martes, 3 de enero de 2012

Esa oscuridad sobre nosotros - XV



XV


No sé en qué momento regresé a casa, pero cuando volví a ser consciente de mí me hallé en mi habitación, entre las sábanas de la cama. El reloj marcaba las 8 de la noche, lo que indicaba que solo hace un poco más de siete horas había ocurrido aquella catástrofe. Aquello me parecía tan irreal, tan extraño, que hubiese estado dispuesta a apostar todo lo que –no– tenía a que se trataba de un mal sueño, una pesadilla.
Tanteé en mi velador, en busca del control remoto de la televisión. La encendí y puse el primer canal nacional que se me vino a la mente. Telenovelas, claro, aún faltaba una hora para que empezaran las noticias. Me enfundé lo más posible, hasta tapar el último de mis cabellos. Mantuve la pantalla encendida solo para no dormirme y perderme el reporte diario –la demás cháchara no me importaba, después de todo siempre era el mismo tema, con otros nombres tal vez y otros personajes, pero siempre era lo mismo–, después de todo, una calamidad como la hoy debía ser noticia, ¿no?

22.30 de la noche. Termina el reporte del tiempo y dan los comerciales previos a uno de los cuantos programas faranduleros sin sentido. Nada sobre el incidente en el colegio. Rápidamente me pongo de pie y voy a mi escritorio. Enciendo mi notebook, espero a que aparezca mi wallpaper de toda la vida y, luego, frenéticamente entro a la web en busca de aquella noticia olvidada en el canal que coloqué.
Diario tras diario, canal tras canal, radio tras radio. Nada. Absolutamente nada. Ni siquiera en el periódico local, ni en los blogs de aficionados al periodismo de la zona. En la página del colegio menos. Pareciera como si todo continuara como siempre, sin incidentes que lamentar. ¿Qué significaba esto? 
Cierro todas las ventanas que tenía abiertas y apago el computador. Mantengo la tapa levantada solo hasta cuando la imagen de fondo termina de desaparecer. Siempre me había gustado ese dibujo –aunque no cumpliera con la resolución de la pantalla y se vieran aquellas molestas franjas negras a los lados–, esa expresión me daba valor y fuerzas. Está bien, quizá solo se trataba de un dibujo, de una de las tantas heroínas inventadas por alguien, pero yo sentía que me invitaba a creer que yo también podía hacer algo por los demás, era solo cuestión de probarlo. Y eso es justamente lo que intento hacer ahora, ¿no? Porque en el fondo lo que ocurrió –si es que realmente pasó–, no fue mi culpa, no fue producto de mi egoísmo, debió ser otra cosa y yo debo averiguar qué es lo que está pasando para tratar de hacer algo, pues, al parecer, soy la única que extraña aquella vida luminosa.
Me vuelvo a meter en la cama. Me toco la frente para comprobar que no hay señales de fiebre. Entonces ahora sí que debo haberme vuelto loca. Yo creyéndome una heroína cuando ni siquiera fui capaz de cuidar en su momento a Sarah y que simplemente abandonó el colegio sin intentar averiguar el paradero del profesor Bertrand. Aunque tal vez sí llegue a necesitar un antifaz, pero no para luchar contra el crimen, sino que para ocultar mi desfachatez al pensar que realmente puedo hacer algo para cambiar las cosas…    
23.42 parpadea el reloj. No hay nada más que quiera o pueda hacer en estos momentos. Tendré que ver si consigo dormir.



