jueves, 8 de diciembre de 2011

Esa oscuridad sobre nosotros - XII



XII


Aquella figura no podía ser más que la de un ángel y, sin embargo, se encontraba allí, a unos cuantos pasos de mí.
Esa explicación me podría haber parecido la más racional si tan solo lo hubiese visto extender sus alas. Pero no, no las tenía, porque en el fondo no era realmente un ángel, sino que aquella palabra había sido inducida por la conversación con aquel desconocido.
Aun así, habían dos cosas que debía reconocer: Primero, que era increíblemente apuesto y eso ya lo hacía digno merecedor del calificativo que le había dado, y, segundo, había aparecido de la nada, sino es porque habla no me percato que estaba tras de mí. Esto último me daba un poco de escalofrío. Pero, además de aquello, había algo que no dejaba de inquietarme… ¿Lo había visto en alguna otra parte?
Él continuaba allí, observándome, impávido, sin importarle que lo escrutara con la mirada. De arriba a abajo, sin perder ni un solo detalle. Pero por más que lo observara, ningún detalle me parecía en absoluto conocido. Tenía el cabello castaño rasgo que era demasiado común como para decirme algo, con una melena rizada que le llegaba hasta los hombros, sus ojos eran de color miel, con una profundidad penetrante, su nariz era fina, al igual que sus labios que permanecían cerrados y sonrientes. Llevaba un traje oscuro, ceñido, hecho a la medida diría yo –definitivamente no lo conocía, ni en mis mejores sueños me podría haber encontrado con alguien que vistiera algo que parecía tan caro–, sobre una camisa violeta que mantenía los dos primeros botones desabrochados casualmente. Y sus zapatos… había algo con sus zapatos… está bien, eran negros y brillantes –una normal contradicción– y, misteriosamente, familiares…
–¿Ha terminado de colmarse con mi figura, señorita? –preguntó por diversión, solo para conseguir que me sonrojara. Y de verdad que lo había logrado, en especial con aquella formalidad tan cliché.
–Lo… lo siento… –fue lo único que conseguí responder.
–No se excuse –me pidió–. Tal vez lo hacía porque necesitaba comprobar algo.
Eso era justamente lo que intentaba hacer, comprobar que no lo conocía y también corroborar que en el mundo existe gente que te parece familiar pero que en tu vida los has visto. ¿Será que expelen confiabilidad como cual hormona?
–De hecho me parecía familiar… –le indiqué con toda la naturalidad que me fue posible. Pero, bueno, tal vez si hubiese hecho caso alguna vez y hubiese leído el manual de Carreño al revés y al derecho ahora podría enfrentarme a una situación de excesiva formalidad entre dos desconocidos sin avergonzarme.
–¿Y cuál fue el resultado de su indagación, señorita? –quiso saber con aparente curiosidad.
–Pues que no lo conozco… –aquel intercambio de palabras se estaba volviendo soso y sin sentido, además que me estaba hartando ese “señorita” con que se refería a mí, viniendo de una boca tan joven esperaba que me dijera loca, huacha, hue’ona, galla, muchacha, joven o niña… ¡Pero claro!, la formalidad… ¿Tendré que decirle señor?, ¿señor desconocido?
–Aunque puede que de hecho nos conozcamos, señorita –me aseguró, logrando que volviera a poner atención a la conversación.
–¿Cómo es eso? –pregunté, pronunciando en mi cabeza el “señor desconocido”.
–A través de un sueño, quizá –hipotetizó con una amplia sonrisa.
¡Ah! ¡Se trataba de eso! Un sueño, el destino Ahora resulta que se aprovechaba de la vieja treta del “¿nos conocemos?”, adaptándola a la situación. ¿Se supone que intentaba flirtear conmigo? Cada caballero con sus maneras.
No esperó a que yo le replicara para continuar hablando:
–¿Y qué hace a estas horas en la calle –“en una noche como esta y solitaria”, completé mentalmente, realmente cuando mi pensamiento se disparaba era más rápido que lo que conseguía procesar–, seño…
