domingo, 22 de enero de 2012

Esa oscuridad sobre nosotros - XVII



XVII



–Ya es la tercera vez… –me repitió él con tono de reproche.
Gabriel se llamaba, si mal no recordaba. Pero simplemente no podía llamarlo así, no era alguien de quien podía jactarme de conocer. A mis ojos continuaba siendo un desconocido… Un peligroso desconocido…
–No… no entiendo… –pregunté turbada, con una voz delicada, casi inaudible. Me sentía intimidada.
–¿Así que no lo sabes? –exclamó con tono burlón. Evidentemente pensaba que yo le estaba tomando el pelo.
Su mirada era demasiado penetrante, inquietante, insoportable, no podía seguir manteniéndola, aunque me estuviera hablando, me sentía ahogada…
Giré la cabeza en busca de mis padres, no los encontré donde los había dejado hace unos minutos. Estaban justo al lado de la mesa, a mi izquierda, en el piso, acuclillados, con el torso hacia adelante, sosteniéndose en sus puños temblorosos. No podía verles el rostro, pero alcanzaba a ver las tímidas lágrimas que caían al piso. Se sentían humillados y, a la vez, ellos mismos se humillaban a través de esa sumisa reverencia. Tenían miedo y eso les hacía estremecerse.
Respira profundo.
–¡Perdónela! –gritaron casi al unísono con voz jadeante–. ¡Ella no sabía lo que hacía!
Sigue respirando profundo.
–“Pater, dimitte illis, quia nesciunt, quid faciunt” –recitó el aludido en una lengua ajena a mí. Pero parecían palabras que él había aprendido de memoria y ahora solo las recitaba–. Sí, creo que he oído esas palabras antes… –reconoció–. Alegan perdón por ignorancia…
No pierdas el control.
–A… así es… –tartamudeó mi padre con cierto alivio, pensando que todo se solucionaría–. Ella no lo sa…
–¡¡Silencio!! –le interrumpió el hombre–. ¿Acaso creen que eso es suficiente? ¡Ustedes conocen las reglas! ¡Todos conocen las reglas! –gritó autoritariamente, obligándoles a mirar nuevamente al piso.
No lo pier…
¡Imposible! Mi pecho enloquece, mis pulmones se hinchan y retraen sin control y a un ritmo que mi respiración no puede controlar. Ya no inhalo ni exhalo, jadeo vertiginosamente, sin poder detenerme. El aire entra, pero no llega, no me oxigena, siento que a cada soplido pierdo un poco más de mi aliento. Es asfixiante, desesperante, ya no me puedo controlar. Todo esto me ha superado y ya me empieza a desbordar. Tengo algo atragantado… Tiene que salir… sino…
Me tapo los oídos.
–¡¡¡¡BASTA!!!! –grito frenéticamente, vaciando por completo mi interior. El silencio me sucede. Tardo un par de segundos, pero mi respiración vuelve a la normalidad.
Supongo que a nadie le gusta ver a sus padres sometidos hasta el nivel de la humillación y, a la vez, supongo que a ningún padre le gustaría que sus hijos los vieran en esta condición. Aquello ya me había empezado a sobreexcitar…
Que tus padres se rebajen por ti para pedir tu perdón, es otra cosa, es algo mucho más perturbador que te afecta más profundamente, porque, primero, asumen la culpa por ti y, segundo, no sabes qué hiciste mal y, por ende, por qué debes pedir perdón. ¿Qué es lo que hice mal? La taquicardia me había empezado a atacar…
Y que incluso tus padres te dejen fuera de una conversación, suplicando a un desconocido por algo que desconoces, pero que todo el mundo sí parece saber, ya simplemente me había superado. La frustración me hiperventilaba…
No podía dejar que esto continuara así…
–¡¿Qué es lo que he hecho?! –grité al aire, preguntando, en una primera instancia, sin esperar respuesta, para luego repetir suplicante observando hacia ambos flancos:– Por favor, ¡díganme qué he hecho!
–No… –alcanzó a soltar mi madre, antes que la voz a mi derecha la interrumpiera:
–¿Estás segura que no sabes lo que has hecho?
–No –respondí con seguridad, extinguiendo las lánguidas palabras de mi padre que intentaba intervenir.
–Fueron dos las señales que se te dieron –me indicó– y que, sin embargo, decidiste ignorar, hasta que lo hiciste por tercera vez –me recordó.
–¡Basta de misterios! –dije con desesperación–. ¡¿Qué es lo que hice?!
El desconocido miró de reojo a mis padres antes de contestar, era evidente que se sintiera consternado con mi aparente inocencia.
