domingo, 22 de enero de 2012

Esa oscuridad sobre nosotros - XVII



XVII



–Ya es la tercera vez… –me repitió él con tono de reproche.
Gabriel se llamaba, si mal no recordaba. Pero simplemente no podía llamarlo así, no era alguien de quien podía jactarme de conocer. A mis ojos continuaba siendo un desconocido… Un peligroso desconocido…
–No… no entiendo… –pregunté turbada, con una voz delicada, casi inaudible. Me sentía intimidada.
–¿Así que no lo sabes? –exclamó con tono burlón. Evidentemente pensaba que yo le estaba tomando el pelo.
Su mirada era demasiado penetrante, inquietante, insoportable, no podía seguir manteniéndola, aunque me estuviera hablando, me sentía ahogada…
Giré la cabeza en busca de mis padres, no los encontré donde los había dejado hace unos minutos. Estaban justo al lado de la mesa, a mi izquierda, en el piso, acuclillados, con el torso hacia adelante, sosteniéndose en sus puños temblorosos. No podía verles el rostro, pero alcanzaba a ver las tímidas lágrimas que caían al piso. Se sentían humillados y, a la vez, ellos mismos se humillaban a través de esa sumisa reverencia. Tenían miedo y eso les hacía estremecerse.
Respira profundo.
–¡Perdónela! –gritaron casi al unísono con voz jadeante–. ¡Ella no sabía lo que hacía!
Sigue respirando profundo.
–“Pater, dimitte illis, quia nesciunt, quid faciunt” –recitó el aludido en una lengua ajena a mí. Pero parecían palabras que él había aprendido de memoria y ahora solo las recitaba–. Sí, creo que he oído esas palabras antes… –reconoció–. Alegan perdón por ignorancia…
No pierdas el control.
–A… así es… –tartamudeó mi padre con cierto alivio, pensando que todo se solucionaría–. Ella no lo sa…
–¡¡Silencio!! –le interrumpió el hombre–. ¿Acaso creen que eso es suficiente? ¡Ustedes conocen las reglas! ¡Todos conocen las reglas! –gritó autoritariamente, obligándoles a mirar nuevamente al piso.
No lo pier…
¡Imposible! Mi pecho enloquece, mis pulmones se hinchan y retraen sin control y a un ritmo que mi respiración no puede controlar. Ya no inhalo ni exhalo, jadeo vertiginosamente, sin poder detenerme. El aire entra, pero no llega, no me oxigena, siento que a cada soplido pierdo un poco más de mi aliento. Es asfixiante, desesperante, ya no me puedo controlar. Todo esto me ha superado y ya me empieza a desbordar. Tengo algo atragantado… Tiene que salir… sino…
Me tapo los oídos.
–¡¡¡¡BASTA!!!! –grito frenéticamente, vaciando por completo mi interior. El silencio me sucede. Tardo un par de segundos, pero mi respiración vuelve a la normalidad.
Supongo que a nadie le gusta ver a sus padres sometidos hasta el nivel de la humillación y, a la vez, supongo que a ningún padre le gustaría que sus hijos los vieran en esta condición. Aquello ya me había empezado a sobreexcitar…
Que tus padres se rebajen por ti para pedir tu perdón, es otra cosa, es algo mucho más perturbador que te afecta más profundamente, porque, primero, asumen la culpa por ti y, segundo, no sabes qué hiciste mal y, por ende, por qué debes pedir perdón. ¿Qué es lo que hice mal? La taquicardia me había empezado a atacar…
Y que incluso tus padres te dejen fuera de una conversación, suplicando a un desconocido por algo que desconoces, pero que todo el mundo sí parece saber, ya simplemente me había superado. La frustración me hiperventilaba…
No podía dejar que esto continuara así…
–¡¿Qué es lo que he hecho?! –grité al aire, preguntando, en una primera instancia, sin esperar respuesta, para luego repetir suplicante observando hacia ambos flancos:– Por favor, ¡díganme qué he hecho!
–No… –alcanzó a soltar mi madre, antes que la voz a mi derecha la interrumpiera:
–¿Estás segura que no sabes lo que has hecho?
–No –respondí con seguridad, extinguiendo las lánguidas palabras de mi padre que intentaba intervenir.
–Fueron dos las señales que se te dieron –me indicó– y que, sin embargo, decidiste ignorar, hasta que lo hiciste por tercera vez –me recordó.
–¡Basta de misterios! –dije con desesperación–. ¡¿Qué es lo que hice?!
El desconocido miró de reojo a mis padres antes de contestar, era evidente que se sintiera consternado con mi aparente inocencia.
–Romper el voto de silencio –sentenció–. Ya lo has hecho tres veces.
–¿Voto de silencio? –repetí confundida. ¿Qué era eso?
–¡Por favor! –escuché nuevamente la voz suplicante de mi padre a mis espaldas–. ¡Ella no sabe nada!
–¡Cómo no lo va a saber –replicaba furibundo–, si por su edad…! –fue disminuyendo el volumen de su voz, como si algo estuviese deteniendo su alegato–. ¡Oh, claro! –pareció recordar–. Aurélie Bordot…
