domingo, 4 de diciembre de 2011

Esa oscuridad sobe nosotros - XI

XI


Generalmente el camino de regreso a casa suele ser más corto que el de ida, pero misteriosamente este saber popular no parecía aplicarse en esa ocasión.  Podría jurar que llevaba horas caminando y aún no conseguía llegar a mi hogar. ¿Será que el peso de mis pensamientos estaba ralentizando el tiempo o este finalmente se había detenido así como toda la lógica que alguna vez conocí?
Me detengo entre las sombras para respirar aire fresco, por lo menos la brisa nocturna no ha desaparecido y puede que sea lo único que realmente me ayude a distinguir el día de la noche. Levanto la mirada hacia el cielo solo para descubrir que continúa igual de oscuro. Ninguna luz, ninguna estrella, ninguna fugaz esperanza que permita desear que todo vuelva a la normalidad. En vez de eso tengo estas luces estáticas, artificiales, carentes de vida, eternamente encendidas por capricho humano. Entonces lo reconozco, aquel foco que hace unas cuantas noches explotó de la nada. Aún continúa apagado.
Sin desearlo he llegado hasta esta esquina donde perdí a la que creía mi amiga. ¿Se asustó o la asusté? Realmente no lo tengo claro, pero por alguna razón pienso que la segunda es la posibilidad más fiable. Puede que la haya asustado mi ignorancia, como también puede que mi locura… Pues, después de todo en un mundo de locos el cuerdo es el insano, el diferente, el con problemas, el anormal, y hoy eso me ha quedado bastante claro, soy yo la que delira con un mundo que no es real, que no ha aprendido a distinguir la ficción de la realidad.
Tal vez sea una buena idea quedarme un tiempo aquí, bajo la penumbra, quizá mi mente se vuelva a acostumbrar a aquellos que tan firmemente intenta renegar. Porque en el fondo, mi corazón siente que el mundo no puede ser tan deprimente.
Los faroles trazan senderos luminosos, invitándome a recorrerlos en cualquiera de las cuatro direcciones. Norte, sur, este u oeste. Eso puede ser lo positivo de perder el rumbo, que cada camino te puede parecer intrigante pues no sabes –o no recuerdas– hasta dónde te llevará. Desde mi perspectiva, todos me parecen iguales, así que cualquiera puede ser el correcto, incluso puede que por el que transité sea el adecuado para volver a casa. ¿De alguna manera llegaré, no? Por último mi cuerpo debe conocer aquella respuesta que mi mente ha olvidado… Y si no, será tiempo de probar si todos los caminos realmente llevan a Roma.
Inspiro, espiro y suspiro por última vez justo cuando ya me he hecho la idea de que la vida es en escala de grises, por lo que retomo el paso sin pensar a dónde me dirijo, solo dejo que mis pies decidan por mí. La noche es silenciosa, si no fuera porque veo todas aquellas casas a mi alrededor no creería que me encuentro en una zona residencial. No hay música, risas, ni nada y eso es extraño para ser un día viernes. Tampoco veo mucha gente en las calles, es más, solo veo a una persona, un hombre a unos cuantos metros delante de mí, que cruza la calle y se acerca a paso presuroso, extiende su mano y grita algo que no logro escuchar, pero yo no lo conozco y sé que solo se puede dirigir a mí, porque soy la única deambulando en la oscuridad.
–¿Q… Qué? –le pregunto titubeante al tenerlo justo a un paso de mí.
Él se demora en contestar, tiene que recuperar el aliento antes de hacerlo. Parece un hombre de mediana edad. Su robusta barba y su ropa que parece haber llevado puesta por semanas me dicen que se trata de un mendigo, eso explicaría el por qué anda en la calle. Nuevamente, soy la única loca en la oscuridad.
–¡Anda a esconderte, niña…! –me dice de un soplo con tono de preocupación, antes de volver a sostenerse en sus rodillas para regularizar el ritmo.
–No… No entiendo –jamás alguien me había dado un consejo como ese.
–Es más de media noche, niña –me advierte. Aunque si no fuera por él realmente no sabría que era era–. Ellos están por venir, tienes que esconderte.
¿”Ellos”? ¿Quiénes eran ellos? ¿Una pandilla? ¿Una nueva tribu urbana ultra-violenta? Nadie me había comentado nada sobre algo así. Pero estaba segura que tenía que ser algo muy grave como para que me recomendara esconderme.
–¿Quiénes están por venir? –pregunté con mi mejor tono de asombro.