Abro los ojos.
Las imágenes se presentan confusas. Me refriego los ojos para tratar de aclarar mi visión.
No. No soy yo, tampoco es mi visión, no veo borroso ni nada por el estilo, de eso dan fe mis ojos adoloridos de tanto frote. Lo que veo es lo que hay: Nada. Un espacio vacío, blanco, luminoso. ¿Habré muerto y este es el paraíso o es solo un recuerdo que idealiza y exagera mi visión del pasado?
Blanca luz, aparentemente natural, pues no proviene de ningún lado, pero está en todos a la vez. Blanquecina luz que no me ciega, solo me impresiona y maravilla.
Camino por el infinito lugar, descalza, con la misma ropa con que me acosté. ¿Cómo llegué aquí? ¿Dónde estoy? ¿Qué hora es? Espero poder encontrar a alguien que me explique…
Paso a paso. Segundo a segundo. Minuto a minuto. Caminando sin dirección segura.
Nada en el horizonte.
Paso a paso. Segundo a segundo. Minuto a minuto. Caminando sin saber a dónde llegaré.
Diviso algo.
¿Una mesa? Me acerco. Debe ser un espejismo.
¡No! ¡Es una mesa! ¡Una mesa en el medio de la nada! Me acerco más aún. Una mesa con los cubiertos puestos, listos para el banquete que se vaya a realizar. Dos puestos, vajilla de plata, una gran bandeja en el medio. Pero no hay nadie.
Me volteo en todas direcciones en busca de cualquiera de los comensales, pero no veo a nadie. Vuelvo a mirar hacia adelante, la mesa se ha movido ¿o soy yo la que se ha desplazado? Al otro lado de ella alcanzo a ver a un hombre, pero no a distinguir su rostro, aun así me parece conocido. Camino, corro, intento acercarme desesperadamente, pero la distancia no se acorta, sigue siendo la misma. Le hablo, le grito, lloro y le suplico, pero el parece no escucharme o simplemente me ignora.
Caigo de rodillas, cansada de correr en vano. Me siento agotada, pero no agitada ni sedienta. Me siento acalorada, pero no sudo. Mi corazón late normal, como si no hubiese realizado ningún ejercicio físico, ¿será cansancio mental? Aún en el suelo, miro a aquel hombre que continúa de pie, junto a la silla, detrás de la mesa. Oculta algo detrás de aquel traje oscuro que contrasta con el entorno. Hace una mueca, parece que me observa, parece que me sonríe. En un rápido movimiento revela aquello que oculta y con decisión lo emplaza en el centro de la mesa, sobre la bandeja…
Eso es…
No lo veo bien, pero…
¿Eso es…?
Parece ser…
Me pongo de pie y doy un paso para acercarme.
Sobresalto. Reacciono rápido, caigo hacia atrás, sentada. La mesa parece abalanzárseme, pero no se mueve, ha estado todo el tiempo al lado mío. Pero eso ahora no importa… Susto. Aquellos ojos sobre la mesa me observan fijamente, aterradoramente, sin pestañear, a punto de salir de sus cuencas. Miedo. Sigo los surcos de lágrimas secas que se pierden entre el bigote y barba desaliñados. Terror. El rictus permanece impasible, con aquel mismo gesto perturbador y suplicante. La boca abierta en un profundo y eterno grito inaudible. La saliva seca, blanquecina, cae y se pierde… Pavor. El cuello… El cuello sobre la plata… La sangre fluyendo grotescamente, sin control… Aquella misma sangre que resbala por sus lóbulos y mancha el inmaculado mantel que no logra contenerla. Pánico. El viscoso líquido escapa, huye de la cabeza sin vida, arrastrando sus anteojos rotos, desborda la mesa, salpica mi pijama y cae al piso, formando un charco carmesí a mis pies… Desesperación. Esa mirada perdida, insostenible, me acusa, me recrimina… “¡Es tu culpa! ¡Todo es tu culpa!” Me parece escuchar en un eco lejano, distante e inexistente. Delirio.


Lloro, no puedo aguantar las lágrimas. Pido perdón, pero mis palabras jamás llegarán a sus oídos, jamás lo alcanzarán, porque está muerto, degollado frente a mí y porque además una estruendosa carcajada me silencia, abandonándome en el medio de la nada, que ya no es luminosa, sino oscura, como el corazón de aquel hombre de traje que me mortifica…
–¡Perdóneme, profesor! –grito antes de despertar en mi cama, agitada, sedienta y bañada en sudor. Una pesadilla–. Una pesadilla –me repito en voz alta para terminar de creérmelo–. Debe ser porque me siento culpable –intento justificarme al recordar las palabras de aquel hombre en el colegio–. El señor Bertrand no puede estar… –abandono el pensamiento. Sacudo mi cabeza y trato de sacar aquella perturbadora imagen de mi cabeza, una imagen que me parecía tan vívida, tan real…
Me tranquilizo. Vuelvo a mirar la hora en el reloj, las 2.03 de la madrugada. Me cambio el pijama mojado. Voy al baño, debo hacer algo para apagar el calor de mi cuerpo y la sed. Vuelvo a acostarme, pero no consigo conciliar el sueño.
No dejo de pensar en aquel hombre de traje de la pesadilla, ¿lo conozco?, ¿lo había visto antes? Pienso, pienso y pienso. ¡Lo recuerdo! ¡El sueño con Sarah!, parecía ser el mismo que la doblegaba a sus pies. ¿Pero quién es?



6.45 de la mañana, suena el despertador. No pude volver a dormir. Tengo miedo, hoy me toca nuevamente Historia a las 8 en punto. 



El timbre sonó justo a la hora, pero yo había llegado con diez minutos de anticipación. Nuestra antigua sala ya no existe, han improvisado una en un viejo cuarto que ni siquiera conocía. Nadie parece comentar nada acerca del incidente… Bueno, por lo menos no escucho a nadie hablar cerca de mí… porque me ignoran y evitan. ¿Será que también me culpan por lo ocurrido?
La puerta de la sala se abre, el profesor entra… pero no es el profesor… es la profesora de Historia del otro curso. Nos podemos de pie, nos saluda, nadie se inquieta, la saludamos, volvemos a sentarnos, pasa la lista, todos respondemos, inicia la clase, nadie pregunta, parece que nadie quiere saber por qué está ella acá y dónde está nuestro profesor, todos actúan como si nada estuviera fuera de lugar. Ella hace preguntas sobre el contenido, sabe nuestros nombres, a pesar de que nunca nos había hecho clases antes. Levanto la mano, quiero saber qué está ocurriendo.



9.30 vuelve a sonar el timbre para salir a recreo. Yo continúo con la mano extendida, me ha ignorado todo el período, como todos los demás… Es como si yo hubiese dejado de existir…



¿Soy culpable de lo que está pasando? 

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