jueves, 12 de enero de 2012

Esa oscuridad sobre nosotros - XVI



XVI


Miro el calendario colgado en la pared para asegurarme. Sí, hoy es sábado, eso significa que llevo dos días encerrada en mi cuarto, sin salir. No, no es porque esté castigada, es por voluntad propia. Sí, así es, no he salido a ningún sitio, ni siquiera al colegio.
Simplemente no pude aguantar más. El clima de la sala de clases me asfixiaba. Todos continuando normalmente con sus vidas. ¿Acaso nadie se preguntaba qué había sucedido en realidad el lunes?, ¿o habían aceptado sin más que yo era la culpable? ¡Como si yo fuera capaz de hacer algo así! ¡Como si fuera algún espécimen raro que anda causando terremotos por la vida con solo desearlo! ¡Eso es completamente ilógico! Pero, al parecer, en un mundo al revés que ha aceptado las penumbras y acogido la locura, lo lógico parece ser irrazonable…
Y no es solo eso lo que no podía soportar…
Está bien, admito que no soy muy sociable y no suelo mantener muchas conversaciones. Pero una cosa es eso y otra muy diferente es que todo un colegio me ignore…
Buenos días, profesor… sin respuesta.
Buenos días, Joaquín… pasa de largo y se sienta.
Aurélie Bordot… pasa la lista la profesora. Me apresto a contestar, mas ni siquiera alcanza a salir una palabra de mi boca cuando escucho: Tomás Cáceres… ¿Me vio o me evitó?
Profesora, tengo una duda… me acerco a preguntar, pero me relega, atiende a todos los demás antes que yo y, cuando ya no queda ninguno, se pone de pie para supervisar banco por banco.
Quisiera pedir este libro… digo de la forma más educada, pero ni siquiera la bibliotecaria me toma en cuenta…
El día martes lo viví primero, cuando conocí a la nueva profesora de Historia. El miércoles fue lo máximo que pude aguantar. El jueves sonó la alarma, no le hice caso y la apagué para seguir durmiendo. El viernes simplemente ya no volvió a sonar, no había razón para levantarse…
¿Qué razón podría tener para seguir soportando un ambiente así? ¿En qué se diferenciaba aquello con encerrarme en mi pieza? En nada. En ambos casos estoy dentro de una burbuja. En la segunda de forma consciente, mientras que en la primera, inducida… obligada, marginada y olvidada…
Pero…
¡Además me frustra el que pueda hacerlo!
O el que me dejen hacerlo…
Dos días sin ir al colegio y no recibo ningún reproche. Es más, parece que incluso mis padres han aceptado que esto es lo mejor que puedo hacer…
Pero también por ellos me siento ignorada y olvidada. A pesar de que dejan fuera de mi puerta cada una de las comidas, eso es lo único que hacen… No van más allá…
¿Se siente mal, hija?… ni siquiera me han preguntado
¿Qué sucede?... ni siquiera les ha preocupado.
¿Pasó algo?... ni siquiera se han cuestionado.
¡Hasta cuándo vas a flojear!... me gustaría que me increparan.
¡Levántate y anda al colegio de una buena vez, que es lo único que te pedimos que hagas!... me gustaría que me recordaran.
¡Acaso crees que te pagamos el colegio por las puras!... me gustaría que, por último, egoístamente, me gritaran.
Y sí, nunca pensé que llegaría a desear esto, pero preferiría que mi encierro fuera por un castigo y no porque el mundo me ha olvidado.
¿Y qué puedo hacer si al mundo no le hago falta? ¿Cuál puede ser el motivo de que continúe caminando en él? Puede incluso que este no sea el verdadero mundo y ya deba despertar a la realidad de una buena vez, porque ya no hago falta en esta ensoñación –¿pero alguna vez alguien me necesitó?–. ¿Y cómo despertar en aquel verdadero mundo y desaparecer de este extraño e irreal? Dormir. Desaparecer a través de un sueño. Morir. Entregarse al sueño eterno… Morir… Sería la vía más rápida y efectiva para desaparecer…
¿Y si no existe realmente otro mundo y esta es la única realidad? ¿Qué sucederá conmigo si resulta que no estoy viviendo en un mal sueño? Me quitaría la vida… dejaría de existir… desaparecería… pero, ¿no he desaparecido ya? Me he vuelto invisible para el resto del mundo, he sido olvidada por todos, soy alguien prescindible para el resto de las vidas… entonces, ¿qué más da?


Suicidio


¡No! Soy demasiado cobarde para quitarme la vida y, a la vez, no tan cobarde como para dejar de luchar. Una paradoja… Una absurda paradoja que me hace recapacitar, salvándome la vida, la poca existencia que se empeña en sostener mi fuerza de voluntad.
No puedo desaparecer. No puedo entregarme así como así. No puedo perder contra quienquiera que esté detrás de este macabro juego. No, cuando soy la única que ha logrado abrir los ojos y se atreve a luchar. No, cuando soy la única que ha encontrado el nudo de su venda y se apresta a desamarrarla. No puedo echarme a morir, cuando soy quizá la única que puede salvarnos… Tan solo necesito hallar la verdad.
Con esfuerzo, me pongo de pie. Tengo las piernas tullidas y me tambaleo cuando intento caminar. Logro llegar hasta la puerta y, apoyándome en el asa, la abro. Recojo del suelo la bandeja con mi cena y la vuelvo a cerrar. Con mis piernas ya despiertas, me acerco al escritorio para comer. Está decidido, pienso mientras mastico la comida aún caliente. Mañana haré lo que he tratado de evitar, preguntarles directamente a ellos. Porque mañana es domingo, inevitablemente día de almuerzo en familia. Y aunque no me quieran hablar, les preguntaré. Y aunque me caiga un rayo o se parta el mundo por la mitad, haré que me digan la verdad. Ya basta de penumbras, ya basta de oscuridad.
      
