jueves, 22 de diciembre de 2011

Esa oscuridad sobre nosotros - XIV (1)

XIV
(1)


¿Será que solo cuando hemos conocido o reparado en una persona, esta realmente empieza a existir en el mundo? Si esto fuera así, entonces sería la única manera de explicar lo que he visto hoy en la mañana.



Finalmente despertarse no fue tan difícil como lo imaginé, bueno, si es que realmente llegué a dormir algo, porque entre tanto sueño y pensamientos de más que pude haber pasado toda la noche consciente.
El despertador no tuvo que esperar mucho, es más, casi ni había empezado a sonar la melodía cuando automáticamente lo apagué.
Ya no tenía sentido volver a abrir las cortinas, pues el mundo debía seguir tal como lo dejé el día anterior, sin ningún cambio, sin mucha esperanza. Tampoco quise prender la lámpara, de alguna manera debía habituarme a esta realidad. Tomé las toallas del closet que había permanecido abierto todo el fin de semana, revelando mi desastrosa personalidad. Abrí la puerta y caminé por el pasillo con un ritmo estable, sin extrañar mi colchón, mis cojines o mi almohada. Entré al baño y cerré el pestillo tras de mí, dejé las toallas en el colgador y me sostuve un rato con ambas manos en el lavabo, con la cabeza gacha. Cuando me decidí, con la diestra tiré de la cadenilla y dejé que la luz por fin se abriera paso entre la oscuridad. Levanté la mirada para observarme en el espejo, las ojeras lo decían todo. Ya no aguantaba más, estaba aburrida. Debía haber algo que pudiera hacer… ¡Si fuera tan fácil como tirar de una cadena para volver a encender el Sol!
Me quité el pijama y descuidadamente lo arrojé al piso. Abrí la llave y dejé que el agua corriera un poco antes de entrar. Conté hasta tres y aguanté la respiración, luego me sumergí y dejé que el frío lacerara mi cuerpo. Los espasmos no tardaron en llegar, mi respiración se empezó a acelerar como si estuviera perdiendo el aliento. Lo necesitaba… Realmente necesitaba permanecer así por unos instantes, quería que mi cuerpo estuviera lo más despierto posible. Debía pensar… Debía haber algo que pudiera hacer… ¡Algo!

Frustración…
    
Corto el agua de la ducha. Las gotas resbalan escurridizas por mi cuerpo, mi cabello estila y no deja de mojarme el rostro. Mis ojos lagrimean, ¡pero no estoy llorando!, es solo el agua con champú que me ha irritado la vista… Nada más…
Sin preocuparme por secarme, me envuelvo en la toalla y salgo del baño sin volver a ver mi reflejo. A fin de cuentas, no hay nada que yo pueda hacer por este mundo… Y menos aún con esta venda que no permite que mis ojos descubran la verdad…


Salgo temprano. Transito por las mismas calles en que hace un par de noches me sentí extraviada y, aunque ahora sé cuál es el camino que debo tomar, paradójicamente, las sigo sintiendo de la misma manera: extrañas… Porque la oscuridad cubre todo con un nuevo matiz, quitándole vida a las cosas, convirtiéndolas en algo diferente, distinto a cómo las recordaba.
Lamentablemente, ahora soy consciente de todo e, incluso, existe la remota posibilidad de que todo aquello que una vez conocí, y que creía cierto, realmente nunca haya existido. Pero es una posibilidad y, como tal, hago lo posible porque no se convierta en una certeza… aunque sea en mi interior.

Debe ser una ley el hecho de que el camino se vuelve más corto mientras menos atención le prestemos y, en este sentido, los pensamientos, pesares, problemas, alegrías y compañías son una buena forma de aplicarla.
Podría llegar a jurar que solo había dado cinco pasos desde que salí de casa y podría apostar que solo me restaba el triple de ellos para llegar al colegio. A mi rededor empecé a escuchar los primeros saludos matinales que hicieron que me volviera a estrellar con la realidad. En un principio respondí tímidamente, poco habituada a este tipo de socialización –cuando una está acostumbrada a llegar justo en el toque de timbre, se olvida toda cordialidad–, pero no me costó mucho tomarle el ritmo y empezar a hacerlo automáticamente, por reflejo.
Ahí me topaba con algunos compañeros, conocidos, apoderados, auxiliares, profesores… ¿Profesores…? ¿Con el profesor de Historia? ¿Pero quién es él que está junto a él? Creo que lo he visto antes… ¡Si tan solo se diera la vuelta para poder verlo bien! El profesor está como nervioso… Él escucha lo que le dicen  y mira para todos lados, como cerciorándose de que nadie lo estuviera observando… De izquierda a derecha, sin dejar de oír… Pero me ve… Palidece un poco y traga saliva… Rápidamente reacciona, levanta la mano y la agita, saludándome, yo hago lo mismo para responderle. El hombre que está a su lado se da cuenta y descuidadamente se voltea. ¡Lo veo! ¡Me ve! Sin pensarlo se despide de mi profesor y sale corriendo. Me evade, busca otra ruta para salir del establecimiento, para no toparse conmigo… no es necesario que alguien me lo diga, ni que me lo confirme, porque él me conoce y yo lo conozco, nos hemos visto hace poco y yo sé lo que él hace… Paso por el lado de mi profesor, lo vuelvo a saludar, él me responde con la mejor de sus sonrisas, pero puedo sentir su incomodidad, también le gustaría huir, porque en el fondo él sabe que yo sé, se ha dado cuenta que yo conozco su secreto, que yo sé en qué está metido.
Él en estos momentos debe temerme, porque no puede haber peor error que ser descubierto. A pesar de que yo sea una niña, a pesar de que yo sea su estudiante, la posibilidad –nuevamente– está ahí, pero esta vez sí depende de mí el que se pueda convertir en un hecho.
Si realmente existe algo como La Resistencia, debe haber algo o alguien causando una presión que ya se ha vuelto insostenible. Si realmente existe algo como La Resistencia, lo peor que puede pasar es que se descubra quiénes son sus miembros, porque así sería mucho más sencillo desarticularlos. Y yo conozco a dos, aquel hombre que buscó mi adhesión y que creí loco y ahora mi profesor de Historia que no deja de tiritar tras de mí. ¡Y pensar que ambos se conocían! ¡Quizá cuántas veces pude haberlo visto acá mismo y nunca reparé en su presencia! Quizá sea cierto y aquel hombre solo empezó a existir cuando lo conocí…


El timbre suena.
El viejo latero de Filosofía entra a la sala.
Nos saluda. Nos paramos y en coro –casi canon– le respondemos.
Pasa la lista. Yo saco el cuaderno –inmaculado– y la agenda. Repaso el horario solo para asegurarme. ¡Sí! Hoy antes de almuerzo me toca Historia. Quizá sea el momento de participar en clases y hacer un par de preguntas…   

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