–Sí… –respondí casi por reflejo al oír mi nombre.
–¡Cómo pude ser tan tonto! –exclamó–. ¡Cómo dejé pasar ese pequeño detalle! Es evidente que no lo sepas y, por su supuesto, tus padres no podían contarte nada por el voto de silencio –dedujo en voz alta–. Esto es tan irónico que llega a causar risa –señaló no pudiendo evitar llevar a la práctica sus palabras.
Su risa era falsa, exagerada, dañina, tóxica y perturbadora. No podía aguantar un segundo más aquella estridencia.
–¡Qué es lo gracioso! –demandé saber irritada.
–Que, siendo tú, no sepas la verdad –me indicó sin dejar de reír–. Tú –remarcó–, una de las personas que con mayor razón debería saber lo que está ocurriendo…
Negué con la cabeza, intentando aclarar mi mente.
–¡Pues qué es lo que está ocurriendo! –grité–. ¡Es cierto, tienes razón, no sé absolutamente nada! –aseguré por vigésima vez.
–¿Estás segura que quieres saber? –me preguntó con evidente malicia–. Pues, si no es así, podría cumplir de una vez lo que he venido a hacer y listo…
–¡No! –respondí decidida–. Yo quiero…
–¡¡No, Aurélie!! –el ruego desesperado de mi madre que no consigue detenerme.
–…saber la verdad… –confirmé.
–Toda decisión tiene su consecuencia –aseguró, acentuando aún más aquella retorcida maldad en sus ojos–. ¿Estás dispuesta a cargar con ella?
–No… –la exhalación acongojada de mi padre me pedía que recapacitara, pero…
–Sí, lo estoy –sellé el invisible contrato que había extendido aquel hombre.
Lo hice sin dudarlo, sin preguntar por las demás cláusulas, sin entender a cabalidad lo que podría suceder y sin detenerme a considerar las peticiones de mis padres. Pero es lo que debía hacer si, de una vez por todas, quería saber la verdad.
–Entonces… –empecé a hablar– explícame, por favor, qué es lo que está sucediendo –le pedí.
El hombre me miró fascinado, realmente encantado por contar con esta oportunidad que le había brindado. Percibí cómo se le hacía agua la boca por contarme lo que estaba sucediendo, pero, aun así, aguardó un par de minutos porque, sin lugar a dudas, mi desesperación era un manjar mucho más suculento para una mente como aquella.
–El ser humano ha sido castigado –me informó sonriente.
–¿Por qué? –fue lo primero que se me vino a la mente preguntar, incluso antes del ‘cómo’.
–Las razones sobran, las ha ido acumulando a lo largo de la historia, pero todo se puede resumir en tres palabras: ‘Egolatría’, al pensarse superior al resto de las especies o al sentirse mejor individualmente o colectivamente frente a los otros… ‘Avaricia’, deseando poseer todo aquello que les rodea, llegando a pensar que por esencia ya es suyo… y ‘Violencia’, entre ellos, entre países, entre religiones, contra los demás, contra las demás especies, contra la naturaleza… Ahora, ¿qué sucede si conjugas estos tres males? –me preguntó– ¿Puedes hacerte una idea, o no? –negué con la cabeza–. Guerra… –señaló como respuesta.
–Guerra… –repetí, intentando incorporar la palabra en mis pensamientos–. El “Preludio a la Última Guerra” –murmuré recordando de improviso el mapa de la clase de Historia.
–Veo que sabes algunas cosas –rio–. Lo que han llamado el “Preludio a la Última Guerra” fue la última manifestación de egolatría, avaricia y violencia que le fue permitida al ser humano antes de ser castigado.
–¿Y cuál fue el castigo? –mi ansiedad me hizo hablar, aunque ya podía adivinar la respuesta a mi pregunta.
Él dibujó la más amplia y abarcadora de sus sonrisas antes de apuntar con el índice de su diestra hacia arriba.
–Esa oscuridad sobre nosotros –develó–. El ser humano fue aislado para siempre de la luz natural, ese fue su castigo. ¿Por qué ese castigo? –se adelantó a mi pregunta–, no es nada extraño –me aseguró–, pues lo único que se ha hecho es proyectar el interior de su especie en el cielo. Como has podido ver, su corazón está lleno de oscuridad.
–¡Pero no el de todos! –repliqué con inocencia.
–Pero sí el de la gran mayoría –me informó sonriente–. ¿Cómo es que dice el refrán, ‘pagan justos por pecadores’? Pero todos deberían sentirse agradecidos –continuó–, pues se ha abolido para siempre la egolatría, la avaricia y la violencia intrínseca del ser humano. ¡Se ha salvado al planeta! –exclamó–. Se ha evitado que sean los gestores de su propia extinción. ¿Acaso crees que el mundo sería capaz de aguantar otro conflicto armado a escala mundial?
