sábado, 24 de diciembre de 2011

Esa oscuridad sobre nosotros - XIV (2)


XIV
(2)


Por más que lo intento, no consigo prestarle atención al peladito de matemática. Será simpático y en más de una ocasión nos habrá atrapado con sus bromas, pero eso no es suficiente. Es que, realmente, ¿para qué sirve lo que me está enseñando si, creo, nunca lo ocuparé? Matemática por matemática, trigonometría por trigonometría, polinomios por polinomios, ángulos por ángulos. ¿Y de qué me sirve? Solo como una excusa para darle uso a mi cuaderno… Aunque, en ese sentido, es lo mismo que lo ralle y ralle con garabatos. ¿Qué le costará a este profe –y no es el único– explicitarme para qué rayos me servirá lo que se supone que estoy aprendiendo? ¿Será mucho pedir? Por último a través de un ejercicio aplicado a la vida real…
Bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, dicta en un idioma que no parece terráqueo. Bla, bla, bla, bla, bla, bla, pregunta a uno de los niños que se sientan adelante. Bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, le responde en el mismo idioma, al parecer ha conseguido descifrar el código. “¡Excelente!”, alcanzo a entender, al parecer el Joaquín lo ha hecho bien.
Para mi suerte, suena el timbre antes de que el profesor continúe con su predicación alienígena. Se despide de nosotros, pero yo no tengo ánimos de responder, después de una mañana de Filosofía y Matemática creo que se ha conseguido fundir lo que queda de mi cerebro.
Paso el recreo en la sala, no tengo ánimos para levantarme o para intentar platicar con alguien. Solo necesito quedarme donde estoy, echada como cual bulto sobre el banco. Supongo que debe considerarse como un mérito del estudiantado el tener la capacidad de pegar una siestecita en cualquier rincón posible, a la hora que sea y por el tiempo que sea necesario. Quizá hayan sido solo diez minutos, pero vaya que sirve para resistir noventa minutos más de clases. Mis compañeros vuelven a entrar a la sala. Yo bostezo y me desperezo sin pudor, sin importar que me identifiquen como una vaga. Todos se vuelven a ubicar en sus puestos sin interrumpir sus respectivas conversaciones –y no, no es necesario que se sienten al lado para continuarla, el gritarse de esquinas opuestas también vale–. Poco a poco vuelvo a ubicarme en el salón de clases, las burbujitas de sueño empiezan a desaparecer y siento que mi cerebro retoma su trabajo. ¿Qué tocaba ahora?      
“Buenos días”, saluda tímidamente el profesor. Efusivamente todos dejan de hacer lo que estaban haciendo y se ponen de pie para responderle: “¡Buenos días, señor Bertrand!”. Yo no me muevo, sigo sentada en mi puesto mirando entre mis compañeros, buscando su rostro, intentando alcanzar su mirada. Inevitablemente constato que él hace lo mismo. Nos encontramos y no son necesarias las palabras para entender el mensaje que me intenta transmitir, lo veo en sus ojos, en su mirada suplicante. Me está rogando, como nunca lo haría un profesor a un estudiante o un adulto a un adolescente, “por favor, guarda mi secreto”. Inconscientemente desvío la mirada, pero es algo natural, incluso mi cuerpo sabe que no estoy en condiciones de prometer nada… Todos se vuelven a sentar, los susurros se vuelven a propagar, el profesor Bertrand aclara su garganta y, de a poco, a medida que empieza a recuperar su seguridad, los hace callar, porque la clase ha comenzado y él es nuestro profesor de Historia…

Tarda diez minutos, lo habitual para conseguir que el curso le preste la atención necesaria. Al inicio este tiempo le sirve para firmar y escribir en el libro de clases, luego de que está hecho, las tímidas peticiones de silencio se convierten en un único y potente mandato que reduce el barullo a un límite aceptable. 
Como al inicio de todas sus clases, hace un repaso e la anterior por medio de preguntas que únicamente son respondidas por la mitad del curso hacia adelante, pues el resto simplemente desaparece. Al terminar con aquello, al parecer explica lo que haremos hoy, pero yo ya he dejado de prestarle atención al contenido, solo escucho mis pensamientos que me conminan a hacer algo, lo que sea. Le pide ayuda a Marcelo, el más alto del curso, para colgar un mapamundi en los ganchos que están sobre el pizarrón. Sin desenrollarlo, lo  enganchan y, luego, solo lo dejan caer. El profesor Bertrand le agradece a Marcelo y le pide que regrese a su puesto. “Ahora saquen su cuaderno para que puedan tomar apuntes de lo que les explicaré”, es lo que nos dice. Todos mis compañeros obedecen, pero yo no, porque no puedo, porque hay algo más que ha captado mi atención… Mi atención está puesta completamente en el mapa, hay algo que intento descubrir y, a la vez, comprender. ¿Es ese realmente el mundo que yo no conozco? No, hay algo extraño en él, ¿pero qué es? Lo inspecciono atentamente, intentando encontrar aquello que no encaja… Entonces, lo descubro. 
Automáticamente me pongo de pie, consternada y exaltada por mi hallazgo y, sin reparos,  vocifero mi pensamiento:
–¡¿Qué ha sucedido con el mundo?!



¡Aurélie, tranquila! –intentó calmarme el profesor desde la distancia, pero ya era demasiado tarde, nada ni nadie evitaría que obtuviera mis respuestas. Todos mis compañeros se voltearon a verme sorprendidos–. Aurélie, tranquila, que no ha pasado nada, quizá has soñado algo –no, eso no era posible, nunca había estado tan despierta como ahora y aquel mapa no podía estarme mintiendo. ¿Qué rayos había sucedido?
–¡¿Qué ha sucedido con Estados Unidos?! –pregunté directamente, porque un agujero tan evidente no podía pasar desapercibido–. ¡¿Qué ha ocurrido con América del Norte?! –quise saber, porque estaba cubierta completamente con un tono mucho más claro, sin distinguir países ni geografía.

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