martes, 10 de abril de 2012

The Walking Sushi


 o
cómo ir a una exposición de sushi sin comer sushi


Habíamos esperado con ansias este día durante toda la semana, pero aun así, como buenos chilenos, llegamos atrasados al evento. Aunque eso no pareció importar, pues de todos modos tuvimos que esperar y hacer una fila para entrar. ¿Adivinen qué? Estamos en Chile y la apertura se había retrasado por casi una hora.

En un principio, cuando ingresamos al lugar y pagamos la entrada, los minutos de espera parecieron valer la pena al constatar “la cortesía” que nos ofrecían y apreciar la hermosa vista al mar. Pero la obnubilación no duró mucho tiempo y nuestros estómagos empezaron a exigir lo que habíamos venido a buscar: Sushi. Primero, nos preparamos como se debe, fuimos en busca de los palitos y los potes con salsa de soya. Luego, para empezar con la degustación, presurosos tomamos nuestras entradas, dispuestos a canjear el vale de mil pesos por alguna de las delicateses que nos ofrecieran los diversos stands. Mas, después de dar un par de vueltas nos empezamos a cuestionar si realmente habíamos llegado al lugar correcto.

Pues esa era una exposición de sushi, ¿no? Entonces, sushi es lo que deberíamos encontrar, ¿cierto? Pero por más que nos paseábamos por el recinto, recorriéndolo una y otra vez, rolls era lo que menos encontrábamos.

Por un momento creímos que el verdadero foco del evento era vender cerveza, pues eso es lo que más tenían y lo que más se veía desfilar. Pero luego volvimos a entrar en razón al percatarnos que no éramos los únicos que nos sentíamos desorientados. La demás gente que ilusamente, al igual que nosotros, había cancelado una ridícula entrada por algo realmente no se estaba ofreciendo, daba vueltas y vueltas, como cual zombie, con el cerebro frito por el calor, y deseoso de llevarse algo a la boca.

Si bien es cierto que a ratos algunas bandejas llegaban a los diversos stands, no alcanzaban a cubrir la demanda y las expectativas que todos los presentes, al parecer, no habíamos hecho de un evento de esta índole. Después de todo, si se trata de una exposición centrada en algún tipo de comida, lo que más se espera es poder comer y disfrutar aquello que se promociona. ¿Nosotros habremos entendido mal la instrucción, quizá? Tal vez el verdadero objetivo de aquella exposición no era reunir diversos locales especializados en este plato pseudo-nipón para vender, sino que lo hicieron para que la gente acumulara hambre, se llenara con salsa de soya y conversara sobre su fascinación por el sushi, pues puede que de esa manera, de algún modo místico, nuestros pensamientos lograran proyectar aquel añorado manjar. O puede ser simplemente que cada uno debía llevar su propia bandeja con rolls desde la casa, mientras que los organizadores del evento ponían la casa y los palitos. Ninguna de las dos opciones parece tan descabellada, ¿no?

Ahora, si nos ponemos en el lugar de las escasas piezas de sushi que había en el lugar, ¿cómo se sentirían? Quizá intimidadas al ver tal cantidad de palillos desesperados por agarrar algún bocado.


En situaciones como esta es cuando se aplica la ley de la selva, la supervivencia del más fuerte, ¿o del más hábil? Pues está claro que el que no era ducho en el arte de comer a lo oriental perdía feo en esta batalla campal contra el hambre.

Pero ahora, reflexionemos un poco. En una situación como esta donde se organiza un evento que promete ser el paraíso de todos aquellos que disfrutan, aman, idolatran y sueñan con sushi, pero que en cambio se convierte en una situación de filas interminables, a pleno Sol, de casi una hora y media –siendo generosos– para obtener tan solo 4 o 6 piezas de uno de los 5 stands –cifra irrisoria– en un mar de cientos de personas, ¿quién tiene la culpa? Vote por su alternativa preferida: a) Los stands por no abastecerse y prepararse como es debido; b) los organizadores, por hacer el evento en un cerro –sin ascensor y con escaleras infinitas– y no dar explicaciones ni preocuparse que todo marchase correctamente; c) las dos anteriores, o d) los asistentes por hacerse falsas esperanzas. Fuera cual fuese la respuesta correcta, sin lugar a dudas, la ExpoSushi 2012, realizada en Valparaíso en el cerro Cordillera, ha inaugurado un nuevo tipo de eventos culinarios, donde lo que sobra son las ganas de comer y lo que falta, la comida.