No hacía falta que le respondiera, pues eso era algo evidente, así que preferí continuar obteniendo información. Había tantas cosas que aún no comprendía.
–¿Pe… –tartamudee temerosa al pensar en qué clase de respuesta me daría a lo que estaba por preguntar–. ¿Pero… qui… quién sería capaz de llevar a… a cabo un castigo como ese…?
–La respuesta está llena de subjetivismos… –afirmó meditabundo.  
–¿Qué significa eso? –le presioné para que me dijera.
–Depende de la persona –convino–, para algunos puede ser el propio Caos, para otros Brama, también se puede pensar en Jehová, Alá o, simplemente, en Dios…
–Dios… –exclamé casi sin aliento–. ¿Dios? –reiteré sin terminar de convencerme.
Él disfrutó ver mi turbación. De improviso miró a mis padres para alimentarse del terror que los debía estar consumiendo.
–O pudo haber sido algo menos imponente y superior, como los ángeles –destacó esta última palabra–. Todo depende de lo que quieras creer.
–A… An… Ángeles… –balbucee–. Entonces tú…
–Ya te lo dije –adivinó mi pregunta–. Mi nombre es Gabriel… El arcángel Gabriel, si lo quieres poner en otros términos.
Lo quedé mirando estupefacta, sin poder creer que todo aquello de los ángeles fuera finalmente cierto. ¿Era algo demasiado descabellado, no? Es decir, ángeles bajando a la tierra para castigarnos a todos sin discriminar. Además, él, Gabriel, parecía alguien demasiado retorcido como para ser un ente de luz y bondad.
–Creo que ya te lo había dicho antes, maldad y bondad son cualidades subjetivas –lo quedé mirando, indudablemente había leído mis pensamientos–. Dependen de la moral individual o colectiva y de la ética imperante. Quizá lo que es considerado malo ahora, no lo haya sido en otra época.
–Si ese fuera el caso y realmente fuera algo subjetivo –me apropié de sus palabras–, ¿por qué nos castigan?
–No los castigamos porque sean buenos o malos, sino por lo que podrían llegar a hacer si la egolatría, la avaricia y la violencia continuaran reinando: La auto-aniquilación de su especie y la destrucción del planeta.
–¿Y por qué se preocupan por nosotros y no nos dejan morir simplemente? –la pregunta fue directa y colmada de toda mi confusión.
–Porque así ustedes lo han querido –señaló secamente.
–¿Qué significa eso?
–Creo que ya te lo hice saber –dijo con una extraña amabilidad–, la respuesta está en cada uno de ustedes –lo miré sin entender–. El interior de miles de millones de personas, la subjetividad del mundo entero proyectada en forma de súplica, una subjetividad que, tal como un eco, deriva en una iteración constante. Pero no reverbera, se hace cada vez más potente y generalizada, reflectándose en el cielo, en el infinito y volviendo a caer en la tierra como una respuesta a la petición de toda la humanidad –me miró atentamente–. Nosotros, los ángeles, al igual que aquella oscuridad en el cielo, somos una proyección de ustedes. Los hombres nos crearon, nos suplicaron que existiéramos, pues necesitaban que existiera algo en que creer, alguien en quién encomendarse, alguien que les hiciera ver que estaban equivocados, que los frenara y los castigara antes de que terminarán extinguiéndose por su propia mano. En eso nos convertimos.        
Aquella narración era más de lo que podía procesar. ¿Así que esta era la verdad que todo el mundo conocía y de la que evitaban hablar? ¿Estábamos siendo controlados por aquellos seres, los ángeles, que alegaban hacerlo por nuestro bien? ¿Era una invención nuestra? ¿Pero cómo?
–¡¿Cómo se supone que iba a saber todo esto?! –reclamé–. ¡¿En qué momento ocurrió que no me enteré?! –continué gritando–. Lo único que recuerdo fue despertar un día y ver el cielo completamente oscuro…
–Ocurrió hace casi dos años –señaló–, dos días después del bombardeo a Estados Unidos –precisó–. Y tú lo viviste, igual que todos los demás humanos.
–¡Pero yo no lo recuerdo! –volví a alegar.
–Claro que no lo recuerdas –ratificó– y tus padres no podían hacer nada para recordártelo.
Volteé la cabeza y los miré. Habían dejado de llorar, pero no se atrevían a levantar la cabeza del piso. Al parecer les daba vergüenza volver a mirarme a los ojos.
–E, irónicamente –continuó Gabriel–, tú deberías ser una de las que con más seguridad debería saber lo que ocurre.
Otra vez aquellas palabras, ¿qué quería decir con eso?
–No entiendo…
–Aurélie Bordot –pronunció mi nombre–, tú fuiste una de las humanas que fue ofrecida a nosotros, los ángeles, como ofrenda para rogar nuestro perdón. Tus padres te entregaron sin dudarlo –los sollozos se volvieron a sentir a mis espaldas– para yacer con nosotros.  
