mueven la cabeza en señal de negativa. Me impaciento, pero intento no volver a gritar.
–Ya veo… –vuelve a hablar el profesor Bertrand–. Entonces es posible que realmente no lo sepas… –¡aleluya!– Pero no es tu culpa Aurélie, ya que luego solo se dejó de hablar de ello…
–¡¿De qué?! –volví a preguntar exaltada, cansada de tanto misterio.
El profesor aguardó un poco antes de responder, al parecer quería cerciorarse de lo que estaba por decir.
–Del “Preludio a la Última Guerra”, Aurélie, de eso es lo que se trata –me señaló al fin.
–¿Preludio a la Última Guerra? –repetí sin lograrlo entender del todo.
–Sí –confirmó él–. El último conflicto armado que llegaríamos a conocer, porque después de este no se volverán a levantar las armas –me afirmó con seguridad–. Este preludio a la última guerra –no quise interrumpirlo, para que me explicara todo lo que sabía– fue la respuesta de Oriente a la apabullante presión de Occidente o, más específicamente, de lo que conociste como Estados Unidos. Digo ‘conociste’ porque, como puedes ver en el mapa, toda Norteamérica se vio afectada por este incidente. Toda esa zona dejó de ser habitable y se decidió que debía ser aislada, por eso está destacada con ese tono –terminó de hablar.
–Pero… –tuve que esperar un momento para aclarar mis pensamientos–. Por qué ‘preludio’ y no simplemente ‘guerra’, ¿acaso después de eso no hubieron represalias?
–Evidentemente que iban a haber, pero no fue permitida más violencia –me respondió–. Es más, por eso este sector no habitable fue bautizado como la ‘Zona Cero’, ya que implica un nuevo nacimiento, una nueva forma de vivir sin armas.
Lo quedé mirando por un instante. Volví a repasar el mapamundi, intentando calzar toda aquella información que me habían dado. Mientras lo hacía, pude sentir el ambiente de incomodidad a mi alrededor, claramente este no era un tema que le gustara tratar a todo el mundo y definitivamente había algo más que no me habían revelado. Debía seguir preguntando.
–¿Por qué la Zona Cero no es habitable? –pregunté como una forma de llenar los vacíos en su relato.
–Días después del ataque, toda vida natural empezó a morir sin razón aparente… –hizo una pausa–. Los que permanecieron en la zona después del ataque intentando recuperar y volver a levantar lo que fuera posible también perecieron, en cambio los que huyeron no. Se piensa que se trataba de un arma biológica que, tras la explosión, se propagó por todo lo que conocemos como Zona Cero –me explicó–. De todos modos, nadie logra entender por qué solo se propagó hacia el norte y no al sur, pues nunca ha rebasado el límite que vez en el mapa.
–¿Qué país realizó el ataque? –volví a preguntar, sin dejarle respirar, necesitaba reunir toda la información que pudiera.
–No se sabe… –me respondió incómodamente.
–Entonces, ¿por qué dice que fue algún país de Oriente? –le presioné.
Mi profesor tragó saliva, al parecer estaba llegando al punto.
–Es la información que se maneja… –señaló como ausente, intentando desviar su mirada.
–Pero, a pesar de toda esta explicación que me ha dado, hay algo que no me queda claro y que no logro entender –dije sinceramente–. ¿Cómo podemos estar seguros que no habrá más violencia? ¿Cómo podemos saber que no habrá más guerras?
El ambiente se tornó mucho más incómodo que antes. Mis compañeros intentaban centrarse en cualquier otra cosa con tal de evadir la conversación, solo porque podían hacerlo, mientras que el profesor Bertrand, que era asediado por mis ojos, no conseguía encontrar ningún lugar para esconderse. No podía hacer nada más que responderme:
–Porque así lo han asegurado… –farfulló temeroso.
–¿Quién ha asegurado eso? –le interpelé, segura de haber llegado al centro de todo el misterio.
–Ellos… –insistió con la misma voz, sin atreverse a dar un nombre.
–¡¿Y quiénes son ellos?! –le grité, ya perdiendo los estribos.
El profesor Bertrand no me volvió a responder, en cambio hizo lo posible por fijar su mirada en mí. Percibí el temblor en sus rasgos y pude leer en sus ojos la silenciosa súplica que intentaba hacerme: “Por favor, no sigas presionando”. Pero yo simplemente no podía hacerle caso, ya que había llegado hasta este punto necesitaba obtener todas las respuestas que pudiera.
–Realmente necesito que me diga la verdad, profesor… –le dije, intentando calmarme un poco para que él no sintiera demasiada presión.
No fue necesario que me volteara para sentir la inquietud, delante de mí y a mis lados, mis compañeros tiritaban en un esfuerzo sobrehumano por aguantar el llanto. También conseguí escuchar unos cuantos susurros, voces increpándome y pidiendo que todo este interrogatorio terminara de una vez. Por un instante observé a Sarah, que se hallaba unos cuantos puestos delante de mí, estaba hundida en su banco, con ambas manos cubriendo sus oídos, pegaba unos pequeños saltitos que, quizá, eran producidos por sus intentos de frenar aquella histeria que amenazaba con apoderarse de todo el salón.
¿Yo era la causa de todo esto? ¿A tanto había llegado mi egoísmo?
–No… no puedo… Aurélie… –tartamudeó finalmente el profesor recuperando mi atención.
–¿Por qué…? –le pedí que me dijera, tratando no ejercer más presión de la que el ambiente podía soportar.
–Porque todos lo saben… –fue la primera excusa que me dio– y porque está prohibido –fue la segunda.
Dos argumentos. Tal vez el segundo me hubiese bastado para dejar de preguntar, pues podía inferir que ‘ese alguien’ les impedía hablar, pero el primero me hacía perder completamente el control.
–“Todos lo saben…” –repetí sin demasiada fuerza, como pensando en voz alta–. ¡Todos lo saben! –grité descontrolada.
–Aurélie, por favor… tranquilízate… –volvió a intentar calmarme. Pero no daría resultado.