Como remate de esta crónica de la decepción, luego de poder cobrar –al fin– nuestros vales por luka nos retiramos sintiéndonos estafados y con un gran agujero en nuestros estómagos. Fue así que caminamos, caminamos y caminamos en busca de algún lugar donde hincar el diente –pues para remate era feriado– y luego de tanto sushi, sushi y pensamientos de chorrillana, terminamos disfrutando una deliciosa comida italiana.

lunes, 19 de marzo de 2012

Yeong-Mi (Fragmento 2)






–Espero que con esto haya entendido, agassi –sentenció la mujer con aquella falsa formalidad con que solo buscaba agravar más la herida.
Yeong-Mi se quedó en silencio consumiéndose en el dolor, dejando libres las lágrimas pero reprimiendo el lamento. Eso era lo único que no le daría a esa mujer, el placer de verla completamente destruida y desalmada.
El chofer abrió nuevamente la puerta trasera y ayudó a que el hombre ingresara en el vehículo. Ahí se estaba yendo el corazón de Yeong-Mi, lo había dado todo y lo había perdido. ¿Qué había hecho ella? ¿Qué tan grande pecado había cometido que ni siquiera se merecía unas palabras de despedida? Añoró volver a oír su voz, aunque fuera para pedirle perdón, maldecirla o decirle que todo había sido un juego. Pero no hubo palabras, solo el silencio y la culpa que podía ver dibujadas en su rostro.
Agassi –volvió a hablarle la mujer con el mismo tono sarcástico–, espero que con esto aprenda a conocer su lugar en el mundo. ¡Una mujerzuela y un jaebeol [1] de tercera generación! –exclamó–, debe ser un chiste.
Jaebeol … –musitó Yeong-Mi confundida.
–Mocosa, no te vengas a hacer la inocente ahora –bramó irritada–. ¿Acaso creíste que podrías cambiar tu fortuna entrando a una familia jaebeol? Baka[2]! –le gritó en japonés–, siempre es igual, no es nada más que un juego.
Yeong-Mi estaba asombrada, jamás pensó que aquel hombre perteneciera a una familia jaebeol, él jamás se lo había dicho, aunque ella tampoco se habría interesado en ello. Sintió odio por aquella mujer que le gritaba. Había insultado sus sentimientos y eso le molestaba profundamente. Ella estaba enamorada, era amor verdadero el que sentía desgarrarle el corazón, jamás fue otra cosa.
Se tragó las palabras, no merecía la pena gastar saliva y energía en alguien como ella, recapacitó Yeong-Mi. Solo se quedó ahí, observando. La mujer le dedicó una última sonrisa y se dispuso a entrar en el auto. Yeong-Mi levantó la cabeza al cielo, asqueada de ver aquella desagradable figura. Entonces se percató que el cielo estaba más limpio y que la Luna brillaba con todo su esplendor, incluso le pareció que la noche era más clara que antes. Bajó la mirada, esperando que el vehículo ya estuviera por partir y que ella desapareciera de su vista por completo, pero algo inusual llenó sus ojos. Pensó que las alucinaciones volvían a empezar.
Aquella mujer aún no entraba al vehículo, es más, se encontraba de cara hacia la Luna, con los ojos cerrados, como disfrutando de la noche y su frescura. A su pesar, a Yeong-Mi le pareció realmente hermosa.
Sin apartar la vista, notó como una leve luminosidad violeta empezaba a emanar de ella, rodeándola y amoldándose a su forma. Parecía energía acumulándose, como si se la estuviera robando a algo o a alguien… como si la absorbiera de la mismísima Luna. La mujer despertó de súbito de su trance y, volviendo en sí, reparó en que Yeong-Mi la observaba. Contrariada, se apresuró en subir al auto. Cuando quiso cerrar la puerta, algo pareció estorbarle, pero con un ágil movimiento de mano lo alejó y la cerró con fuerza. A los pocos minutos, el chofer, que había vuelto a su puesto, pisó el acelerador y se alejó virando en el primer cruce con que se topó.
Yeong-Mi se quedó allí, intentando procesar lo último que había visto. ¿Qué había sido todo eso? ¿Un truco de magia? ¿Una ilusión óptica? “Colas”, susurró, recordando aquello que estorbaba a la mujer al querer cerrar la puerta. Tenían el mismo tono violeta de aquella energía. “Yeou[3]”, susurró, pensando en lo que le evocaba aquella extraña visión. ¿Se estaría volviendo loca?      



