miércoles, 28 de diciembre de 2011

Esa oscuridad sobre nosotros - XIV (3)


XIV
(3) 



Todos guardaron silencio y no dejaron de mirarme. Debía mantenerme firme, aunque tuviera todos aquellos rostros perplejos sobre mí. A pesar de la inmovilidad, sentía el ambiente pesado, sofocante. No pude evitar aquella transpiración porfiada, pero debía hacer hasta lo imposible para que la vergüenza no encendiera mi rostro. No estaba acostumbrada a ser el centro de la atención y jamás había conseguido sostener por más de un minuto la vista de alguien. Pero ahora debía resistir, debía hacerlo…
–Aurélie… por favor toma asiento… –me pidió tímidamente el profesor Bertrand rompiendo el silencio.
–¡No! ¡No lo haré hasta que me responda! –demandé, olvidando cualquier norma de cortesía.
–Aurélie, no lo entiendo –volvió a hablar el profesor Bertrand sin perder el miedo–. Esto es algo que tú deberías saber al igual que los demás.
Antes de continuar, recorrí con la mirada la sala, observando el rostro de cada uno de mis compañeros que aún me miraban confundidos. ¿Acaso pensaban que me había vuelto loca?
–¿A qué se refiere? –pregunté al fin, intentando calmar mi histeria.
–Porque todos lo vivimos –me dijo–, ¿no lo recuerdas?
–¿Recordar qué? –demandé saber, volviendo a perder un poco la paciencia, ¡porque estaba claro que no sabía! ¡Yo no me había enterado de nada y nadie se había preocupado de explicármelo!
Mi profesor no sabía qué decir. Su miedo se había tornado confusión, en su rostro pude adivinar la misma expresión de aquel hombre deschavetado de La Resistencia cuando le señalé que no sabía quiénes eran los ángeles. ¿Será que no confía en mí y cree que le estoy mintiendo? Pues no, no lo hago por diversión, sino que por cansancio, porque yo también quiero ser parte del mundo…
Intercambia miradas con algunos de mis compañeros. Puedo ver que Sarah, Joaquín, Mathilde, Francisca, Diego y otros más le mueven la cabeza en señal de negativa. Me impaciento, pero intento no volver a gritar.
–Ya veo… –vuelve a hablar el profesor Bertrand–. Entonces es posible que realmente no lo sepas… –¡aleluya!– Pero no es tu culpa Aurélie, ya que luego solo se dejó de hablar de ello…
–¡¿De qué?! –volví a preguntar exaltada, cansada de tanto misterio.
El profesor aguardó un poco antes de responder, al parecer quería cerciorarse de lo que estaba por decir.
–Del “Preludio a la Última Guerra”, Aurélie, de eso es lo que se trata –me señaló al fin.
–¿Preludio a la Última Guerra? –repetí sin lograrlo entender del todo.
–Sí –confirmó él–. El último conflicto armado que llegaríamos a conocer, porque después de este no se volverán a levantar las armas –me afirmó con seguridad–. Este preludio a la última guerra –no quise interrumpirlo, para que me explicara todo lo que sabía– fue la respuesta de Oriente a la apabullante presión de Occidente o, más específicamente, de lo que conociste como Estados Unidos. Digo ‘conociste’ porque, como puedes ver en el mapa, toda Norteamérica se vio afectada por este incidente. Toda esa zona dejó de ser habitable y se decidió que debía ser aislada, por eso está destacada con ese tono –terminó de hablar.
–Pero… –tuve que esperar un momento para aclarar mis pensamientos–. Por qué ‘preludio’ y no simplemente ‘guerra’, ¿acaso después de eso no hubieron represalias?
–Evidentemente que iban a haber, pero no fue permitida más violencia –me respondió–. Es más, por eso este sector no habitable fue bautizado como la ‘Zona Cero’, ya que implica un nuevo nacimiento, una nueva forma de vivir sin armas.
Lo quedé mirando por un instante. Volví a repasar el mapamundi, intentando calzar toda aquella información que me habían dado. Mientras lo hacía, pude sentir el ambiente de incomodidad a mi alrededor, claramente este no era un tema que le gustara tratar a todo el mundo y definitivamente había algo más que no me habían revelado. Debía seguir preguntando.
–¿Por qué la Zona Cero no es habitable? –pregunté como una forma de llenar los vacíos en su relato.
–Días después del ataque, toda vida natural empezó a morir sin razón aparente… –hizo una pausa–. Los que permanecieron en la zona después del ataque intentando recuperar y volver a levantar lo que fuera posible también perecieron, en cambio los que huyeron no. Se piensa que se trataba de un arma biológica que, tras la explosión, se propagó por todo lo que conocemos como Zona Cero –me explicó–. De todos modos, nadie logra entender por qué solo se propagó hacia el norte y no al sur, pues nunca ha rebasado el límite que vez en el mapa.