–¡No! –le respondí–. ¡Escúchenme bien! –me dirigí a todos esta vez–. ¡No todos saben lo que está pasando! ¡Yo no tengo la más mínima idea de lo que ha ocurrido y ocurre con el mundo y, por más que pregunto, nadie quiere explicármelo! ¡Es como si todos estuvieran intentando aislarme de la verdad! –me desahogué.
–¡No! ¡No es eso! –gritó Sarah poniéndose de pie después de haber golpeado con ambas manos su mesa–. ¡No se trata de eso, Aurélie! –me repitió.
–¿Ah, no? –pregunté a la defensiva–. ¡Entonces alguno de ustedes me podría responder por qué el cielo ha dejado de brillar! ¡Qué significa esta eterna oscuridad!
–Recuerda el consejo que te di… –me suplicó Sarah, agitada, pidiéndome que recordara aquella noche en que me dejó de hablar.
Al inicio, el movimiento fue imperceptible. No podía escuchar nada, ni siquiera las palabras del profesor Bertrand que trataban de luchar contra mis gritos… No podía dejar de gritar, continuar desahogándome.
–¡¿Quiénes son ellos?! –seguí peguntando–. ¡¿Quiénes son los ángeles y por qué existe una resistencia?!
El movimiento se hizo más evidente, pero no me importó. El profesor palideció y sus palabras enmudecieron completamente.
–¡Sí! –le respondí a su muda pregunta–. ¡Usted tiene qué conocer todas estas respuestas! –él me imploró, negando con la cabeza. Sarah comenzó a sollozar–. ¡Porque yo sé que usted pertenece a La Resistencia!  –solté por fin.
Me había hiperventilado. Lo había dicho. Mi respiración volvió a la normalidad. Me calmé.
El movimiento y el ruido se hicieron demasiado notorios ahora que no gritaba.
Todos se pararon de sus puestos y salieron corriendo, buscando la puerta, la salvación.
Sarah cayó de cuclillas, gritando y llorando sin control. El profesor Bertrand intentó calmarla, pero ni siquiera él podía ocultar lo que sentía en este momento.
Pánico.
El movimiento lo sacudió todo. Un remezón que alteró todo el orden del lugar. Los bancos y las sillas se desplazaron de un lado a otro. La histeria había ganado y había superado lo emocional. Era algo físico, demasiado violento y aterrador.
La pizarra cedió y el mapamundi cayó al piso, ocultando la verdad.
Las ventanas se abrieron y cerraron sin control, estrellándose con fuerza contra las paredes. Los fragmentos de vidrios volaron en todas direcciones en un estruendoso rugido que llenó todo el piso de hirientes esquirlas.
Yo solo corrí, dejándome llevar por la masa que abandonaba la sala y, que eufórica, bajaba las escaleras intentando resguardar sus vidas. El timbre sonó y todas las demás salas se abrieron. Todos corrían hacia el patio central, pisándose, aplastándose, únicamente preocupándose de sí mismos.
Las vigas no resistieron la violencia del movimiento y cedieron, derrumbándose parte del segundo piso del colegio. El polvo se levantó en una densa cortina que nos cubrió y aisló del mundo por unos instantes.
Escuché gritos y lamentos multiplicándose exponencialmente. La histeria había sucumbido con su propio peso, dando paso al caos, el rey de todas las desgracias.
Todo fue demasiado rápido. No estoy segura de cuánto tiempo habrá pasado, quizá uno, dos, tres o cuatro minutos, pero cuando el velo que nos cubría se disipó en el aire la tierra dejó de temblar.
Froté mis ojos, intentando recuperar la visión. Todos estábamos en el patio, algunos de pie, otros en el suelo, abrazados, aterrados, lesionados o impactados. Entre ellos encontré a Sarah, aún llorando, con ambas manos cubriendo su rostro. Había conseguido escapar.
Continué buscando por los alrededores, corriendo de un lado a otro, pero no lo vi por ningún lado, se había esfumado al igual que aquella nube de polvo. ¿Él habría conseguido huir también? Inconscientemente miré hacia el edificio derruido y me sorprendí al constatar que tan solo nuestra sala de clases había colapsado, desapareciendo completamente de la estructura. ¿Qué significaba esto?
–¿Ya ves lo que has conseguido? –escuché que una voz a mis espaldas me preguntaba.
–¿Qué? –exclamé antes de voltearme. A unos cuantos pasos de distancia reconocí a aquel hombre de La Resistencia que había conocido hace un par de noches.
–Esto ha sido tu culpa –me dijo con total convicción.
–¿A qué se refiere? –le pregunté–. ¿Dónde está el profesor Bertrand? –cambié automáticamente mi pregunta, pues él lo conocía y era más importante saber su paradero.
–Lo has entregado, niña –me respondió–. Lo has entregado al revelar su identidad. Es todo tu culpa –volvió a acusarme.
–¿A quiénes? –le pedí que me dijera mientras intentaba procesar lo que estaba pasando.
–A ellos… –me indicó, emulando las palabras del profesor Bertrand–. Los ángeles lo han venido a buscar –me reveló– y todo ha sido tu culpa…
–Pe… pero yo no sabía… –intenté excusarme, creyendo entender a lo que se refería. No pude evitar que las lágrimas afloraran–. Yo… yo… –quise seguir justificándome, pero no sabía qué es lo que debía decir, pero realmente no sabía qué había ocurrido y cómo lo había ocasionado. Sin embargo, ahora no podía evitar sentirme culpable.
–Lo hecho, hecho está –sentenció el hombre apesadumbrado y, sin decir otra palabra más, me dio la espalda y se perdió entre los afectados.
Mis lágrimas continuaron fluyendo mientras volvía a observar el sitio en que antes de la catástrofe se encontraba mi salón de clases. No podía terminar de creer que todo esto hubiese ocurrido por mi egoísmo y ansias de saber la verdad.
¿Realmente el profesor Bertrand había desaparecido por mi culpa? ¿Los ángeles habían venido por él? Todo se había vuelto más caótico y confuso que antes.
Ante mis ojos, la ficción continuaba engulléndose la realidad…
¿Todo esto era mi culpa? ¡¿Qué había hecho?!   