[1]재벌: Magnate
[2]馬鹿: Tonta
[3]여우: Zorro

domingo, 26 de febrero de 2012

Sin Oportunidad Para Aclararlo


Leí por última vez el escrito, a pesar que habían sido mínimas las modificaciones que había hecho, pero nunca me había gustado que mis lectores encontraran cabos que podrían haber quedado sueltos por la inconsciente supresión de una frase. Ya lo había revisado una veintena de veces y recién tras la vigésima primera me podía sentir tranquilo. Tras respirar profundamente, me atreví a clickear en el azulado botón. “Publicar”. Ya estaba hecho, la nota ahora estaba en Faceb…

¡¡¡Thumb!!! Oí un fuerte estruendo bajo mis pies. De un salto me puse en pie y me mantuve escuchando el barullo que crecía en el primer piso. Ni siquiera alcancé a acercarme a la puerta de mi habitación cuando empezaron a resonar las pesadas pisadas en la escalera. Fue solo un paso el que logré dar al exterior antes de toparme con el cañón de la pistola apuntándome sin titubear.

–¡¡Freeze!! –me gritó el hombre tras el arma. Yo, sin replicar y entendiendo lo que había querido decir gracias a la cultura del cine y la televisión, levanté ambos brazos rindiéndome de inmediato, sin siquiera saber qué es lo que había hecho. Aquel único gesto bastó para que el hombre llamara a uno de sus compañeros. El nuevo sujeto estaba enfundado en un pasamontañas negro que levantó al estar cerca de mí. Luego, comenzó a buscar algo en sus bolsillos… Mientras él estaba en ello, no pude dejar de observar aquellas tres letras grandes blancas que tenía estampadas en el pecho. Una sigla extranjera que me indicaba que, de alguna manera que no conseguía adivinar, me había metido en serios problemas…

Luego de unos minutos, el hombre de aspecto cansado consiguió hallar aquello que buscaba. Un papel que desdobló y tomó con ambas manos, situándolo a una distancia apropiada para leer. Aclaró su garganta antes de hacerlo. Las palabras emanaron, de una forma poco fluida, con un acento azaroso y una pronunciación desastrosa; como un gringo, ¡leía como un gringo! No pude entender ni una cuarta parte de lo que me decía, básicamente porque no pude dejar de pensar en lo malo que era su español. El hombre pareció desesperarse a medio documento y, tras discutirlo con su compañero armado, me lo entregó para que yo mismo lo viera. A pesar de que la escritura no era mucho mejor que la pronunciación del gringo, era lo suficientemente entendible como para que me sintiera trastornado y horrorizado:

¡Me estaban deteniendo! ¡Sí, eso es lo que estaban haciendo! Era la culminación de una operación de dos años. ¿Los cargos? Infringir las normas de Derecho de Autor, y no una vez, ¡sino que cientos! ¡Sí!, durante dos años estuve infringiendo la ley. Me llevaban porque aseguraban que yo había estado plagiando en las redes sociales lo escrito por un tal “Kira12” en su blog… Lo que acababa de publicar, por ejemplo.

Y no pude oponer resistencia, no, teniendo a una docena de hombres en mi casa. Tampoco pude tratar de dar explicaciones a los uniformados, pues mi inglés era demasiado pobre. No pude explicarles, por ejemplo, que “Kira12” era uno de los cuantos pseudónimo que usaba en la web y que era realmente absurdo que me llevaran por infringir mi propio copyright, pues solo estaba tomando y arreglando lo que ya había creado.

viernes, 17 de febrero de 2012

Yeong-Mi (Fragmento 1)