–¿Qué país realizó el ataque? –volví a preguntar, sin dejarle respirar, necesitaba reunir toda la información que pudiera.
–No se sabe… –me respondió incómodamente.
–Entonces, ¿por qué dice que fue algún país de Oriente? –le presioné.
Mi profesor tragó saliva, al parecer estaba llegando al punto.
–Es la información que se maneja… –señaló como ausente, intentando desviar su mirada.
–Pero, a pesar de toda esta explicación que me ha dado, hay algo que no me queda claro y que no logro entender –dije sinceramente–. ¿Cómo podemos estar seguros que no habrá más violencia? ¿Cómo podemos saber que no habrá más guerras?
El ambiente se tornó mucho más incómodo que antes. Mis compañeros intentaban centrarse en cualquier otra cosa con tal de evadir la conversación, solo porque podían hacerlo, mientras que el profesor Bertrand, que era asediado por mis ojos, no conseguía encontrar ningún lugar para esconderse. No podía hacer nada más que responderme:
–Porque así lo han asegurado… –farfulló temeroso.
–¿Quién ha asegurado eso? –le interpelé, segura de haber llegado al centro de todo el misterio.
–Ellos… –insistió con la misma voz, sin atreverse a dar un nombre.
–¡¿Y quiénes son ellos?! –le grité, ya perdiendo los estribos.
El profesor Bertrand no me volvió a responder, en cambio hizo lo posible por fijar su mirada en mí. Percibí el temblor en sus rasgos y pude leer en sus ojos la silenciosa súplica que intentaba hacerme: “Por favor, no sigas presionando”. Pero yo simplemente no podía hacerle caso, ya que había llegado hasta este punto necesitaba obtener todas las respuestas que pudiera.
–Realmente necesito que me diga la verdad, profesor… –le dije, intentando calmarme un poco para que él no sintiera demasiada presión.
No fue necesario que me volteara para sentir la inquietud, delante de mí y a mis lados, mis compañeros tiritaban en un esfuerzo sobrehumano por aguantar el llanto. También conseguí escuchar unos cuantos susurros, voces increpándome y pidiendo que todo este interrogatorio terminara de una vez. Por un instante observé a Sarah, que se hallaba unos cuantos puestos delante de mí, estaba hundida en su banco, con ambas manos cubriendo sus oídos, pegaba unos pequeños saltitos que, quizá, eran producidos por sus intentos de frenar aquella histeria que amenazaba con apoderarse de todo el salón.
¿Yo era la causa de todo esto? ¿A tanto había llegado mi egoísmo?
–No… no puedo… Aurélie… –tartamudeó finalmente el profesor recuperando mi atención.
–¿Por qué…? –le pedí que me dijera, tratando no ejercer más presión de la que el ambiente podía soportar.
–Porque todos lo saben… –fue la primera excusa que me dio– y porque está prohibido –fue la segunda.
Dos argumentos. Tal vez el segundo me hubiese bastado para dejar de preguntar, pues podía inferir que ‘ese alguien’ les impedía hablar, pero el primero me hacía perder completamente el control.
–“Todos lo saben…” –repetí sin demasiada fuerza, como pensando en voz alta–. ¡Todos lo saben! –grité descontrolada.
–Aurélie, por favor… tranquilízate… –volvió a intentar calmarme. Pero no daría resultado.
–¡No! –le respondí–. ¡Escúchenme bien! –me dirigí a todos esta vez–. ¡No todos saben lo que está pasando! ¡Yo no tengo la más mínima idea de lo que ha ocurrido y ocurre con el mundo y, por más que pregunto, nadie quiere explicármelo! ¡Es como si todos estuvieran intentando aislarme de la verdad! –me desahogué.
–¡No! ¡No es eso! –gritó Sarah poniéndose de pie después de haber golpeado con ambas manos su mesa–. ¡No se trata de eso, Aurélie! –me repitió.
–¿Ah, no? –pregunté a la defensiva–. ¡Entonces alguno de ustedes me podría responder por qué el cielo ha dejado de brillar! ¡Qué significa esta eterna oscuridad!
–Recuerda el consejo que te di… –me suplicó Sarah, agitada, pidiéndome que recordara aquella noche en que me dejó de hablar.
Al inicio, el movimiento fue imperceptible. No podía escuchar nada, ni siquiera las palabras del profesor Bertrand que trataban de luchar contra mis gritos… No podía dejar de gritar, continuar desahogándome.
–¡¿Quiénes son ellos?! –seguí peguntando–. ¡¿Quiénes son los ángeles y por qué existe una resistencia?!
El movimiento se hizo más evidente, pero no me importó. El profesor palideció y sus palabras enmudecieron completamente.