sábado, 24 de diciembre de 2011

Esa oscuridad sobre nosotros - XIV (2)


XIV
(2)


Por más que lo intento, no consigo prestarle atención al peladito de matemática. Será simpático y en más de una ocasión nos habrá atrapado con sus bromas, pero eso no es suficiente. Es que, realmente, ¿para qué sirve lo que me está enseñando si, creo, nunca lo ocuparé? Matemática por matemática, trigonometría por trigonometría, polinomios por polinomios, ángulos por ángulos. ¿Y de qué me sirve? Solo como una excusa para darle uso a mi cuaderno… Aunque, en ese sentido, es lo mismo que lo ralle y ralle con garabatos. ¿Qué le costará a este profe –y no es el único– explicitarme para qué rayos me servirá lo que se supone que estoy aprendiendo? ¿Será mucho pedir? Por último a través de un ejercicio aplicado a la vida real…
Bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, dicta en un idioma que no parece terráqueo. Bla, bla, bla, bla, bla, bla, pregunta a uno de los niños que se sientan adelante. Bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, le responde en el mismo idioma, al parecer ha conseguido descifrar el código. “¡Excelente!”, alcanzo a entender, al parecer el Joaquín lo ha hecho bien.
Para mi suerte, suena el timbre antes de que el profesor continúe con su predicación alienígena. Se despide de nosotros, pero yo no tengo ánimos de responder, después de una mañana de Filosofía y Matemática creo que se ha conseguido fundir lo que queda de mi cerebro.
Paso el recreo en la sala, no tengo ánimos para levantarme o para intentar platicar con alguien. Solo necesito quedarme donde estoy, echada como cual bulto sobre el banco. Supongo que debe considerarse como un mérito del estudiantado el tener la capacidad de pegar una siestecita en cualquier rincón posible, a la hora que sea y por el tiempo que sea necesario. Quizá hayan sido solo diez minutos, pero vaya que sirve para resistir noventa minutos más de clases. Mis compañeros vuelven a entrar a la sala. Yo bostezo y me desperezo sin pudor, sin importar que me identifiquen como una vaga. Todos se vuelven a ubicar en sus puestos sin interrumpir sus respectivas conversaciones –y no, no es necesario que se sienten al lado para continuarla, el gritarse de esquinas opuestas también vale–. Poco a poco vuelvo a ubicarme en el salón de clases, las burbujitas de sueño empiezan a desaparecer y siento que mi cerebro retoma su trabajo. ¿Qué tocaba ahora?      
“Buenos días”, saluda tímidamente el profesor. Efusivamente todos dejan de hacer lo que estaban haciendo y se ponen de pie para responderle: “¡Buenos días, señor Bertrand!”. Yo no me muevo, sigo sentada en mi puesto mirando entre mis compañeros, buscando su rostro, intentando alcanzar su mirada. Inevitablemente constato que él hace lo mismo. Nos encontramos y no son necesarias las palabras para entender el mensaje que me intenta transmitir, lo veo en sus ojos, en su mirada suplicante. Me está rogando, como nunca lo haría un profesor a un estudiante o un adulto a un adolescente, “por favor, guarda mi secreto”. Inconscientemente desvío la mirada, pero es algo natural, incluso mi cuerpo sabe que no estoy en condiciones de prometer nada… Todos se vuelven a sentar, los susurros se vuelven a propagar, el profesor Bertrand aclara su garganta y, de a poco, a medida que empieza a recuperar su seguridad, los hace callar, porque la clase ha comenzado y él es nuestro profesor de Historia…

Tarda diez minutos, lo habitual para conseguir que el curso le preste la atención necesaria. Al inicio este tiempo le sirve para firmar y escribir en el libro de clases, luego de que está hecho, las tímidas peticiones de silencio se convierten en un único y potente mandato que reduce el barullo a un límite aceptable. 
Como al inicio de todas sus clases, hace un repaso e la anterior por medio de preguntas que únicamente son respondidas por la mitad del curso hacia adelante, pues el resto simplemente desaparece. Al terminar con aquello, al parecer explica lo que haremos hoy, pero yo ya he dejado de prestarle atención al contenido, solo escucho mis pensamientos que me conminan a hacer algo, lo que sea. Le pide ayuda a Marcelo, el más alto del curso, para colgar un mapamundi en los ganchos que están sobre el pizarrón. Sin desenrollarlo, lo  enganchan y, luego, solo lo dejan caer. El profesor Bertrand le agradece a Marcelo y le pide que regrese a su puesto. “Ahora saquen su cuaderno para que puedan tomar apuntes de lo que les explicaré”, es lo que nos dice. Todos mis compañeros obedecen, pero yo no, porque no puedo, porque hay algo más que ha captado mi atención… Mi atención está puesta completamente en el mapa, hay algo que intento descubrir y, a la vez, comprender. ¿Es ese realmente el mundo que yo no conozco? No, hay algo extraño en él, ¿pero qué es? Lo inspecciono atentamente, intentando encontrar aquello que no encaja… Entonces, lo descubro. 
Automáticamente me pongo de pie, consternada y exaltada por mi hallazgo y, sin reparos,  vocifero mi pensamiento:
–¡¿Qué ha sucedido con el mundo?!



¡Aurélie, tranquila! –intentó calmarme el profesor desde la distancia, pero ya era demasiado tarde, nada ni nadie evitaría que obtuviera mis respuestas. Todos mis compañeros se voltearon a verme sorprendidos–. Aurélie, tranquila, que no ha pasado nada, quizá has soñado algo –no, eso no era posible, nunca había estado tan despierta como ahora y aquel mapa no podía estarme mintiendo. ¿Qué rayos había sucedido?
–¡¿Qué ha sucedido con Estados Unidos?! –pregunté directamente, porque un agujero tan evidente no podía pasar desapercibido–. ¡¿Qué ha ocurrido con América del Norte?! –quise saber, porque estaba cubierta completamente con un tono mucho más claro, sin distinguir países ni geografía.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Esa oscuridad sobre nosotros - XIV (1)

XIV
(1)


¿Será que solo cuando hemos conocido o reparado en una persona, esta realmente empieza a existir en el mundo? Si esto fuera así, entonces sería la única manera de explicar lo que he visto hoy en la mañana.