  Yeong-Mi no pudo aguantar la sorpresa al observar. Su rostro se descompuso completamente y sin que se diera cuenta las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. Sintió una dolorosa presión en el pecho y, cuando intentó suavizarla con sus manos, se dio cuenta que era su corazón que se estaba marchitando. Intentó cerrar sus ojos con violencia y limpiar las lágrimas que se agolpaban y nublaban su visión, quizá había visto mal y el cansancio le había jugado una cruel pasada. Por primera vez rezó a todas esas deidades en las que nunca había creído para que aquello no fuera verdad, sino un montaje, una pesadilla o una alucinación. Refregaba sus ojos sin cesar, pero no podía evitar que las lágrimas siguieran saliendo. Su corazón no dejaba de latir y con cada palpitación el dolor aumentaba. En ese maldito momento se dio cuenta de lo tranquila que estaba la noche, no podía percibir ningún otro ruido más que el de las hirientes carcajadas que profería aquella mujer que sostenía la muñeca de su Oppa[1]… Pero no, ya no era su Oppa… Todas aquellas palabras, promesas y sueños habían sido destrozados en un instante, ya no existían más que como un amargo recuerdo. El anillo dorado brillaba con insistencia, de una manera que lastimaba los ojos de Yeong-Mi, pero lo que más le dolía era ver aquella réplica engarzada en el delgado y largo dedo de la mujer que se lo enseñaba complacida. Era como un animal marcando su territorio.




[1]: Nombre usado por una mujer para referirse a un hombre mayor a ella.