–Romper el voto de silencio –sentenció–. Ya lo has hecho tres veces.
–¿Voto de silencio? –repetí confundida. ¿Qué era eso?
–¡Por favor! –escuché nuevamente la voz suplicante de mi padre a mis espaldas–. ¡Ella no sabe nada!
–¡Cómo no lo va a saber –replicaba furibundo–, si por su edad…! –fue disminuyendo el volumen de su voz, como si algo estuviese deteniendo su alegato–. ¡Oh, claro! –pareció recordar–. Aurélie Bordot…
–Sí… –respondí casi por reflejo al oír mi nombre.
–¡Cómo pude ser tan tonto! –exclamó–. ¡Cómo dejé pasar ese pequeño detalle! Es evidente que no lo sepas y, por su supuesto, tus padres no podían contarte nada por el voto de silencio –dedujo en voz alta–. Esto es tan irónico que llega a causar risa –señaló no pudiendo evitar llevar a la práctica sus palabras.
Su risa era falsa, exagerada, dañina, tóxica y perturbadora. No podía aguantar un segundo más aquella estridencia.
–¡Qué es lo gracioso! –demandé saber irritada.
–Que, siendo tú, no sepas la verdad –me indicó sin dejar de reír–. Tú –remarcó–, una de las personas que con mayor razón debería saber lo que está ocurriendo…
Negué con la cabeza, intentando aclarar mi mente.
–¡Pues qué es lo que está ocurriendo! –grité–. ¡Es cierto, tienes razón, no sé absolutamente nada! –aseguré por vigésima vez.
–¿Estás segura que quieres saber? –me preguntó con evidente malicia–. Pues, si no es así, podría cumplir de una vez lo que he venido a hacer y listo…
–¡No! –respondí decidida–. Yo quiero…
–¡¡No, Aurélie!! –el ruego desesperado de mi madre que no consigue detenerme.
–…saber la verdad… –confirmé.
–Toda decisión tiene su consecuencia –aseguró, acentuando aún más aquella retorcida maldad en sus ojos–. ¿Estás dispuesta a cargar con ella?
–No… –la exhalación acongojada de mi padre me pedía que recapacitara, pero…
–Sí, lo estoy –sellé el invisible contrato que había extendido aquel hombre.
Lo hice sin dudarlo, sin preguntar por las demás cláusulas, sin entender a cabalidad lo que podría suceder y sin detenerme a considerar las peticiones de mis padres. Pero es lo que debía hacer si, de una vez por todas, quería saber la verdad.
–Entonces… –empecé a hablar– explícame, por favor, qué es lo que está sucediendo –le pedí.
El hombre me miró fascinado, realmente encantado por contar con esta oportunidad que le había brindado. Percibí cómo se le hacía agua la boca por contarme lo que estaba sucediendo, pero, aun así, aguardó un par de minutos porque, sin lugar a dudas, mi desesperación era un manjar mucho más suculento para una mente como aquella.
–El ser humano ha sido castigado –me informó sonriente.
–¿Por qué? –fue lo primero que se me vino a la mente preguntar, incluso antes del ‘cómo’.
–Las razones sobran, las ha ido acumulando a lo largo de la historia, pero todo se puede resumir en tres palabras: ‘Egolatría’, al pensarse superior al resto de las especies o al sentirse mejor individualmente o colectivamente frente a los otros… ‘Avaricia’, deseando poseer todo aquello que les rodea, llegando a pensar que por esencia ya es suyo… y ‘Violencia’, entre ellos, entre países, entre religiones, contra los demás, contra las demás especies, contra la naturaleza… Ahora, ¿qué sucede si conjugas estos tres males? –me preguntó– ¿Puedes hacerte una idea, o no? –negué con la cabeza–. Guerra… –señaló como respuesta.
–Guerra… –repetí, intentando incorporar la palabra en mis pensamientos–. El “Preludio a la Última Guerra” –murmuré recordando de improviso el mapa de la clase de Historia.
–Veo que sabes algunas cosas –rio–. Lo que han llamado el “Preludio a la Última Guerra” fue la última manifestación de egolatría, avaricia y violencia que le fue permitida al ser humano antes de ser castigado.
–¿Y cuál fue el castigo? –mi ansiedad me hizo hablar, aunque ya podía adivinar la respuesta a mi pregunta.
Él dibujó la más amplia y abarcadora de sus sonrisas antes de apuntar con el índice de su diestra hacia arriba.
–Esa oscuridad sobre nosotros –develó–. El ser humano fue aislado para siempre de la luz natural, ese fue su castigo. ¿Por qué ese castigo? –se adelantó a mi pregunta–, no es nada extraño –me aseguró–, pues lo único que se ha hecho es proyectar el interior de su especie en el cielo. Como has podido ver, su corazón está lleno de oscuridad.