Finalmente despertarse no fue tan difícil como lo imaginé, bueno, si es que realmente llegué a dormir algo, porque entre tanto sueño y pensamientos de más que pude haber pasado toda la noche consciente.
El despertador no tuvo que esperar mucho, es más, casi ni había empezado a sonar la melodía cuando automáticamente lo apagué.
Ya no tenía sentido volver a abrir las cortinas, pues el mundo debía seguir tal como lo dejé el día anterior, sin ningún cambio, sin mucha esperanza. Tampoco quise prender la lámpara, de alguna manera debía habituarme a esta realidad. Tomé las toallas del closet que había permanecido abierto todo el fin de semana, revelando mi desastrosa personalidad. Abrí la puerta y caminé por el pasillo con un ritmo estable, sin extrañar mi colchón, mis cojines o mi almohada. Entré al baño y cerré el pestillo tras de mí, dejé las toallas en el colgador y me sostuve un rato con ambas manos en el lavabo, con la cabeza gacha. Cuando me decidí, con la diestra tiré de la cadenilla y dejé que la luz por fin se abriera paso entre la oscuridad. Levanté la mirada para observarme en el espejo, las ojeras lo decían todo. Ya no aguantaba más, estaba aburrida. Debía haber algo que pudiera hacer… ¡Si fuera tan fácil como tirar de una cadena para volver a encender el Sol!
Me quité el pijama y descuidadamente lo arrojé al piso. Abrí la llave y dejé que el agua corriera un poco antes de entrar. Conté hasta tres y aguanté la respiración, luego me sumergí y dejé que el frío lacerara mi cuerpo. Los espasmos no tardaron en llegar, mi respiración se empezó a acelerar como si estuviera perdiendo el aliento. Lo necesitaba… Realmente necesitaba permanecer así por unos instantes, quería que mi cuerpo estuviera lo más despierto posible. Debía pensar… Debía haber algo que pudiera hacer… ¡Algo!

Frustración…
    
Corto el agua de la ducha. Las gotas resbalan escurridizas por mi cuerpo, mi cabello estila y no deja de mojarme el rostro. Mis ojos lagrimean, ¡pero no estoy llorando!, es solo el agua con champú que me ha irritado la vista… Nada más…
Sin preocuparme por secarme, me envuelvo en la toalla y salgo del baño sin volver a ver mi reflejo. A fin de cuentas, no hay nada que yo pueda hacer por este mundo… Y menos aún con esta venda que no permite que mis ojos descubran la verdad…


Salgo temprano. Transito por las mismas calles en que hace un par de noches me sentí extraviada y, aunque ahora sé cuál es el camino que debo tomar, paradójicamente, las sigo sintiendo de la misma manera: extrañas… Porque la oscuridad cubre todo con un nuevo matiz, quitándole vida a las cosas, convirtiéndolas en algo diferente, distinto a cómo las recordaba.
Lamentablemente, ahora soy consciente de todo e, incluso, existe la remota posibilidad de que todo aquello que una vez conocí, y que creía cierto, realmente nunca haya existido. Pero es una posibilidad y, como tal, hago lo posible porque no se convierta en una certeza… aunque sea en mi interior.

Debe ser una ley el hecho de que el camino se vuelve más corto mientras menos atención le prestemos y, en este sentido, los pensamientos, pesares, problemas, alegrías y compañías son una buena forma de aplicarla.
Podría llegar a jurar que solo había dado cinco pasos desde que salí de casa y podría apostar que solo me restaba el triple de ellos para llegar al colegio. A mi rededor empecé a escuchar los primeros saludos matinales que hicieron que me volviera a estrellar con la realidad. En un principio respondí tímidamente, poco habituada a este tipo de socialización –cuando una está acostumbrada a llegar justo en el toque de timbre, se olvida toda cordialidad–, pero no me costó mucho tomarle el ritmo y empezar a hacerlo automáticamente, por reflejo.
Ahí me topaba con algunos compañeros, conocidos, apoderados, auxiliares, profesores… ¿Profesores…? ¿Con el profesor de Historia? ¿Pero quién es él que está junto a él? Creo que lo he visto antes… ¡Si tan solo se diera la vuelta para poder verlo bien! El profesor está como nervioso… Él escucha lo que le dicen  y mira para todos lados, como cerciorándose de que nadie lo estuviera observando… De izquierda a derecha, sin dejar de oír… Pero me ve… Palidece un poco y traga saliva… Rápidamente reacciona, levanta la mano y la agita, saludándome, yo hago lo mismo para responderle. El hombre que está a su lado se da cuenta y descuidadamente se voltea. ¡Lo veo! ¡Me ve! Sin pensarlo se despide de mi profesor y sale corriendo. Me evade, busca otra ruta para salir del establecimiento, para no toparse conmigo… no es necesario que alguien me lo diga, ni que me lo confirme, porque él me conoce y yo lo conozco, nos hemos visto hace poco y yo sé lo que él hace… Paso por el lado de mi profesor, lo vuelvo a saludar, él me responde con la mejor de sus sonrisas, pero puedo sentir su incomodidad, también le gustaría huir, porque en el fondo él sabe que yo sé, se ha dado cuenta que yo conozco su secreto, que yo sé en qué está metido.
Él en estos momentos debe temerme, porque no puede haber peor error que ser descubierto. A pesar de que yo sea una niña, a pesar de que yo sea su estudiante, la posibilidad –nuevamente– está ahí, pero esta vez sí depende de mí el que se pueda convertir en un hecho.
Si realmente existe algo como La Resistencia, debe haber algo o alguien causando una presión que ya se ha vuelto insostenible. Si realmente existe algo como La Resistencia, lo peor que puede pasar es que se descubra quiénes son sus miembros, porque así sería mucho más sencillo desarticularlos. Y yo conozco a dos, aquel hombre que buscó mi adhesión y que creí loco y ahora mi profesor de Historia que no deja de tiritar tras de mí. ¡Y pensar que ambos se conocían! ¡Quizá cuántas veces pude haberlo visto acá mismo y nunca reparé en su presencia! Quizá sea cierto y aquel hombre solo empezó a existir cuando lo conocí…


El timbre suena.
El viejo latero de Filosofía entra a la sala.
Nos saluda. Nos paramos y en coro –casi canon– le respondemos.
Pasa la lista. Yo saco el cuaderno –inmaculado– y la agenda. Repaso el horario solo para asegurarme. ¡Sí! Hoy antes de almuerzo me toca Historia. Quizá sea el momento de participar en clases y hacer un par de preguntas…   

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Esa oscuridad sobre nosotros - XIII


XIII


Y efectivamente mi premonición se volvió realidad…
Castigada, sin salir de mi cuarto por todo el fin de semana –claro, sin considerar las idas al baño y las llamadas a comer– y totalmente desconectada del ciberespacio.