domingo, 22 de enero de 2012

Esa oscuridad sobre nosotros - XVII



XVII



–Ya es la tercera vez… –me repitió él con tono de reproche.
Gabriel se llamaba, si mal no recordaba. Pero simplemente no podía llamarlo así, no era alguien de quien podía jactarme de conocer. A mis ojos continuaba siendo un desconocido… Un peligroso desconocido…
–No… no entiendo… –pregunté turbada, con una voz delicada, casi inaudible. Me sentía intimidada.
–¿Así que no lo sabes? –exclamó con tono burlón. Evidentemente pensaba que yo le estaba tomando el pelo.
Su mirada era demasiado penetrante, inquietante, insoportable, no podía seguir manteniéndola, aunque me estuviera hablando, me sentía ahogada…
Giré la cabeza en busca de mis padres, no los encontré donde los había dejado hace unos minutos. Estaban justo al lado de la mesa, a mi izquierda, en el piso, acuclillados, con el torso hacia adelante, sosteniéndose en sus puños temblorosos. No podía verles el rostro, pero alcanzaba a ver las tímidas lágrimas que caían al piso. Se sentían humillados y, a la vez, ellos mismos se humillaban a través de esa sumisa reverencia. Tenían miedo y eso les hacía estremecerse.
Respira profundo.
–¡Perdónela! –gritaron casi al unísono con voz jadeante–. ¡Ella no sabía lo que hacía!
Sigue respirando profundo.
–“Pater, dimitte illis, quia nesciunt, quid faciunt” –recitó el aludido en una lengua ajena a mí. Pero parecían palabras que él había aprendido de memoria y ahora solo las recitaba–. Sí, creo que he oído esas palabras antes… –reconoció–. Alegan perdón por ignorancia…
No pierdas el control.
–A… así es… –tartamudeó mi padre con cierto alivio, pensando que todo se solucionaría–. Ella no lo sa…
–¡¡Silencio!! –le interrumpió el hombre–. ¿Acaso creen que eso es suficiente? ¡Ustedes conocen las reglas! ¡Todos conocen las reglas! –gritó autoritariamente, obligándoles a mirar nuevamente al piso.
No lo pier…
¡Imposible! Mi pecho enloquece, mis pulmones se hinchan y retraen sin control y a un ritmo que mi respiración no puede controlar. Ya no inhalo ni exhalo, jadeo vertiginosamente, sin poder detenerme. El aire entra, pero no llega, no me oxigena, siento que a cada soplido pierdo un poco más de mi aliento. Es asfixiante, desesperante, ya no me puedo controlar. Todo esto me ha superado y ya me empieza a desbordar. Tengo algo atragantado… Tiene que salir… sino…
Me tapo los oídos.
–¡¡¡¡BASTA!!!! –grito frenéticamente, vaciando por completo mi interior. El silencio me sucede. Tardo un par de segundos, pero mi respiración vuelve a la normalidad.
Supongo que a nadie le gusta ver a sus padres sometidos hasta el nivel de la humillación y, a la vez, supongo que a ningún padre le gustaría que sus hijos los vieran en esta condición. Aquello ya me había empezado a sobreexcitar…
Que tus padres se rebajen por ti para pedir tu perdón, es otra cosa, es algo mucho más perturbador que te afecta más profundamente, porque, primero, asumen la culpa por ti y, segundo, no sabes qué hiciste mal y, por ende, por qué debes pedir perdón. ¿Qué es lo que hice mal? La taquicardia me había empezado a atacar…
Y que incluso tus padres te dejen fuera de una conversación, suplicando a un desconocido por algo que desconoces, pero que todo el mundo sí parece saber, ya simplemente me había superado. La frustración me hiperventilaba…
No podía dejar que esto continuara así…
–¡¿Qué es lo que he hecho?! –grité al aire, preguntando, en una primera instancia, sin esperar respuesta, para luego repetir suplicante observando hacia ambos flancos:– Por favor, ¡díganme qué he hecho!
–No… –alcanzó a soltar mi madre, antes que la voz a mi derecha la interrumpiera:
–¿Estás segura que no sabes lo que has hecho?
–No –respondí con seguridad, extinguiendo las lánguidas palabras de mi padre que intentaba intervenir.
–Fueron dos las señales que se te dieron –me indicó– y que, sin embargo, decidiste ignorar, hasta que lo hiciste por tercera vez –me recordó.
–¡Basta de misterios! –dije con desesperación–. ¡¿Qué es lo que hice?!
El desconocido miró de reojo a mis padres antes de contestar, era evidente que se sintiera consternado con mi aparente inocencia.
–Romper el voto de silencio –sentenció–. Ya lo has hecho tres veces.
–¿Voto de silencio? –repetí confundida. ¿Qué era eso?
–¡Por favor! –escuché nuevamente la voz suplicante de mi padre a mis espaldas–. ¡Ella no sabe nada!
–¡Cómo no lo va a saber –replicaba furibundo–, si por su edad…! –fue disminuyendo el volumen de su voz, como si algo estuviese deteniendo su alegato–. ¡Oh, claro! –pareció recordar–. Aurélie Bordot…
–Sí… –respondí casi por reflejo al oír mi nombre.