El desconocido me quedó mirando sorprendido. Parece que calculaba si aquella pregunta realmente era sincera o si simplemente lo estaba molestado. ¡Perfecto! ¡Me encuentro frente a otro secreto místico que solo yo no conozco! Solo esperaba que esta vez no me excluyeran de la verdad.
–Lo pregunto enserio… –musité, revelando mi ignorancia.
No sé si aquella confesión fue lo mejor que pude haber hecho, porque pude ver cómo su rostro sorprendido pasaba a reflejar miedo en un par de segundos. Por un instante pareció dudar entre salir huyendo o contarme lo que sucedía, pero finalmente decidió sobreponerse al temor. Tragó saliva, como una forma de armarse de valor, y me pidió que me acercara. Al parecer aquello era un secreto y quería decírmelo al oído. Ahora fui yo la que titubeó, realmente debía estar loca como para acercarme a un desconocido y dejar que me susurrara cualquier cosa, más que mal, podía tratarse de un acosador, un psicópata o un violador. ¡Pero que le íbamos a hacer!, después de todo la demente en este mundo era yo.
A pesar de la desesperación del hombre, me acerqué lentamente hasta que conseguí escuchar su respiración e mi oído. Esto, no sin antes jurar que si lo escuchaba jadear gritaría con todas mis fuerzas en busca de ayuda.
El hombre volvió a tragar saliva, como renovando su convicción, y finalmente susurró:
–Los guardianes de la eterna oscuridad… Los Ángeles…
Incrédula, me distancié un poco de él. Intenté procesar lo que me había dicho, pero solo una respuesta plausible llegó hasta mi cabeza: Incluso entre los locos existen dementes…
–¿Ángeles? –repetí en voz alta.
–¡Scht! –me hizo callar–. ¿Acaso estás loca?, todo el mundo sabe que nombrarlos está prohibido.
–Sí, creo que estoy loca… –le confirmé. Aunque pensé que sería bueno hacer una corrección:– Me estoy volviendo loca…
–Créeme, todos nos estamos volviendo locos, niña –precisó–, a pesar de que unos sepan disimularlo más que otros… ¡Pero niña! –volvió a desesperarse–, ¡no hay tiempo que perder, debes esconderte!
Aunque estaba convencida de que no debía hacerle caso, decidí seguirle el juego. Después de todo, no tenía nada más que hacer.
–Pero no tengo donde esconderme –le dije.
–Pues deberías volver a casa, niña –me recomendó.
–Ese es el problema –le respondí–, no recuerdo dónde está mi casa –esto último era cierto, todavía me sentía desorientada.   
El desconocido lo pensó un instante.
–Entonces deberías venir con nosotros, niña. No podemos abandonar a nadie –señaló con una firmeza que minutos antes no creería capaz en él.
–¿Nosotros? –reiteré sin entender–. ¿Quiénes son ustedes que quieren ayudar a los demás?
La duda retornó a su rostro. Se notaba que había vuelto a preguntar algo que parecía un secreto. Pero esta vez no se veía temeroso como recién.
–La Resistencia –desveló con aplomo–. Nosotros somos La Resistencia.
Definitivamente debía haber algo mal en él. Estaba segura que si seguía conversando con él me terminaría convenciendo de la posibilidad de que él fuera el rey de los locos.
–¿Por qué se necesitaría una resistencia contra los ángeles? –pregunté–. ¿No se supone que los ángeles son buenos? –deduje desde mi vago conocimiento de mundo, espiritual y religioso.
–Los Ángeles son lo que los hombres y el devenir de la historia han querido que sean –respondió con palabras que parecían aprendidas de memoria.
–Maldad y bondad son cualidades subjetivas –pareció que el hombre pronunciara para terminar de responderme, pero parecía imposible que consiguiera articular una palabra con el rostro rígido y la boca completamente abierta.
Aquella no era su voz, aquellas no eran sus palabras, era un tono más delicado y elocuente, carente de titubeos y fragilidad, directo y seguro. El desconocido frente a mí no volvió a pronunciar ninguna palabra más, ni siquiera para reiterar su consejo, huyó despavorido por el mismo camino por el que había venido, desapareciendo entre una de las muchas calles perpendiculares que formaban este gran entramado de asfalto, adobe, cemento y ladrillos.
Entonces, cuando me sentí sola, por reflejó giré sobre mis pies en busca de aquella voz aterciopelada, imposible para cualquier persona.
Allí lo vi…
Él no parecía ser real… Pero aquellos ojos estaban ahí, mirándome profundamente, de una manera que nunca creí posible.
En ese momento comprendí que solo había una palabra que conocía y que me serviría para describirlo… Ángel.
Ante mí tenía un Ángel…

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