Pese a que ya el fomingo se está despidiendo –según lo que dice mi reloj– y mañana debo hacer un esfuerzo gigantesco por no quedar enredada entre las sábanas, no logro dejar de pensar en lo extrañamente absurdo que resultó aquel viernes…
Primero. Darme cuenta que he creído vivir en un mundo de ficción que solo existe en los cuentos para niños. O, lo que puede ser lo mismo pero en otras palabras, que estoy loca. Bueno, estoy segura de que si le hubiera preguntado a cualquiera de esos psicolocos, solo de vocación, que proliferan y pululan en la red dispuestos a responder tus dudas existenciales aunque sea a través de la más rebuscada idiotez –y, sin embargo, hay preguntas que se la merecen–, cualquiera de ellos me habría respondido: “Un loco no repararía en su locura” –aunque también estoy segura de que si les preguntara sobre la eterna oscuridad, se retractarían de sus palabras.
Segundo. Encuentro a un pirado que, al parecer, intenta juntar un ejército para una guerra-pre-y-post-apocalíptica a la vez contra unos invasores que parecen ser ángeles del mal. “La Resistencia”, me dijo que se hacían llamar, pero la verdad es que con su temor y poca seguridad dudo mucho que puedan “resistir” contra alguien o algo.
Tercero. Otro más que parecía salido de un manicomio o quizá de qué parte. Realmente, si no hubiese terminado de creerme aquello de mi vida de ficción, habría pensado que esta se estaba proyectando a mí alrededor y que le había dado vida a un vampiro. Pues, ¡vamos!, alguien tan pálido, de negro, desesperadamente educado, con una voz y tono irreal, perfecto y hermoso –viéndolo desde una perspectiva completamente objetiva– de verdad que no puede existir, ¡menos en esta época! Bueno, a no ser que sea un Rey, Príncipe, Conde, Duque o portador de cualquiera de esos títulos nobiliarios sin sentido. Pero eso me parece imposible, es decir, ¿cómo una plebeya como yo puede toparse en la calle con una persona tan aparentemente importante? En ese sentido, mi teoría no parece fácil de descartar, además, tampoco es que alguien haya probado que los vampiros no existen… Si existe el chupacabras, ¿por qué no los vampiros? Por último, un vampiro me parece más creíble que un ángel…
¡Ángeles!
¡Oh, Dios mío! –con evidente ironía.
¿A quién se le pudo haber ocurrido eso?
¡Ángeles! Y no hablamos de ángeles caídos, sino pura y llanamente de ángeles… Es que, según nuestro saber popular, ¿no puede existir un ser más confiable o bondadoso que un ángel? –¡Está bien!, dejemos de lado a Totoro o al Gatobús y a cuanta creatura ghiblesca–. No por nada en mi niñez, cuando aún me podían obligar a profesar la religión de mis padres, rezaba antes de dormir:

Ángel de mi guarda,
dulce compañía,
no me desampares
ni de noche ni de día

Las horas que pasan,
las horas del día,
si tú estás conmigo
serán de alegría

No me dejes sola,
sé en todo mi guía;
sin Ti soy chiquita
y me perdería

Ven siempre a mi lado,
tu mano en la mía.
¡Ángel de la guarda,
dulce compañía!

Esta es una de las únicas oraciones que recuerdo, porque en mi infancia cumplió su cometido –bueno, más bien el motivo por el cual mi madre me la enseñó–: Conseguir que no tuviera miedo a dormir sola y, gradualmente, sin luz.
Entonces, si los ángeles fueran seres malos, no nos encomendaríamos a ellos de esta forma, ¿no?
Por eso, me convence más la idea de que sea un vampiro que un ángel. Sí, definitivamente es un vampiro. ¿Eso quiere decir que yo vendría siendo como la Bella, la Elena o la Sookie de este cuento? ¡No! Nunca tan tonta como para enamorarme de un cadáver ambulante…
Cuarto. ¿Alguien me puede explicar verdaderamente por qué no puedo estar en la calle más allá de medianoche? Pues, por supuesto, mis padres no pueden. Luego del reencuentro, el abrazo y las lágrimas –¡vamos!, ¡que solo fueron unas cuantas horas!, ya veo cómo será cuando decida emancipar–, me reprendieron por andar en la calle hasta tan tarde. Me dijeron que ninguna persona en su sano juicio lo haría. Entonces, ¿qué pasaba con los bares, pubs, discoteques y otros antros de la misma calaña?, les pregunté. Cierran antes u ofrecen servicio de hospedaje, me respondieron, como si fuera normal o como si yo debiese saberlo. Por un momento quedé en blanco tras la respuesta y no pude seguir con el interrogatorio, pues caí en la cuenta de que mis planes anticipados de vida universitaria se habían ido por el caño… ¡adiós primeros días de juerga!, ¡adiós primeras noches sin dormir por otras razones que no sean el estudio! Y pensar que me había prometido ser más sociable y disfrutar todo lo que no he disfrutado cuando fuera una universitaria de tomo y lomo…
En cuanto desperté y volví a prestarle atención a lo que realmente era importante, me percaté que mis padres continuaban recitándome mis derechos y, sin juicio alguno, me condenaban a arresto domiciliario por un crimen que evidentemente cometí, pero que no sabía por qué era exactamente un delito. Intenté replicar, pedí respuestas y, por último, exigí un abogado, pero nada de esto fue suficiente, pues, como dicen, “a rabietas de niñas adolescentes, oídos sordos”.  Finalmente, como último recurso, sin respirar, les pregunté por losángeleslaresistenciaylanocheeterna, pero, al parecer, fue una carta mal jugada, porque, junto a un evidente temblor en su voz, aumentaron mi castigo a exilio cibernético por un fin de semana…
¿A qué le tenían miedo realmente mis padres y el mundo, en general? ¿A los ángeles… o a la verdad? ¿Acaso todos habían decidido jugar a lo mismo con tal de protegerse de alguien o algo? Vedar la verdad que todos conocen… Todos, menos yo… ¿Será demasiado egoísta de mi parte el querer conocerla para no sentirme excluida? Tal vez sí.
Miro el reloj para confirmar que es mucho más tarde de lo que creía. Ahora sí que no sé cómo me sacarán de la cama mañana… Bueno, las madres siempre tienen una forma, por último traen una grúa o me llevan con cama y todo al colegio…   
Tal vez ahora sueñe con ángeles… o vampiros…
Si tan solo ocurriera algo que rallara en lo inverosímil y que se presentara con pruebas tangibles y directamente, tal vez pueda terminar de convencerme de que todo esto es posible… Pero, por mientras, nadie logrará convencerme de que el cielo se ha caído a pedazos y que aquellos ángeles orquestan nuestro Juicio Final…
Aquello no era más que un sinsentido, una desesperada explicación religiosa a algo que podía tener una lógica mucho más natural…  