¿Será que realmente me convertiré en una heroína?, pienso al mismo tiempo que pincho el último bocado con el tenedor.




Domingo, 14.30 hrs.
Me siento en la mesa, mi padre ya estaba allí. Solo nos dirigimos una mirada. Mi madre sirve el almuerzo. Lasaña de pollo en salsa blanca. Ninguna palabra. Se sienta y empiezan a comer. Nadie habla. Yo me quedo pensativa, observando la comida humeante que tengo frente a mí. Indudablemente es mi plato favorito, pero no tengo apetito. No ahora que trato buscar las palabras adecuadas para preguntar. Pero no las hallo y, lamentablemente, no puedo esperar más.
–Por… –titubeo. Aclaro mi garganta. Noto que ambos me miran–. ¿Por qué el cielo ha dejado de brillar? –formulo con tranquilidad. Los tenedores quedan a medio camino–. ¿Qué significa esa oscuridad sobe nosotros? –remato, mirándolos directamente. El servicio cae como en cámara lenta, revotando con estridencia en el plato–. ¿Qué ha sucedido con el mundo que debemos vivir bajo esta penumbra eterna? –termino de preguntar sin apartar la vista. No había cabida para el arrepentimiento, a pesar de notar tanto terror en sus ojos.
–Aurélie… –gimió mi madre con voz llorosa. Mi padre no dijo nada, pero fue suficiente con ver su rostro descompuesto y afligido.
Y mi premonición se hizo realidad…
Mientras continuaba sosteniendo la mirada sobre ellos, esperando una respuesta, la mesa empezó a tambalearse, primero quedamente, luego atronadoramente. Los platos tiritaban, desplazándose frenéticamente hasta caer de la mesa. Los vasos oscilaron hasta volcarse irremediablemente. El jugo y el vino se mezclaron y se dispersaron irregularmente, al son del movimiento irregular. A mis espaldas, el mueble-bar cedió ante el progresivo remezón, quebrándose botellas, copas y vasos. El líquido escurrió hasta llegar a mis pies, inundando toda la pieza con un fuerte olor a alcohol. Tuve que taparme los oídos cuando escuché la primera explosión. Una a una, las ampolletas que estaban encendidas empezaron a estallar, dejándonos a oscuras. La televisión comenzó a fallar y a echar peligrosamente chispas que atentaban con encender la alfombra o las cortinas. A su vez, estas últimas junto a las ventanas se agitaron ante una brisa invisible e inexistente, dejando entrar esporádicamente la luz del exterior. Era algo increíble, pero daba la impresión que solo en el cuarto que nos encontrábamos estuviera temblando. Hice lo posible por soportar el inevitable pánico que empezaba a crecer en mi pecho, pues debía mantenerme firme hasta obtener una respuesta ¡y la conseguiría aunque mi madre estuviera llorando a mares, al borde del colapso nervioso! Que el mundo se estuviera partiendo en dos era algo secundario…
Sorpresivamente la puerta principal se abrió de par en par, con tal violencia que el estruendo pareció acallar todos los demás sonidos. Y no solo eso, el caótico movimiento también cesó. Pero yo no dejaba de mirar a mi padre, que era el único que estaba en condiciones de contestarme. Al sentir el portazo, automáticamente giró la cabeza en dirección a la puerta. En ese momento no supe qué es lo que había visto, pero parecía ser algo demasiado impactante como para que palideciera y empezara a sudar de esa forma. Yo también me asusté y, por un instante, no me atreví a voltearme.
Uno… empecé a contar.
Dos… tragué saliva.
¡Tres!... grité sin pensarlo antes de girarme.
Entonces me encontré con aquellos ojos color miel que ya había descubierto mi padre. Yo lo conocía, indudablemente lo conocía. Aquel cabello revuelto y desaliñado no lo podía olvidar, menos aquel traje oscuro con que lo había visto por primera vez… ¿Traje oscuro?, pensé. Y en ese momento, mientras lo volvía a escrutar, todas las cosas empezaron a cobrar sentido. Mi mente, tal vez gracias al estrés del momento, había conseguido encajar cada una de las piezas y había descubierto que esta no era la segunda vez que lo veía, sino que la cuarta, porque realmente lo conocí a través de un sueño, mientras doblegaba a Sarah, y también lo vi en uno la tercera vez, cuando exhibió la cabeza sangrante de mi profesor… Era él… definitivamente era él…
–Ya es la tercera vez, niña –me dijo enigmáticamente con su voz aterciopelada. Y, a pesar de que no entendía a qué se refería, no me importó, porque no podía dejar de pensar en que la verdad había llegado hasta mí con alas de ángel.

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