–¡Cómo pude ser tan tonto! –exclamó–. ¡Cómo dejé pasar ese pequeño detalle! Es evidente que no lo sepas y, por su supuesto, tus padres no podían contarte nada por el voto de silencio –dedujo en voz alta–. Esto es tan irónico que llega a causar risa –señaló no pudiendo evitar llevar a la práctica sus palabras.
Su risa era falsa, exagerada, dañina, tóxica y perturbadora. No podía aguantar un segundo más aquella estridencia.
–¡Qué es lo gracioso! –demandé saber irritada.
–Que, siendo tú, no sepas la verdad –me indicó sin dejar de reír–. Tú –remarcó–, una de las personas que con mayor razón debería saber lo que está ocurriendo…
Negué con la cabeza, intentando aclarar mi mente.
–¡Pues qué es lo que está ocurriendo! –grité–. ¡Es cierto, tienes razón, no sé absolutamente nada! –aseguré por vigésima vez.
–¿Estás segura que quieres saber? –me preguntó con evidente malicia–. Pues, si no es así, podría cumplir de una vez lo que he venido a hacer y listo…
–¡No! –respondí decidida–. Yo quiero…
–¡¡No, Aurélie!! –el ruego desesperado de mi madre que no consigue detenerme.
–…saber la verdad… –confirmé.
–Toda decisión tiene su consecuencia –aseguró, acentuando aún más aquella retorcida maldad en sus ojos–. ¿Estás dispuesta a cargar con ella?
–No… –la exhalación acongojada de mi padre me pedía que recapacitara, pero…
–Sí, lo estoy –sellé el invisible contrato que había extendido aquel hombre.
Lo hice sin dudarlo, sin preguntar por las demás cláusulas, sin entender a cabalidad lo que podría suceder y sin detenerme a considerar las peticiones de mis padres. Pero es lo que debía hacer si, de una vez por todas, quería saber la verdad.
–Entonces… –empecé a hablar– explícame, por favor, qué es lo que está sucediendo –le pedí.
El hombre me miró fascinado, realmente encantado por contar con esta oportunidad que le había brindado. Percibí cómo se le hacía agua la boca por contarme lo que estaba sucediendo, pero, aun así, aguardó un par de minutos porque, sin lugar a dudas, mi desesperación era un manjar mucho más suculento para una mente como aquella.
–El ser humano ha sido castigado –me informó sonriente.
–¿Por qué? –fue lo primero que se me vino a la mente preguntar, incluso antes del ‘cómo’.
–Las razones sobran, las ha ido acumulando a lo largo de la historia, pero todo se puede resumir en tres palabras: ‘Egolatría’, al pensarse superior al resto de las especies o al sentirse mejor individualmente o colectivamente frente a los otros… ‘Avaricia’, deseando poseer todo aquello que les rodea, llegando a pensar que por esencia ya es suyo… y ‘Violencia’, entre ellos, entre países, entre religiones, contra los demás, contra las demás especies, contra la naturaleza… Ahora, ¿qué sucede si conjugas estos tres males? –me preguntó– ¿Puedes hacerte una idea, o no? –negué con la cabeza–. Guerra… –señaló como respuesta.
–Guerra… –repetí, intentando incorporar la palabra en mis pensamientos–. El “Preludio a la Última Guerra” –murmuré recordando de improviso el mapa de la clase de Historia.
–Veo que sabes algunas cosas –rio–. Lo que han llamado el “Preludio a la Última Guerra” fue la última manifestación de egolatría, avaricia y violencia que le fue permitida al ser humano antes de ser castigado.
–¿Y cuál fue el castigo? –mi ansiedad me hizo hablar, aunque ya podía adivinar la respuesta a mi pregunta.
Él dibujó la más amplia y abarcadora de sus sonrisas antes de apuntar con el índice de su diestra hacia arriba.
–Esa oscuridad sobre nosotros –develó–. El ser humano fue aislado para siempre de la luz natural, ese fue su castigo. ¿Por qué ese castigo? –se adelantó a mi pregunta–, no es nada extraño –me aseguró–, pues lo único que se ha hecho es proyectar el interior de su especie en el cielo. Como has podido ver, su corazón está lleno de oscuridad.
–¡Pero no el de todos! –repliqué con inocencia.
–Pero sí el de la gran mayoría –me informó sonriente–. ¿Cómo es que dice el refrán, ‘pagan justos por pecadores’? Pero todos deberían sentirse agradecidos –continuó–, pues se ha abolido para siempre la egolatría, la avaricia y la violencia intrínseca del ser humano. ¡Se ha salvado al planeta! –exclamó–. Se ha evitado que sean los gestores de su propia extinción. ¿Acaso crees que el mundo sería capaz de aguantar otro conflicto armado a escala mundial?
No hacía falta que le respondiera, pues eso era algo evidente, así que preferí continuar obteniendo información. Había tantas cosas que aún no comprendía.
–¿Pe… –tartamudee temerosa al pensar en qué clase de respuesta me daría a lo que estaba por preguntar–. ¿Pero… qui… quién sería capaz de llevar a… a cabo un castigo como ese…?
–La respuesta está llena de subjetivismos… –afirmó meditabundo.  