¡Ah! Otra cosa.
Tal vez debería dejar de escribir en cuaderno de matemáticas  y decidirme por comprar un diario, pues lo único que me faltó en esta reflexión fue un “querido diario” y colocar la fecha. Pero no, definitivamente no soy así…

jueves, 8 de diciembre de 2011

Esa oscuridad sobre nosotros - XII



XII


Aquella figura no podía ser más que la de un ángel y, sin embargo, se encontraba allí, a unos cuantos pasos de mí.
Esa explicación me podría haber parecido la más racional si tan solo lo hubiese visto extender sus alas. Pero no, no las tenía, porque en el fondo no era realmente un ángel, sino que aquella palabra había sido inducida por la conversación con aquel desconocido.
Aun así, habían dos cosas que debía reconocer: Primero, que era increíblemente apuesto y eso ya lo hacía digno merecedor del calificativo que le había dado, y, segundo, había aparecido de la nada, sino es porque habla no me percato que estaba tras de mí. Esto último me daba un poco de escalofrío. Pero, además de aquello, había algo que no dejaba de inquietarme… ¿Lo había visto en alguna otra parte?
Él continuaba allí, observándome, impávido, sin importarle que lo escrutara con la mirada. De arriba a abajo, sin perder ni un solo detalle. Pero por más que lo observara, ningún detalle me parecía en absoluto conocido. Tenía el cabello castaño rasgo que era demasiado común como para decirme algo, con una melena rizada que le llegaba hasta los hombros, sus ojos eran de color miel, con una profundidad penetrante, su nariz era fina, al igual que sus labios que permanecían cerrados y sonrientes. Llevaba un traje oscuro, ceñido, hecho a la medida diría yo –definitivamente no lo conocía, ni en mis mejores sueños me podría haber encontrado con alguien que vistiera algo que parecía tan caro–, sobre una camisa violeta que mantenía los dos primeros botones desabrochados casualmente. Y sus zapatos… había algo con sus zapatos… está bien, eran negros y brillantes –una normal contradicción– y, misteriosamente, familiares…
–¿Ha terminado de colmarse con mi figura, señorita? –preguntó por diversión, solo para conseguir que me sonrojara. Y de verdad que lo había logrado, en especial con aquella formalidad tan cliché.
–Lo… lo siento… –fue lo único que conseguí responder.
–No se excuse –me pidió–. Tal vez lo hacía porque necesitaba comprobar algo.
Eso era justamente lo que intentaba hacer, comprobar que no lo conocía y también corroborar que en el mundo existe gente que te parece familiar pero que en tu vida los has visto. ¿Será que expelen confiabilidad como cual hormona?
–De hecho me parecía familiar… –le indiqué con toda la naturalidad que me fue posible. Pero, bueno, tal vez si hubiese hecho caso alguna vez y hubiese leído el manual de Carreño al revés y al derecho ahora podría enfrentarme a una situación de excesiva formalidad entre dos desconocidos sin avergonzarme.
–¿Y cuál fue el resultado de su indagación, señorita? –quiso saber con aparente curiosidad.
–Pues que no lo conozco… –aquel intercambio de palabras se estaba volviendo soso y sin sentido, además que me estaba hartando ese “señorita” con que se refería a mí, viniendo de una boca tan joven esperaba que me dijera loca, huacha, hue’ona, galla, muchacha, joven o niña… ¡Pero claro!, la formalidad… ¿Tendré que decirle señor?, ¿señor desconocido?
–Aunque puede que de hecho nos conozcamos, señorita –me aseguró, logrando que volviera a poner atención a la conversación.
–¿Cómo es eso? –pregunté, pronunciando en mi cabeza el “señor desconocido”.
–A través de un sueño, quizá –hipotetizó con una amplia sonrisa.
¡Ah! ¡Se trataba de eso! Un sueño, el destino Ahora resulta que se aprovechaba de la vieja treta del “¿nos conocemos?”, adaptándola a la situación. ¿Se supone que intentaba flirtear conmigo? Cada caballero con sus maneras.
No esperó a que yo le replicara para continuar hablando:
–¿Y qué hace a estas horas en la calle –“en una noche como esta y solitaria”, completé mentalmente, realmente cuando mi pensamiento se disparaba era más rápido que lo que conseguía procesar–, seño…
–¡Aurélie! –lo interrumpí, antes de que acabara con mi paciencia. Sí, está bien, prefería que supiera mi nombre a la primera, a seguir aguantando lo siútico y formaloide del “señorita”.
–Aurélie –iteró para mi alivio–. Entonces, ¿qué hace a estas horas de la noche en la calle.
–Intento volver a casa… –no sabía por qué estaba dando explicaciones–. ¡No me diga que usted también me va a pedir que me esconda de “los Ángeles”! –exclamé sin aguantar la risa, esperando que él hubiese alcanzado a escuchar la conversación con el otro hombre.
Pero, para mi vergüenza, él no rio conmigo. Se mantuvo ahí, serio, observándome. Deliberadamente desvié la mirada en un notorio “trágame tierra”.
–Eso no es algo con lo que bromear, Aurélie –extrañamente en este momento hubiese deseado que me hubiera vuelto a llamar “señorita”–. Será mejor que vuelva a casa antes de que se tope con alguno de los Ángeles.
Una noche, dos dementes. ¿Qué podía ser peor? Me encontraba agotada como para seguir jugando con eso, por hoy ya tenía demasiado que asimilar, así que me rendía.
–Está bien, volveré a casa –susurré antes de darle la espalda y continuar con mi camino. Ni siquiera valía la pena despedirme.
Solo había conseguido dar unos dos pasos cuando me interrumpió con su llamado.
–¡Aurélie! –gritó con aquella misma voz aterciopelada que en un inicio me hizo imaginar cosas.
Sin voltearme, miré hacia atrás esperando que dijera lo que tuviese que decir sin que yo tuviese que preguntárselo. Pero, en cambio, no recibí palabras, sino solo un movimiento de su diestra que me pedía que mirara en esa dirección. Le hice caso, sin averiguar el motivo, solo para complacerlo y así conseguir que me dejara de molestar.
Justo a mi derecha se abría un sendero que hubiese pasado desapercibido si aquel extraño no me hubiera hecho reparar en él. Y menos mal que le hice caso, porque entre las luces de los faroles pude reconocer aquella casa verde musgo de dos pisos que aún continuaba iluminada, como esperando a alguien que había perdido su rumbo. Su hija pródiga que ahora regresaba a ella.
Asombrada, volví a posar mis ojos en él. Pero estaba segura que jamás lo había visto antes. Definitivamente no lo conocía… Entonces, ¿cómo él sabía dónde vivía?
Él me sonrió a la distancia, agitando su mano en señal de despedida. ¿Esta vez si se trataba de un acosador.
–¿Quién eres? –le pregunté reuniendo todo el valor que pude.
–Mi nombre es Gabriel –me respondió con una sonrisa amable, evadiendo el verdadero sentido de mi pregunta–. Pero creo que usted ya sabía mi nombre –me aseguró–, después de todo, puede que nos hayamos conocido anteriormente…
Gabriel… Gabriel… repetí mentalmente. De alguna manera me pareció obvio, no podía ser ningún otro nombre más que ese. Pero no era solo porque tenía “cara de Gabriel” –porque siempre se conocen personas que no se podrían llamar de otra forma–, sino porque en algún momento mi mente creyó que él debía llamarse así y, justamente, así fue.
–Será mejor que regrese cuanto antes a su casa –me recordó, haciéndome volver a tierra.
Yo solo asentí y cambié mi rumbo en dirección a mi hogar.
–Dele saludos de mi parte a Sarah –volvió a hablar a mis espaldas, pero desde donde estaba ya lo había perdido de vista y cuando conseguí volver a la esquina ya se había ido.
Entonces, tal vez era cierto que ya nos habíamos conocido. Por lo menos, él lo sabía…