Alarmada, sentí cómo el color abandonaba mi rostro y mi cuerpo entero. Palidecí y todos mis movimientos se detuvieron. Aguanté la respiración sin siquiera desearlo, mi boca se mantuvo abierta en una pregunta que no pude llegar a formular.
Aquello no podía ser cierto.
–Pero fuiste reemplazada, ya que tuviste un accidente que te dejó en coma –me contó–. Incluso pudo haber sido un estado que tú misma te indujiste para escapar de la realidad –hipotetizó–, pues, al volver a despertar, al parecer, olvidaste todo aquello y te encontraste con el cielo completamente oscuro. Te encontraste en un mundo extraño, que no era el que conocías, sin luz, sin la radiante alegría que recordabas. Y, sin embargo, nadie podía explicarte lo que estaba sucediendo porque todos estaban atados por el voto de silencio.
Lo miré fijamente, solo escuchando lo que me tuviera que decir porque, por más que lo intentara, no lograba pronunciar ninguna palabra.
–Porque el castigo no solo se basó en sumir a los humanos en su propia oscuridad –siguió hablando–, sino que se les prohibió volver a levantar armas y se vedó la posibilidad de volver a referirse a la noche eterna y a nuestra existencia, teniendo su transgresión como consecuencia el verdadero fin de la existencia, el Apocalipsis. A través de este voto de silencio se espera que el hombre acepte esta nueva vida y que las futuras generaciones lo vean como el estado natural de las cosas.
–Y yo lo infringí tres veces… –logré murmurar–. Con Sarah, el profesor Bertrand y ahora…
–Exactamente –convino–, a pesar de que se te puso sobre aviso antes de la tercera.
–El foco que estalló y el temblor en el colegio –señalé–. Y tú  me lo volviste a recordar a través de esos sueños –lo apunté atando los últimos cabos sueltos.
Él me dedicó una sonrisa final como recompensa por mi logro.
De improviso me empecé a sentir mareada. A mi alrededor escuchaba frases de perdón entrecortadas que parecían provenir de mis padres. Mi visión comenzó a fallarme, tornándose todo borroso. Me refregué con insistencia los ojos en un vano esfuerzo por volver a enfocar. Gabriel, aquel hombre que asegurada ser un arcángel se convirtió en una mancha oscura frente a mí, lo único que sí alcanzaba a reconocer era su estridente risa que subía progresivamente de volumen. Todo aquello se transformó en un chirrido que retumbó agudamente en mis tímpanos, no pude evitar llevarme ambas manos a los oídos para intentar amortiguar el mareante sonido.
Cerré los ojos con todas las fuerzas que tenía, pero ya era demasiado tarde, millones de imágenes me atacaron a una velocidad vertiginosa. Lo único que me quedaba por hacer era tratar de apagar mi cerebro, pero era algo imposible, no podía pelear con mi memoria que se esforzaba por recuperar aquellos fragmentos olvidados de mi pasado. Aquellos recuerdos que me parecían tan ajenos poco a poco comenzaron a volverse familiares. Aquel pasaje que parecía perdido en mi vida se fue reestructurando por medio de aquellas imágenes, haciendo de puente entre lo que recordaba y lo que vivía actualmente.
El grito fue algo automático. Mi cabeza dolía con cada enlace que se formaba entre mis recuerdos. Era como si miles de agujas estuvieran perforando mi cerebro a la vez y toda mi red neuronal estuviera trabajando hasta no dar abasto. Grité una y otra vez hasta desgastar mis cuerdas vocales y quedarme sin voz.
Todo mi organismo se sentía afectado, mi pulso se aceleró, mi ritmo de respiración volvía a incrementarse, el sudor emanó por cada uno de mis poros, un constante hormigueo me aquejaba de pies a cabeza. No podía seguir aguantando, debía huir de aquel lugar, tomar aire y procesar toda aquella información que me atacaba a raudales.
Mis padres volvieron a suplicarme, pero no sentía deseos de volver a dirigirles la palabra, no por hoy, por lo menos. Me puse de pie y, pasando por el lado de Gabriel, corrí hacia la puerta principal de mi casa. Él no me detuvo, pero, antes de que pudiera salir, me recordó:
–Toda decisión tiene su consecuencia y tú ya has tomado la tuya –se volteó hacia mí, que aún me mantenía en el marco de la puerta, y me susurró:– También me conocen como el ángel de la muerte…      
Sin querer escuchar más tonterías, me lancé al exterior y empecé a correr por una de las calles sin un destino fijo.
“Consummatum est –fue el último eco que escuché a mis espaldas, pero no me detuve a pensar en lo que aquellas palabras podrían significar.