–¿Qué significa eso? –le presioné para que me dijera.
–Depende de la persona –convino–, para algunos puede ser el propio Caos, para otros Brama, también se puede pensar en Jehová, Alá o, simplemente, en Dios…
–Dios… –exclamé casi sin aliento–. ¿Dios? –reiteré sin terminar de convencerme.
Él disfrutó ver mi turbación. De improviso miró a mis padres para alimentarse del terror que los debía estar consumiendo.
–O pudo haber sido algo menos imponente y superior, como los ángeles –destacó esta última palabra–. Todo depende de lo que quieras creer.
–A… An… Ángeles… –balbucee–. Entonces tú…
–Ya te lo dije –adivinó mi pregunta–. Mi nombre es Gabriel… El arcángel Gabriel, si lo quieres poner en otros términos.
Lo quedé mirando estupefacta, sin poder creer que todo aquello de los ángeles fuera finalmente cierto. ¿Era algo demasiado descabellado, no? Es decir, ángeles bajando a la tierra para castigarnos a todos sin discriminar. Además, él, Gabriel, parecía alguien demasiado retorcido como para ser un ente de luz y bondad.
–Creo que ya te lo había dicho antes, maldad y bondad son cualidades subjetivas –lo quedé mirando, indudablemente había leído mis pensamientos–. Dependen de la moral individual o colectiva y de la ética imperante. Quizá lo que es considerado malo ahora, no lo haya sido en otra época.
–Si ese fuera el caso y realmente fuera algo subjetivo –me apropié de sus palabras–, ¿por qué nos castigan?
–No los castigamos porque sean buenos o malos, sino por lo que podrían llegar a hacer si la egolatría, la avaricia y la violencia continuaran reinando: La auto-aniquilación de su especie y la destrucción del planeta.
–¿Y por qué se preocupan por nosotros y no nos dejan morir simplemente? –la pregunta fue directa y colmada de toda mi confusión.
–Porque así ustedes lo han querido –señaló secamente.
–¿Qué significa eso?
–Creo que ya te lo hice saber –dijo con una extraña amabilidad–, la respuesta está en cada uno de ustedes –lo miré sin entender–. El interior de miles de millones de personas, la subjetividad del mundo entero proyectada en forma de súplica, una subjetividad que, tal como un eco, deriva en una iteración constante. Pero no reverbera, se hace cada vez más potente y generalizada, reflectándose en el cielo, en el infinito y volviendo a caer en la tierra como una respuesta a la petición de toda la humanidad –me miró atentamente–. Nosotros, los ángeles, al igual que aquella oscuridad en el cielo, somos una proyección de ustedes. Los hombres nos crearon, nos suplicaron que existiéramos, pues necesitaban que existiera algo en que creer, alguien en quién encomendarse, alguien que les hiciera ver que estaban equivocados, que los frenara y los castigara antes de que terminarán extinguiéndose por su propia mano. En eso nos convertimos.        
Aquella narración era más de lo que podía procesar. ¿Así que esta era la verdad que todo el mundo conocía y de la que evitaban hablar? ¿Estábamos siendo controlados por aquellos seres, los ángeles, que alegaban hacerlo por nuestro bien? ¿Era una invención nuestra? ¿Pero cómo?
–¡¿Cómo se supone que iba a saber todo esto?! –reclamé–. ¡¿En qué momento ocurrió que no me enteré?! –continué gritando–. Lo único que recuerdo fue despertar un día y ver el cielo completamente oscuro…
–Ocurrió hace casi dos años –señaló–, dos días después del bombardeo a Estados Unidos –precisó–. Y tú lo viviste, igual que todos los demás humanos.
–¡Pero yo no lo recuerdo! –volví a alegar.
–Claro que no lo recuerdas –ratificó– y tus padres no podían hacer nada para recordártelo.
Volteé la cabeza y los miré. Habían dejado de llorar, pero no se atrevían a levantar la cabeza del piso. Al parecer les daba vergüenza volver a mirarme a los ojos.
–E, irónicamente –continuó Gabriel–, tú deberías ser una de las que con más seguridad debería saber lo que ocurre.
Otra vez aquellas palabras, ¿qué quería decir con eso?
–No entiendo…
–Aurélie Bordot –pronunció mi nombre–, tú fuiste una de las humanas que fue ofrecida a nosotros, los ángeles, como ofrenda para rogar nuestro perdón. Tus padres te entregaron sin dudarlo –los sollozos se volvieron a sentir a mis espaldas– para yacer con nosotros.  
Alarmada, sentí cómo el color abandonaba mi rostro y mi cuerpo entero. Palidecí y todos mis movimientos se detuvieron. Aguanté la respiración sin siquiera desearlo, mi boca se mantuvo abierta en una pregunta que no pude llegar a formular.
Aquello no podía ser cierto.