“Había desaparecido, tal cual como apareció”, pensé mientras tornaba el pomo de la puerta. Sorpresivamente esta se abrió más rápido de lo previsto por mi voluntad. Al otro lado del marco aparecieron mis padres, suspirando de alivio y agradecidos de que hubiese vuelto sana y salva a casa. Me abrazaron con tanta fuerza que de inmediato entendí que con ello demostraban su amor, alegría y me aprontaban para mi castigo por haberlos preocupado.

“Aunque tal vez se haya ido volando como un ángel”. 

domingo, 4 de diciembre de 2011

Esa oscuridad sobe nosotros - XI

XI


Generalmente el camino de regreso a casa suele ser más corto que el de ida, pero misteriosamente este saber popular no parecía aplicarse en esa ocasión.  Podría jurar que llevaba horas caminando y aún no conseguía llegar a mi hogar. ¿Será que el peso de mis pensamientos estaba ralentizando el tiempo o este finalmente se había detenido así como toda la lógica que alguna vez conocí?
Me detengo entre las sombras para respirar aire fresco, por lo menos la brisa nocturna no ha desaparecido y puede que sea lo único que realmente me ayude a distinguir el día de la noche. Levanto la mirada hacia el cielo solo para descubrir que continúa igual de oscuro. Ninguna luz, ninguna estrella, ninguna fugaz esperanza que permita desear que todo vuelva a la normalidad. En vez de eso tengo estas luces estáticas, artificiales, carentes de vida, eternamente encendidas por capricho humano. Entonces lo reconozco, aquel foco que hace unas cuantas noches explotó de la nada. Aún continúa apagado.
Sin desearlo he llegado hasta esta esquina donde perdí a la que creía mi amiga. ¿Se asustó o la asusté? Realmente no lo tengo claro, pero por alguna razón pienso que la segunda es la posibilidad más fiable. Puede que la haya asustado mi ignorancia, como también puede que mi locura… Pues, después de todo en un mundo de locos el cuerdo es el insano, el diferente, el con problemas, el anormal, y hoy eso me ha quedado bastante claro, soy yo la que delira con un mundo que no es real, que no ha aprendido a distinguir la ficción de la realidad.
Tal vez sea una buena idea quedarme un tiempo aquí, bajo la penumbra, quizá mi mente se vuelva a acostumbrar a aquellos que tan firmemente intenta renegar. Porque en el fondo, mi corazón siente que el mundo no puede ser tan deprimente.
Los faroles trazan senderos luminosos, invitándome a recorrerlos en cualquiera de las cuatro direcciones. Norte, sur, este u oeste. Eso puede ser lo positivo de perder el rumbo, que cada camino te puede parecer intrigante pues no sabes –o no recuerdas– hasta dónde te llevará. Desde mi perspectiva, todos me parecen iguales, así que cualquiera puede ser el correcto, incluso puede que por el que transité sea el adecuado para volver a casa. ¿De alguna manera llegaré, no? Por último mi cuerpo debe conocer aquella respuesta que mi mente ha olvidado… Y si no, será tiempo de probar si todos los caminos realmente llevan a Roma.
Inspiro, espiro y suspiro por última vez justo cuando ya me he hecho la idea de que la vida es en escala de grises, por lo que retomo el paso sin pensar a dónde me dirijo, solo dejo que mis pies decidan por mí. La noche es silenciosa, si no fuera porque veo todas aquellas casas a mi alrededor no creería que me encuentro en una zona residencial. No hay música, risas, ni nada y eso es extraño para ser un día viernes. Tampoco veo mucha gente en las calles, es más, solo veo a una persona, un hombre a unos cuantos metros delante de mí, que cruza la calle y se acerca a paso presuroso, extiende su mano y grita algo que no logro escuchar, pero yo no lo conozco y sé que solo se puede dirigir a mí, porque soy la única deambulando en la oscuridad.
–¿Q… Qué? –le pregunto titubeante al tenerlo justo a un paso de mí.
Él se demora en contestar, tiene que recuperar el aliento antes de hacerlo. Parece un hombre de mediana edad. Su robusta barba y su ropa que parece haber llevado puesta por semanas me dicen que se trata de un mendigo, eso explicaría el por qué anda en la calle. Nuevamente, soy la única loca en la oscuridad.
–¡Anda a esconderte, niña…! –me dice de un soplo con tono de preocupación, antes de volver a sostenerse en sus rodillas para regularizar el ritmo.
–No… No entiendo –jamás alguien me había dado un consejo como ese.
–Es más de media noche, niña –me advierte. Aunque si no fuera por él realmente no sabría que era era–. Ellos están por venir, tienes que esconderte.
¿”Ellos”? ¿Quiénes eran ellos? ¿Una pandilla? ¿Una nueva tribu urbana ultra-violenta? Nadie me había comentado nada sobre algo así. Pero estaba segura que tenía que ser algo muy grave como para que me recomendara esconderme.