Y solo huí, aferrándome porfiadamente a la convicción de que todo aquello no podía ser posible y que el Apocalipsis no era más que ficción, una mentira inventada por el fervor religioso... Para mí siempre había sido así y no quería aceptar que esto realmente estuviera ocurriendo...    
Pero… aun así… aquellos dudosos recuerdos que invadían mi mente me decían todo lo contrario, confirmando que él era un arcángel y que estábamos viviendo el fin del mundo tal como lo conocíamos…




Días después, nuevamente frente a mi casa, comprendí aquellas consecuencias que el ángel de la muerte me había advertido. Pero ya era demasiado tarde…   



*    *    *    *    *


PRIMERA PARTE:
“Esa oscuridad en mis ojos…”


FIN

jueves, 12 de enero de 2012

Esa oscuridad sobre nosotros - XVI



XVI


Miro el calendario colgado en la pared para asegurarme. Sí, hoy es sábado, eso significa que llevo dos días encerrada en mi cuarto, sin salir. No, no es porque esté castigada, es por voluntad propia. Sí, así es, no he salido a ningún sitio, ni siquiera al colegio.
Simplemente no pude aguantar más. El clima de la sala de clases me asfixiaba. Todos continuando normalmente con sus vidas. ¿Acaso nadie se preguntaba qué había sucedido en realidad el lunes?, ¿o habían aceptado sin más que yo era la culpable? ¡Como si yo fuera capaz de hacer algo así! ¡Como si fuera algún espécimen raro que anda causando terremotos por la vida con solo desearlo! ¡Eso es completamente ilógico! Pero, al parecer, en un mundo al revés que ha aceptado las penumbras y acogido la locura, lo lógico parece ser irrazonable…
Y no es solo eso lo que no podía soportar…
Está bien, admito que no soy muy sociable y no suelo mantener muchas conversaciones. Pero una cosa es eso y otra muy diferente es que todo un colegio me ignore…
Buenos días, profesor… sin respuesta.
Buenos días, Joaquín… pasa de largo y se sienta.
Aurélie Bordot… pasa la lista la profesora. Me apresto a contestar, mas ni siquiera alcanza a salir una palabra de mi boca cuando escucho: Tomás Cáceres… ¿Me vio o me evitó?
Profesora, tengo una duda… me acerco a preguntar, pero me relega, atiende a todos los demás antes que yo y, cuando ya no queda ninguno, se pone de pie para supervisar banco por banco.
Quisiera pedir este libro… digo de la forma más educada, pero ni siquiera la bibliotecaria me toma en cuenta…
El día martes lo viví primero, cuando conocí a la nueva profesora de Historia. El miércoles fue lo máximo que pude aguantar. El jueves sonó la alarma, no le hice caso y la apagué para seguir durmiendo. El viernes simplemente ya no volvió a sonar, no había razón para levantarse…
¿Qué razón podría tener para seguir soportando un ambiente así? ¿En qué se diferenciaba aquello con encerrarme en mi pieza? En nada. En ambos casos estoy dentro de una burbuja. En la segunda de forma consciente, mientras que en la primera, inducida… obligada, marginada y olvidada…
Pero…
¡Además me frustra el que pueda hacerlo!
O el que me dejen hacerlo…
Dos días sin ir al colegio y no recibo ningún reproche. Es más, parece que incluso mis padres han aceptado que esto es lo mejor que puedo hacer…
Pero también por ellos me siento ignorada y olvidada. A pesar de que dejan fuera de mi puerta cada una de las comidas, eso es lo único que hacen… No van más allá…
¿Se siente mal, hija?… ni siquiera me han preguntado
¿Qué sucede?... ni siquiera les ha preocupado.
¿Pasó algo?... ni siquiera se han cuestionado.
¡Hasta cuándo vas a flojear!... me gustaría que me increparan.
¡Levántate y anda al colegio de una buena vez, que es lo único que te pedimos que hagas!... me gustaría que me recordaran.
¡Acaso crees que te pagamos el colegio por las puras!... me gustaría que, por último, egoístamente, me gritaran.
Y sí, nunca pensé que llegaría a desear esto, pero preferiría que mi encierro fuera por un castigo y no porque el mundo me ha olvidado.
¿Y qué puedo hacer si al mundo no le hago falta? ¿Cuál puede ser el motivo de que continúe caminando en él? Puede incluso que este no sea el verdadero mundo y ya deba despertar a la realidad de una buena vez, porque ya no hago falta en esta ensoñación –¿pero alguna vez alguien me necesitó?–. ¿Y cómo despertar en aquel verdadero mundo y desaparecer de este extraño e irreal? Dormir. Desaparecer a través de un sueño. Morir. Entregarse al sueño eterno… Morir… Sería la vía más rápida y efectiva para desaparecer…
¿Y si no existe realmente otro mundo y esta es la única realidad? ¿Qué sucederá conmigo si resulta que no estoy viviendo en un mal sueño? Me quitaría la vida… dejaría de existir… desaparecería… pero, ¿no he desaparecido ya? Me he vuelto invisible para el resto del mundo, he sido olvidada por todos, soy alguien prescindible para el resto de las vidas… entonces, ¿qué más da?


Suicidio


¡No! Soy demasiado cobarde para quitarme la vida y, a la vez, no tan cobarde como para dejar de luchar. Una paradoja… Una absurda paradoja que me hace recapacitar, salvándome la vida, la poca existencia que se empeña en sostener mi fuerza de voluntad.
No puedo desaparecer. No puedo entregarme así como así. No puedo perder contra quienquiera que esté detrás de este macabro juego. No, cuando soy la única que ha logrado abrir los ojos y se atreve a luchar. No, cuando soy la única que ha encontrado el nudo de su venda y se apresta a desamarrarla. No puedo echarme a morir, cuando soy quizá la única que puede salvarnos… Tan solo necesito hallar la verdad.
Con esfuerzo, me pongo de pie. Tengo las piernas tullidas y me tambaleo cuando intento caminar. Logro llegar hasta la puerta y, apoyándome en el asa, la abro. Recojo del suelo la bandeja con mi cena y la vuelvo a cerrar. Con mis piernas ya despiertas, me acerco al escritorio para comer. Está decidido, pienso mientras mastico la comida aún caliente. Mañana haré lo que he tratado de evitar, preguntarles directamente a ellos. Porque mañana es domingo, inevitablemente día de almuerzo en familia. Y aunque no me quieran hablar, les preguntaré. Y aunque me caiga un rayo o se parta el mundo por la mitad, haré que me digan la verdad. Ya basta de penumbras, ya basta de oscuridad.
      