–Pero fuiste reemplazada, ya que tuviste un accidente que te dejó en coma –me contó–. Incluso pudo haber sido un estado que tú misma te indujiste para escapar de la realidad –hipotetizó–, pues, al volver a despertar, al parecer, olvidaste todo aquello y te encontraste con el cielo completamente oscuro. Te encontraste en un mundo extraño, que no era el que conocías, sin luz, sin la radiante alegría que recordabas. Y, sin embargo, nadie podía explicarte lo que estaba sucediendo porque todos estaban atados por el voto de silencio.
Lo miré fijamente, solo escuchando lo que me tuviera que decir porque, por más que lo intentara, no lograba pronunciar ninguna palabra.
–Porque el castigo no solo se basó en sumir a los humanos en su propia oscuridad –siguió hablando–, sino que se les prohibió volver a levantar armas y se vedó la posibilidad de volver a referirse a la noche eterna y a nuestra existencia, teniendo su transgresión como consecuencia el verdadero fin de la existencia, el Apocalipsis. A través de este voto de silencio se espera que el hombre acepte esta nueva vida y que las futuras generaciones lo vean como el estado natural de las cosas.
–Y yo lo infringí tres veces… –logré murmurar–. Con Sarah, el profesor Bertrand y ahora…
–Exactamente –convino–, a pesar de que se te puso sobre aviso antes de la tercera.
–El foco que estalló y el temblor en el colegio –señalé–. Y tú  me lo volviste a recordar a través de esos sueños –lo apunté atando los últimos cabos sueltos.
Él me dedicó una sonrisa final como recompensa por mi logro.
De improviso me empecé a sentir mareada. A mi alrededor escuchaba frases de perdón entrecortadas que parecían provenir de mis padres. Mi visión comenzó a fallarme, tornándose todo borroso. Me refregué con insistencia los ojos en un vano esfuerzo por volver a enfocar. Gabriel, aquel hombre que asegurada ser un arcángel se convirtió en una mancha oscura frente a mí, lo único que sí alcanzaba a reconocer era su estridente risa que subía progresivamente de volumen. Todo aquello se transformó en un chirrido que retumbó agudamente en mis tímpanos, no pude evitar llevarme ambas manos a los oídos para intentar amortiguar el mareante sonido.
Cerré los ojos con todas las fuerzas que tenía, pero ya era demasiado tarde, millones de imágenes me atacaron a una velocidad vertiginosa. Lo único que me quedaba por hacer era tratar de apagar mi cerebro, pero era algo imposible, no podía pelear con mi memoria que se esforzaba por recuperar aquellos fragmentos olvidados de mi pasado. Aquellos recuerdos que me parecían tan ajenos poco a poco comenzaron a volverse familiares. Aquel pasaje que parecía perdido en mi vida se fue reestructurando por medio de aquellas imágenes, haciendo de puente entre lo que recordaba y lo que vivía actualmente.
El grito fue algo automático. Mi cabeza dolía con cada enlace que se formaba entre mis recuerdos. Era como si miles de agujas estuvieran perforando mi cerebro a la vez y toda mi red neuronal estuviera trabajando hasta no dar abasto. Grité una y otra vez hasta desgastar mis cuerdas vocales y quedarme sin voz.
Todo mi organismo se sentía afectado, mi pulso se aceleró, mi ritmo de respiración volvía a incrementarse, el sudor emanó por cada uno de mis poros, un constante hormigueo me aquejaba de pies a cabeza. No podía seguir aguantando, debía huir de aquel lugar, tomar aire y procesar toda aquella información que me atacaba a raudales.
Mis padres volvieron a suplicarme, pero no sentía deseos de volver a dirigirles la palabra, no por hoy, por lo menos. Me puse de pie y, pasando por el lado de Gabriel, corrí hacia la puerta principal de mi casa. Él no me detuvo, pero, antes de que pudiera salir, me recordó:
–Toda decisión tiene su consecuencia y tú ya has tomado la tuya –se volteó hacia mí, que aún me mantenía en el marco de la puerta, y me susurró:– También me conocen como el ángel de la muerte…      
Sin querer escuchar más tonterías, me lancé al exterior y empecé a correr por una de las calles sin un destino fijo.
“Consummatum est –fue el último eco que escuché a mis espaldas, pero no me detuve a pensar en lo que aquellas palabras podrían significar.




Y solo huí, aferrándome porfiadamente a la convicción de que todo aquello no podía ser posible y que el Apocalipsis no era más que ficción, una mentira inventada por el fervor religioso... Para mí siempre había sido así y no quería aceptar que esto realmente estuviera ocurriendo...    
Pero… aun así… aquellos dudosos recuerdos que invadían mi mente me decían todo lo contrario, confirmando que él era un arcángel y que estábamos viviendo el fin del mundo tal como lo conocíamos…




Días después, nuevamente frente a mi casa, comprendí aquellas consecuencias que el ángel de la muerte me había advertido. Pero ya era demasiado tarde…   



*    *    *    *    *


PRIMERA PARTE:
“Esa oscuridad en mis ojos…”


FIN