–¡Aurélie! –lo interrumpí, antes de que acabara con mi paciencia. Sí, está bien, prefería que supiera mi nombre a la primera, a seguir aguantando lo siútico y formaloide del “señorita”.
–Aurélie –iteró para mi alivio–. Entonces, ¿qué hace a estas horas de la noche en la calle.
–Intento volver a casa… –no sabía por qué estaba dando explicaciones–. ¡No me diga que usted también me va a pedir que me esconda de “los Ángeles”! –exclamé sin aguantar la risa, esperando que él hubiese alcanzado a escuchar la conversación con el otro hombre.
Pero, para mi vergüenza, él no rio conmigo. Se mantuvo ahí, serio, observándome. Deliberadamente desvié la mirada en un notorio “trágame tierra”.
–Eso no es algo con lo que bromear, Aurélie –extrañamente en este momento hubiese deseado que me hubiera vuelto a llamar “señorita”–. Será mejor que vuelva a casa antes de que se tope con alguno de los Ángeles.
Una noche, dos dementes. ¿Qué podía ser peor? Me encontraba agotada como para seguir jugando con eso, por hoy ya tenía demasiado que asimilar, así que me rendía.
–Está bien, volveré a casa –susurré antes de darle la espalda y continuar con mi camino. Ni siquiera valía la pena despedirme.
Solo había conseguido dar unos dos pasos cuando me interrumpió con su llamado.
–¡Aurélie! –gritó con aquella misma voz aterciopelada que en un inicio me hizo imaginar cosas.
Sin voltearme, miré hacia atrás esperando que dijera lo que tuviese que decir sin que yo tuviese que preguntárselo. Pero, en cambio, no recibí palabras, sino solo un movimiento de su diestra que me pedía que mirara en esa dirección. Le hice caso, sin averiguar el motivo, solo para complacerlo y así conseguir que me dejara de molestar.
Justo a mi derecha se abría un sendero que hubiese pasado desapercibido si aquel extraño no me hubiera hecho reparar en él. Y menos mal que le hice caso, porque entre las luces de los faroles pude reconocer aquella casa verde musgo de dos pisos que aún continuaba iluminada, como esperando a alguien que había perdido su rumbo. Su hija pródiga que ahora regresaba a ella.
Asombrada, volví a posar mis ojos en él. Pero estaba segura que jamás lo había visto antes. Definitivamente no lo conocía… Entonces, ¿cómo él sabía dónde vivía?
Él me sonrió a la distancia, agitando su mano en señal de despedida. ¿Esta vez si se trataba de un acosador.
–¿Quién eres? –le pregunté reuniendo todo el valor que pude.
–Mi nombre es Gabriel –me respondió con una sonrisa amable, evadiendo el verdadero sentido de mi pregunta–. Pero creo que usted ya sabía mi nombre –me aseguró–, después de todo, puede que nos hayamos conocido anteriormente…
Gabriel… Gabriel… repetí mentalmente. De alguna manera me pareció obvio, no podía ser ningún otro nombre más que ese. Pero no era solo porque tenía “cara de Gabriel” –porque siempre se conocen personas que no se podrían llamar de otra forma–, sino porque en algún momento mi mente creyó que él debía llamarse así y, justamente, así fue.
–Será mejor que regrese cuanto antes a su casa –me recordó, haciéndome volver a tierra.
Yo solo asentí y cambié mi rumbo en dirección a mi hogar.
–Dele saludos de mi parte a Sarah –volvió a hablar a mis espaldas, pero desde donde estaba ya lo había perdido de vista y cuando conseguí volver a la esquina ya se había ido.
Entonces, tal vez era cierto que ya nos habíamos conocido. Por lo menos, él lo sabía…


“Había desaparecido, tal cual como apareció”, pensé mientras tornaba el pomo de la puerta. Sorpresivamente esta se abrió más rápido de lo previsto por mi voluntad. Al otro lado del marco aparecieron mis padres, suspirando de alivio y agradecidos de que hubiese vuelto sana y salva a casa. Me abrazaron con tanta fuerza que de inmediato entendí que con ello demostraban su amor, alegría y me aprontaban para mi castigo por haberlos preocupado.

“Aunque tal vez se haya ido volando como un ángel”. 

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