–¡Sí! –le respondí a su muda pregunta–. ¡Usted tiene qué conocer todas estas respuestas! –él me imploró, negando con la cabeza. Sarah comenzó a sollozar–. ¡Porque yo sé que usted pertenece a La Resistencia!  –solté por fin.
Me había hiperventilado. Lo había dicho. Mi respiración volvió a la normalidad. Me calmé.
El movimiento y el ruido se hicieron demasiado notorios ahora que no gritaba.
Todos se pararon de sus puestos y salieron corriendo, buscando la puerta, la salvación.
Sarah cayó de cuclillas, gritando y llorando sin control. El profesor Bertrand intentó calmarla, pero ni siquiera él podía ocultar lo que sentía en este momento.
Pánico.
El movimiento lo sacudió todo. Un remezón que alteró todo el orden del lugar. Los bancos y las sillas se desplazaron de un lado a otro. La histeria había ganado y había superado lo emocional. Era algo físico, demasiado violento y aterrador.
La pizarra cedió y el mapamundi cayó al piso, ocultando la verdad.
Las ventanas se abrieron y cerraron sin control, estrellándose con fuerza contra las paredes. Los fragmentos de vidrios volaron en todas direcciones en un estruendoso rugido que llenó todo el piso de hirientes esquirlas.
Yo solo corrí, dejándome llevar por la masa que abandonaba la sala y, que eufórica, bajaba las escaleras intentando resguardar sus vidas. El timbre sonó y todas las demás salas se abrieron. Todos corrían hacia el patio central, pisándose, aplastándose, únicamente preocupándose de sí mismos.
Las vigas no resistieron la violencia del movimiento y cedieron, derrumbándose parte del segundo piso del colegio. El polvo se levantó en una densa cortina que nos cubrió y aisló del mundo por unos instantes.
Escuché gritos y lamentos multiplicándose exponencialmente. La histeria había sucumbido con su propio peso, dando paso al caos, el rey de todas las desgracias.
Todo fue demasiado rápido. No estoy segura de cuánto tiempo habrá pasado, quizá uno, dos, tres o cuatro minutos, pero cuando el velo que nos cubría se disipó en el aire la tierra dejó de temblar.
Froté mis ojos, intentando recuperar la visión. Todos estábamos en el patio, algunos de pie, otros en el suelo, abrazados, aterrados, lesionados o impactados. Entre ellos encontré a Sarah, aún llorando, con ambas manos cubriendo su rostro. Había conseguido escapar.
Continué buscando por los alrededores, corriendo de un lado a otro, pero no lo vi por ningún lado, se había esfumado al igual que aquella nube de polvo. ¿Él habría conseguido huir también? Inconscientemente miré hacia el edificio derruido y me sorprendí al constatar que tan solo nuestra sala de clases había colapsado, desapareciendo completamente de la estructura. ¿Qué significaba esto?
–¿Ya ves lo que has conseguido? –escuché que una voz a mis espaldas me preguntaba.
–¿Qué? –exclamé antes de voltearme. A unos cuantos pasos de distancia reconocí a aquel hombre de La Resistencia que había conocido hace un par de noches.
–Esto ha sido tu culpa –me dijo con total convicción.
–¿A qué se refiere? –le pregunté–. ¿Dónde está el profesor Bertrand? –cambié automáticamente mi pregunta, pues él lo conocía y era más importante saber su paradero.
–Lo has entregado, niña –me respondió–. Lo has entregado al revelar su identidad. Es todo tu culpa –volvió a acusarme.
–¿A quiénes? –le pedí que me dijera mientras intentaba procesar lo que estaba pasando.
–A ellos… –me indicó, emulando las palabras del profesor Bertrand–. Los ángeles lo han venido a buscar –me reveló– y todo ha sido tu culpa…
–Pe… pero yo no sabía… –intenté excusarme, creyendo entender a lo que se refería. No pude evitar que las lágrimas afloraran–. Yo… yo… –quise seguir justificándome, pero no sabía qué es lo que debía decir, pero realmente no sabía qué había ocurrido y cómo lo había ocasionado. Sin embargo, ahora no podía evitar sentirme culpable.
–Lo hecho, hecho está –sentenció el hombre apesadumbrado y, sin decir otra palabra más, me dio la espalda y se perdió entre los afectados.
Mis lágrimas continuaron fluyendo mientras volvía a observar el sitio en que antes de la catástrofe se encontraba mi salón de clases. No podía terminar de creer que todo esto hubiese ocurrido por mi egoísmo y ansias de saber la verdad.
¿Realmente el profesor Bertrand había desaparecido por mi culpa? ¿Los ángeles habían venido por él? Todo se había vuelto más caótico y confuso que antes.
Ante mis ojos, la ficción continuaba engulléndose la realidad…
¿Todo esto era mi culpa? ¡¿Qué había hecho?!   



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