¿Será que realmente me convertiré en una heroína?, pienso al mismo tiempo que pincho el último bocado con el tenedor.




Domingo, 14.30 hrs.
Me siento en la mesa, mi padre ya estaba allí. Solo nos dirigimos una mirada. Mi madre sirve el almuerzo. Lasaña de pollo en salsa blanca. Ninguna palabra. Se sienta y empiezan a comer. Nadie habla. Yo me quedo pensativa, observando la comida humeante que tengo frente a mí. Indudablemente es mi plato favorito, pero no tengo apetito. No ahora que trato buscar las palabras adecuadas para preguntar. Pero no las hallo y, lamentablemente, no puedo esperar más.
–Por… –titubeo. Aclaro mi garganta. Noto que ambos me miran–. ¿Por qué el cielo ha dejado de brillar? –formulo con tranquilidad. Los tenedores quedan a medio camino–. ¿Qué significa esa oscuridad sobe nosotros? –remato, mirándolos directamente. El servicio cae como en cámara lenta, revotando con estridencia en el plato–. ¿Qué ha sucedido con el mundo que debemos vivir bajo esta penumbra eterna? –termino de preguntar sin apartar la vista. No había cabida para el arrepentimiento, a pesar de notar tanto terror en sus ojos.
–Aurélie… –gimió mi madre con voz llorosa. Mi padre no dijo nada, pero fue suficiente con ver su rostro descompuesto y afligido.
Y mi premonición se hizo realidad…
Mientras continuaba sosteniendo la mirada sobre ellos, esperando una respuesta, la mesa empezó a tambalearse, primero quedamente, luego atronadoramente. Los platos tiritaban, desplazándose frenéticamente hasta caer de la mesa. Los vasos oscilaron hasta volcarse irremediablemente. El jugo y el vino se mezclaron y se dispersaron irregularmente, al son del movimiento irregular. A mis espaldas, el mueble-bar cedió ante el progresivo remezón, quebrándose botellas, copas y vasos. El líquido escurrió hasta llegar a mis pies, inundando toda la pieza con un fuerte olor a alcohol. Tuve que taparme los oídos cuando escuché la primera explosión. Una a una, las ampolletas que estaban encendidas empezaron a estallar, dejándonos a oscuras. La televisión comenzó a fallar y a echar peligrosamente chispas que atentaban con encender la alfombra o las cortinas. A su vez, estas últimas junto a las ventanas se agitaron ante una brisa invisible e inexistente, dejando entrar esporádicamente la luz del exterior. Era algo increíble, pero daba la impresión que solo en el cuarto que nos encontrábamos estuviera temblando. Hice lo posible por soportar el inevitable pánico que empezaba a crecer en mi pecho, pues debía mantenerme firme hasta obtener una respuesta ¡y la conseguiría aunque mi madre estuviera llorando a mares, al borde del colapso nervioso! Que el mundo se estuviera partiendo en dos era algo secundario…
Sorpresivamente la puerta principal se abrió de par en par, con tal violencia que el estruendo pareció acallar todos los demás sonidos. Y no solo eso, el caótico movimiento también cesó. Pero yo no dejaba de mirar a mi padre, que era el único que estaba en condiciones de contestarme. Al sentir el portazo, automáticamente giró la cabeza en dirección a la puerta. En ese momento no supe qué es lo que había visto, pero parecía ser algo demasiado impactante como para que palideciera y empezara a sudar de esa forma. Yo también me asusté y, por un instante, no me atreví a voltearme.
Uno… empecé a contar.
Dos… tragué saliva.
¡Tres!... grité sin pensarlo antes de girarme.
Entonces me encontré con aquellos ojos color miel que ya había descubierto mi padre. Yo lo conocía, indudablemente lo conocía. Aquel cabello revuelto y desaliñado no lo podía olvidar, menos aquel traje oscuro con que lo había visto por primera vez… ¿Traje oscuro?, pensé. Y en ese momento, mientras lo volvía a escrutar, todas las cosas empezaron a cobrar sentido. Mi mente, tal vez gracias al estrés del momento, había conseguido encajar cada una de las piezas y había descubierto que esta no era la segunda vez que lo veía, sino que la cuarta, porque realmente lo conocí a través de un sueño, mientras doblegaba a Sarah, y también lo vi en uno la tercera vez, cuando exhibió la cabeza sangrante de mi profesor… Era él… definitivamente era él…
–Ya es la tercera vez, niña –me dijo enigmáticamente con su voz aterciopelada. Y, a pesar de que no entendía a qué se refería, no me importó, porque no podía dejar de pensar en que la verdad había llegado hasta mí con alas de ángel.

