miércoles, 14 de diciembre de 2011

Esa oscuridad sobre nosotros - XIII


XIII


Y efectivamente mi premonición se volvió realidad…
Castigada, sin salir de mi cuarto por todo el fin de semana –claro, sin considerar las idas al baño y las llamadas a comer– y totalmente desconectada del ciberespacio.

Pese a que ya el fomingo se está despidiendo –según lo que dice mi reloj– y mañana debo hacer un esfuerzo gigantesco por no quedar enredada entre las sábanas, no logro dejar de pensar en lo extrañamente absurdo que resultó aquel viernes…
Primero. Darme cuenta que he creído vivir en un mundo de ficción que solo existe en los cuentos para niños. O, lo que puede ser lo mismo pero en otras palabras, que estoy loca. Bueno, estoy segura de que si le hubiera preguntado a cualquiera de esos psicolocos, solo de vocación, que proliferan y pululan en la red dispuestos a responder tus dudas existenciales aunque sea a través de la más rebuscada idiotez –y, sin embargo, hay preguntas que se la merecen–, cualquiera de ellos me habría respondido: “Un loco no repararía en su locura” –aunque también estoy segura de que si les preguntara sobre la eterna oscuridad, se retractarían de sus palabras.
Segundo. Encuentro a un pirado que, al parecer, intenta juntar un ejército para una guerra-pre-y-post-apocalíptica a la vez contra unos invasores que parecen ser ángeles del mal. “La Resistencia”, me dijo que se hacían llamar, pero la verdad es que con su temor y poca seguridad dudo mucho que puedan “resistir” contra alguien o algo.
Tercero. Otro más que parecía salido de un manicomio o quizá de qué parte. Realmente, si no hubiese terminado de creerme aquello de mi vida de ficción, habría pensado que esta se estaba proyectando a mí alrededor y que le había dado vida a un vampiro. Pues, ¡vamos!, alguien tan pálido, de negro, desesperadamente educado, con una voz y tono irreal, perfecto y hermoso –viéndolo desde una perspectiva completamente objetiva– de verdad que no puede existir, ¡menos en esta época! Bueno, a no ser que sea un Rey, Príncipe, Conde, Duque o portador de cualquiera de esos títulos nobiliarios sin sentido. Pero eso me parece imposible, es decir, ¿cómo una plebeya como yo puede toparse en la calle con una persona tan aparentemente importante? En ese sentido, mi teoría no parece fácil de descartar, además, tampoco es que alguien haya probado que los vampiros no existen… Si existe el chupacabras, ¿por qué no los vampiros? Por último, un vampiro me parece más creíble que un ángel…
¡Ángeles!
¡Oh, Dios mío! –con evidente ironía.
¿A quién se le pudo haber ocurrido eso?
¡Ángeles! Y no hablamos de ángeles caídos, sino pura y llanamente de ángeles… Es que, según nuestro saber popular, ¿no puede existir un ser más confiable o bondadoso que un ángel? –¡Está bien!, dejemos de lado a Totoro o al Gatobús y a cuanta creatura ghiblesca–. No por nada en mi niñez, cuando aún me podían obligar a profesar la religión de mis padres, rezaba antes de dormir:

Ángel de mi guarda,
dulce compañía,
no me desampares
ni de noche ni de día

Las horas que pasan,
las horas del día,
si tú estás conmigo
serán de alegría

No me dejes sola,
sé en todo mi guía;
sin Ti soy chiquita
y me perdería

Ven siempre a mi lado,
tu mano en la mía.
¡Ángel de la guarda,
dulce compañía!

Esta es una de las únicas oraciones que recuerdo, porque en mi infancia cumplió su cometido –bueno, más bien el motivo por el cual mi madre me la enseñó–: Conseguir que no tuviera miedo a dormir sola y, gradualmente, sin luz.
Entonces, si los ángeles fueran seres malos, no nos encomendaríamos a ellos de esta forma, ¿no?
Por eso, me convence más la idea de que sea un vampiro que un ángel. Sí, definitivamente es un vampiro. ¿Eso quiere decir que yo vendría siendo como la Bella, la Elena o la Sookie de este cuento? ¡No! Nunca tan tonta como para enamorarme de un cadáver ambulante…
Cuarto. ¿Alguien me puede explicar verdaderamente por qué no puedo estar en la calle más allá de medianoche? Pues, por supuesto, mis padres no pueden. Luego del reencuentro, el abrazo y las lágrimas –¡vamos!, ¡que solo fueron unas cuantas horas!, ya veo cómo será cuando decida emancipar–, me reprendieron por andar en la calle hasta tan tarde. Me dijeron que ninguna persona en su sano juicio lo haría. Entonces, ¿qué pasaba con los bares, pubs, discoteques y otros antros de la misma calaña?, les pregunté. Cierran antes u ofrecen servicio de hospedaje, me respondieron, como si fuera normal o como si yo debiese saberlo. Por un momento quedé en blanco tras la respuesta y no pude seguir con el interrogatorio, pues caí en la cuenta de que mis planes anticipados de vida universitaria se habían ido por el caño… ¡adiós primeros días de juerga!, ¡adiós primeras noches sin dormir por otras razones que no sean el estudio! Y pensar que me había prometido ser más sociable y disfrutar todo lo que no he disfrutado cuando fuera una universitaria de tomo y lomo…
En cuanto desperté y volví a prestarle atención a lo que realmente era importante, me percaté que mis padres continuaban recitándome mis derechos y, sin juicio alguno, me condenaban a arresto domiciliario por un crimen que evidentemente cometí, pero que no sabía por qué era exactamente un delito. Intenté replicar, pedí respuestas y, por último, exigí un abogado, pero nada de esto fue suficiente, pues, como dicen, “a rabietas de niñas adolescentes, oídos sordos”.  Finalmente, como último recurso, sin respirar, les pregunté por losángeleslaresistenciaylanocheeterna, pero, al parecer, fue una carta mal jugada, porque, junto a un evidente temblor en su voz, aumentaron mi castigo a exilio cibernético por un fin de semana…
¿A qué le tenían miedo realmente mis padres y el mundo, en general? ¿A los ángeles… o a la verdad? ¿Acaso todos habían decidido jugar a lo mismo con tal de protegerse de alguien o algo? Vedar la verdad que todos conocen… Todos, menos yo… ¿Será demasiado egoísta de mi parte el querer conocerla para no sentirme excluida? Tal vez sí.
Miro el reloj para confirmar que es mucho más tarde de lo que creía. Ahora sí que no sé cómo me sacarán de la cama mañana… Bueno, las madres siempre tienen una forma, por último traen una grúa o me llevan con cama y todo al colegio…   
Tal vez ahora sueñe con ángeles… o vampiros…
Si tan solo ocurriera algo que rallara en lo inverosímil y que se presentara con pruebas tangibles y directamente, tal vez pueda terminar de convencerme de que todo esto es posible… Pero, por mientras, nadie logrará convencerme de que el cielo se ha caído a pedazos y que aquellos ángeles orquestan nuestro Juicio Final…
Aquello no era más que un sinsentido, una desesperada explicación religiosa a algo que podía tener una lógica mucho más natural…  


¡Ah! Otra cosa.
Tal vez debería dejar de escribir en cuaderno de matemáticas  y decidirme por comprar un diario, pues lo único que me faltó en esta reflexión fue un “querido diario” y colocar la fecha. Pero no, definitivamente no soy así…

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