–¿Quiénes están por venir? –pregunté con mi mejor tono de asombro.
El desconocido me quedó mirando sorprendido. Parece que calculaba si aquella pregunta realmente era sincera o si simplemente lo estaba molestado. ¡Perfecto! ¡Me encuentro frente a otro secreto místico que solo yo no conozco! Solo esperaba que esta vez no me excluyeran de la verdad.
–Lo pregunto enserio… –musité, revelando mi ignorancia.
No sé si aquella confesión fue lo mejor que pude haber hecho, porque pude ver cómo su rostro sorprendido pasaba a reflejar miedo en un par de segundos. Por un instante pareció dudar entre salir huyendo o contarme lo que sucedía, pero finalmente decidió sobreponerse al temor. Tragó saliva, como una forma de armarse de valor, y me pidió que me acercara. Al parecer aquello era un secreto y quería decírmelo al oído. Ahora fui yo la que titubeó, realmente debía estar loca como para acercarme a un desconocido y dejar que me susurrara cualquier cosa, más que mal, podía tratarse de un acosador, un psicópata o un violador. ¡Pero que le íbamos a hacer!, después de todo la demente en este mundo era yo.
A pesar de la desesperación del hombre, me acerqué lentamente hasta que conseguí escuchar su respiración e mi oído. Esto, no sin antes jurar que si lo escuchaba jadear gritaría con todas mis fuerzas en busca de ayuda.
El hombre volvió a tragar saliva, como renovando su convicción, y finalmente susurró:
–Los guardianes de la eterna oscuridad… Los Ángeles…
Incrédula, me distancié un poco de él. Intenté procesar lo que me había dicho, pero solo una respuesta plausible llegó hasta mi cabeza: Incluso entre los locos existen dementes…
–¿Ángeles? –repetí en voz alta.
–¡Scht! –me hizo callar–. ¿Acaso estás loca?, todo el mundo sabe que nombrarlos está prohibido.
–Sí, creo que estoy loca… –le confirmé. Aunque pensé que sería bueno hacer una corrección:– Me estoy volviendo loca…
–Créeme, todos nos estamos volviendo locos, niña –precisó–, a pesar de que unos sepan disimularlo más que otros… ¡Pero niña! –volvió a desesperarse–, ¡no hay tiempo que perder, debes esconderte!
Aunque estaba convencida de que no debía hacerle caso, decidí seguirle el juego. Después de todo, no tenía nada más que hacer.
–Pero no tengo donde esconderme –le dije.
–Pues deberías volver a casa, niña –me recomendó.
–Ese es el problema –le respondí–, no recuerdo dónde está mi casa –esto último era cierto, todavía me sentía desorientada.   
El desconocido lo pensó un instante.
–Entonces deberías venir con nosotros, niña. No podemos abandonar a nadie –señaló con una firmeza que minutos antes no creería capaz en él.
–¿Nosotros? –reiteré sin entender–. ¿Quiénes son ustedes que quieren ayudar a los demás?
La duda retornó a su rostro. Se notaba que había vuelto a preguntar algo que parecía un secreto. Pero esta vez no se veía temeroso como recién.
–La Resistencia –desveló con aplomo–. Nosotros somos La Resistencia.
Definitivamente debía haber algo mal en él. Estaba segura que si seguía conversando con él me terminaría convenciendo de la posibilidad de que él fuera el rey de los locos.
–¿Por qué se necesitaría una resistencia contra los ángeles? –pregunté–. ¿No se supone que los ángeles son buenos? –deduje desde mi vago conocimiento de mundo, espiritual y religioso.
–Los Ángeles son lo que los hombres y el devenir de la historia han querido que sean –respondió con palabras que parecían aprendidas de memoria.
–Maldad y bondad son cualidades subjetivas –pareció que el hombre pronunciara para terminar de responderme, pero parecía imposible que consiguiera articular una palabra con el rostro rígido y la boca completamente abierta.
Aquella no era su voz, aquellas no eran sus palabras, era un tono más delicado y elocuente, carente de titubeos y fragilidad, directo y seguro. El desconocido frente a mí no volvió a pronunciar ninguna palabra más, ni siquiera para reiterar su consejo, huyó despavorido por el mismo camino por el que había venido, desapareciendo entre una de las muchas calles perpendiculares que formaban este gran entramado de asfalto, adobe, cemento y ladrillos.
Entonces, cuando me sentí sola, por reflejó giré sobre mis pies en busca de aquella voz aterciopelada, imposible para cualquier persona.
Allí lo vi…
Él no parecía ser real… Pero aquellos ojos estaban ahí, mirándome profundamente, de una manera que nunca creí posible.
En ese momento comprendí que solo había una palabra que conocía y que me serviría para describirlo… Ángel.
Ante mí tenía un Ángel…