martes, 3 de enero de 2012

Esa oscuridad sobre nosotros - XV



XV


No sé en qué momento regresé a casa, pero cuando volví a ser consciente de mí me hallé en mi habitación, entre las sábanas de la cama. El reloj marcaba las 8 de la noche, lo que indicaba que solo hace un poco más de siete horas había ocurrido aquella catástrofe. Aquello me parecía tan irreal, tan extraño, que hubiese estado dispuesta a apostar todo lo que –no– tenía a que se trataba de un mal sueño, una pesadilla.
Tanteé en mi velador, en busca del control remoto de la televisión. La encendí y puse el primer canal nacional que se me vino a la mente. Telenovelas, claro, aún faltaba una hora para que empezaran las noticias. Me enfundé lo más posible, hasta tapar el último de mis cabellos. Mantuve la pantalla encendida solo para no dormirme y perderme el reporte diario –la demás cháchara no me importaba, después de todo siempre era el mismo tema, con otros nombres tal vez y otros personajes, pero siempre era lo mismo–, después de todo, una calamidad como la hoy debía ser noticia, ¿no?

22.30 de la noche. Termina el reporte del tiempo y dan los comerciales previos a uno de los cuantos programas faranduleros sin sentido. Nada sobre el incidente en el colegio. Rápidamente me pongo de pie y voy a mi escritorio. Enciendo mi notebook, espero a que aparezca mi wallpaper de toda la vida y, luego, frenéticamente entro a la web en busca de aquella noticia olvidada en el canal que coloqué.
Diario tras diario, canal tras canal, radio tras radio. Nada. Absolutamente nada. Ni siquiera en el periódico local, ni en los blogs de aficionados al periodismo de la zona. En la página del colegio menos. Pareciera como si todo continuara como siempre, sin incidentes que lamentar. ¿Qué significaba esto? 
Cierro todas las ventanas que tenía abiertas y apago el computador. Mantengo la tapa levantada solo hasta cuando la imagen de fondo termina de desaparecer. Siempre me había gustado ese dibujo –aunque no cumpliera con la resolución de la pantalla y se vieran aquellas molestas franjas negras a los lados–, esa expresión me daba valor y fuerzas. Está bien, quizá solo se trataba de un dibujo, de una de las tantas heroínas inventadas por alguien, pero yo sentía que me invitaba a creer que yo también podía hacer algo por los demás, era solo cuestión de probarlo. Y eso es justamente lo que intento hacer ahora, ¿no? Porque en el fondo lo que ocurrió –si es que realmente pasó–, no fue mi culpa, no fue producto de mi egoísmo, debió ser otra cosa y yo debo averiguar qué es lo que está pasando para tratar de hacer algo, pues, al parecer, soy la única que extraña aquella vida luminosa.
Me vuelvo a meter en la cama. Me toco la frente para comprobar que no hay señales de fiebre. Entonces ahora sí que debo haberme vuelto loca. Yo creyéndome una heroína cuando ni siquiera fui capaz de cuidar en su momento a Sarah y que simplemente abandonó el colegio sin intentar averiguar el paradero del profesor Bertrand. Aunque tal vez sí llegue a necesitar un antifaz, pero no para luchar contra el crimen, sino que para ocultar mi desfachatez al pensar que realmente puedo hacer algo para cambiar las cosas…    
23.42 parpadea el reloj. No hay nada más que quiera o pueda hacer en estos momentos. Tendré que ver si consigo dormir.



Abro los ojos.
Las imágenes se presentan confusas. Me refriego los ojos para tratar de aclarar mi visión.
No. No soy yo, tampoco es mi visión, no veo borroso ni nada por el estilo, de eso dan fe mis ojos adoloridos de tanto frote. Lo que veo es lo que hay: Nada. Un espacio vacío, blanco, luminoso. ¿Habré muerto y este es el paraíso o es solo un recuerdo que idealiza y exagera mi visión del pasado?
Blanca luz, aparentemente natural, pues no proviene de ningún lado, pero está en todos a la vez. Blanquecina luz que no me ciega, solo me impresiona y maravilla.
Camino por el infinito lugar, descalza, con la misma ropa con que me acosté. ¿Cómo llegué aquí? ¿Dónde estoy? ¿Qué hora es? Espero poder encontrar a alguien que me explique…
Paso a paso. Segundo a segundo. Minuto a minuto. Caminando sin dirección segura.
Nada en el horizonte.
Paso a paso. Segundo a segundo. Minuto a minuto. Caminando sin saber a dónde llegaré.
Diviso algo.
¿Una mesa? Me acerco. Debe ser un espejismo.
¡No! ¡Es una mesa! ¡Una mesa en el medio de la nada! Me acerco más aún. Una mesa con los cubiertos puestos, listos para el banquete que se vaya a realizar. Dos puestos, vajilla de plata, una gran bandeja en el medio. Pero no hay nadie.
Me volteo en todas direcciones en busca de cualquiera de los comensales, pero no veo a nadie. Vuelvo a mirar hacia adelante, la mesa se ha movido ¿o soy yo la que se ha desplazado? Al otro lado de ella alcanzo a ver a un hombre, pero no a distinguir su rostro, aun así me parece conocido. Camino, corro, intento acercarme desesperadamente, pero la distancia no se acorta, sigue siendo la misma. Le hablo, le grito, lloro y le suplico, pero el parece no escucharme o simplemente me ignora.
Caigo de rodillas, cansada de correr en vano. Me siento agotada, pero no agitada ni sedienta. Me siento acalorada, pero no sudo. Mi corazón late normal, como si no hubiese realizado ningún ejercicio físico, ¿será cansancio mental? Aún en el suelo, miro a aquel hombre que continúa de pie, junto a la silla, detrás de la mesa. Oculta algo detrás de aquel traje oscuro que contrasta con el entorno. Hace una mueca, parece que me observa, parece que me sonríe. En un rápido movimiento revela aquello que oculta y con decisión lo emplaza en el centro de la mesa, sobre la bandeja…
Eso es…
No lo veo bien, pero…
¿Eso es…?
Parece ser…
Me pongo de pie y doy un paso para acercarme.
Sobresalto. Reacciono rápido, caigo hacia atrás, sentada. La mesa parece abalanzárseme, pero no se mueve, ha estado todo el tiempo al lado mío. Pero eso ahora no importa… Susto. Aquellos ojos sobre la mesa me observan fijamente, aterradoramente, sin pestañear, a punto de salir de sus cuencas. Miedo. Sigo los surcos de lágrimas secas que se pierden entre el bigote y barba desaliñados. Terror. El rictus permanece impasible, con aquel mismo gesto perturbador y suplicante. La boca abierta en un profundo y eterno grito inaudible. La saliva seca, blanquecina, cae y se pierde… Pavor. El cuello… El cuello sobre la plata… La sangre fluyendo grotescamente, sin control… Aquella misma sangre que resbala por sus lóbulos y mancha el inmaculado mantel que no logra contenerla. Pánico. El viscoso líquido escapa, huye de la cabeza sin vida, arrastrando sus anteojos rotos, desborda la mesa, salpica mi pijama y cae al piso, formando un charco carmesí a mis pies… Desesperación. Esa mirada perdida, insostenible, me acusa, me recrimina… “¡Es tu culpa! ¡Todo es tu culpa!” Me parece escuchar en un eco lejano, distante e inexistente. Delirio.


Lloro, no puedo aguantar las lágrimas. Pido perdón, pero mis palabras jamás llegarán a sus oídos, jamás lo alcanzarán, porque está muerto, degollado frente a mí y porque además una estruendosa carcajada me silencia, abandonándome en el medio de la nada, que ya no es luminosa, sino oscura, como el corazón de aquel hombre de traje que me mortifica…
–¡Perdóneme, profesor! –grito antes de despertar en mi cama, agitada, sedienta y bañada en sudor. Una pesadilla–. Una pesadilla –me repito en voz alta para terminar de creérmelo–. Debe ser porque me siento culpable –intento justificarme al recordar las palabras de aquel hombre en el colegio–. El señor Bertrand no puede estar… –abandono el pensamiento. Sacudo mi cabeza y trato de sacar aquella perturbadora imagen de mi cabeza, una imagen que me parecía tan vívida, tan real…
Me tranquilizo. Vuelvo a mirar la hora en el reloj, las 2.03 de la madrugada. Me cambio el pijama mojado. Voy al baño, debo hacer algo para apagar el calor de mi cuerpo y la sed. Vuelvo a acostarme, pero no consigo conciliar el sueño.
No dejo de pensar en aquel hombre de traje de la pesadilla, ¿lo conozco?, ¿lo había visto antes? Pienso, pienso y pienso. ¡Lo recuerdo! ¡El sueño con Sarah!, parecía ser el mismo que la doblegaba a sus pies. ¿Pero quién es?



6.45 de la mañana, suena el despertador. No pude volver a dormir. Tengo miedo, hoy me toca nuevamente Historia a las 8 en punto. 



El timbre sonó justo a la hora, pero yo había llegado con diez minutos de anticipación. Nuestra antigua sala ya no existe, han improvisado una en un viejo cuarto que ni siquiera conocía. Nadie parece comentar nada acerca del incidente… Bueno, por lo menos no escucho a nadie hablar cerca de mí… porque me ignoran y evitan. ¿Será que también me culpan por lo ocurrido?
La puerta de la sala se abre, el profesor entra… pero no es el profesor… es la profesora de Historia del otro curso. Nos podemos de pie, nos saluda, nadie se inquieta, la saludamos, volvemos a sentarnos, pasa la lista, todos respondemos, inicia la clase, nadie pregunta, parece que nadie quiere saber por qué está ella acá y dónde está nuestro profesor, todos actúan como si nada estuviera fuera de lugar. Ella hace preguntas sobre el contenido, sabe nuestros nombres, a pesar de que nunca nos había hecho clases antes. Levanto la mano, quiero saber qué está ocurriendo.



9.30 vuelve a sonar el timbre para salir a recreo. Yo continúo con la mano extendida, me ha ignorado todo el período, como todos los demás… Es como si yo hubiese dejado de existir…



¿Soy culpable de lo que está pasando?