–¡Pero no el de todos! –repliqué con inocencia.
–Pero sí el de la gran mayoría –me informó sonriente–. ¿Cómo es que dice el refrán, ‘pagan justos por pecadores’? Pero todos deberían sentirse agradecidos –continuó–, pues se ha abolido para siempre la egolatría, la avaricia y la violencia intrínseca del ser humano. ¡Se ha salvado al planeta! –exclamó–. Se ha evitado que sean los gestores de su propia extinción. ¿Acaso crees que el mundo sería capaz de aguantar otro conflicto armado a escala mundial?
No hacía falta que le respondiera, pues eso era algo evidente, así que preferí continuar obteniendo información. Había tantas cosas que aún no comprendía.
–¿Pe… –tartamudee temerosa al pensar en qué clase de respuesta me daría a lo que estaba por preguntar–. ¿Pero… qui… quién sería capaz de llevar a… a cabo un castigo como ese…?
–La respuesta está llena de subjetivismos… –afirmó meditabundo.  
–¿Qué significa eso? –le presioné para que me dijera.
–Depende de la persona –convino–, para algunos puede ser el propio Caos, para otros Brama, también se puede pensar en Jehová, Alá o, simplemente, en Dios…
–Dios… –exclamé casi sin aliento–. ¿Dios? –reiteré sin terminar de convencerme.
Él disfrutó ver mi turbación. De improviso miró a mis padres para alimentarse del terror que los debía estar consumiendo.
–O pudo haber sido algo menos imponente y superior, como los ángeles –destacó esta última palabra–. Todo depende de lo que quieras creer.
–A… An… Ángeles… –balbucee–. Entonces tú…
–Ya te lo dije –adivinó mi pregunta–. Mi nombre es Gabriel… El arcángel Gabriel, si lo quieres poner en otros términos.
Lo quedé mirando estupefacta, sin poder creer que todo aquello de los ángeles fuera finalmente cierto. ¿Era algo demasiado descabellado, no? Es decir, ángeles bajando a la tierra para castigarnos a todos sin discriminar. Además, él, Gabriel, parecía alguien demasiado retorcido como para ser un ente de luz y bondad.
–Creo que ya te lo había dicho antes, maldad y bondad son cualidades subjetivas –lo quedé mirando, indudablemente había leído mis pensamientos–. Dependen de la moral individual o colectiva y de la ética imperante. Quizá lo que es considerado malo ahora, no lo haya sido en otra época.
–Si ese fuera el caso y realmente fuera algo subjetivo –me apropié de sus palabras–, ¿por qué nos castigan?
–No los castigamos porque sean buenos o malos, sino por lo que podrían llegar a hacer si la egolatría, la avaricia y la violencia continuaran reinando: La auto-aniquilación de su especie y la destrucción del planeta.
–¿Y por qué se preocupan por nosotros y no nos dejan morir simplemente? –la pregunta fue directa y colmada de toda mi confusión.
–Porque así ustedes lo han querido –señaló secamente.
–¿Qué significa eso?
–Creo que ya te lo hice saber –dijo con una extraña amabilidad–, la respuesta está en cada uno de ustedes –lo miré sin entender–. El interior de miles de millones de personas, la subjetividad del mundo entero proyectada en forma de súplica, una subjetividad que, tal como un eco, deriva en una iteración constante. Pero no reverbera, se hace cada vez más potente y generalizada, reflectándose en el cielo, en el infinito y volviendo a caer en la tierra como una respuesta a la petición de toda la humanidad –me miró atentamente–. Nosotros, los ángeles, al igual que aquella oscuridad en el cielo, somos una proyección de ustedes. Los hombres nos crearon, nos suplicaron que existiéramos, pues necesitaban que existiera algo en que creer, alguien en quién encomendarse, alguien que les hiciera ver que estaban equivocados, que los frenara y los castigara antes de que terminarán extinguiéndose por su propia mano. En eso nos convertimos.        
Aquella narración era más de lo que podía procesar. ¿Así que esta era la verdad que todo el mundo conocía y de la que evitaban hablar? ¿Estábamos siendo controlados por aquellos seres, los ángeles, que alegaban hacerlo por nuestro bien? ¿Era una invención nuestra? ¿Pero cómo?
–¡¿Cómo se supone que iba a saber todo esto?! –reclamé–. ¡¿En qué momento ocurrió que no me enteré?! –continué gritando–. Lo único que recuerdo fue despertar un día y ver el cielo completamente oscuro…
–Ocurrió hace casi dos años –señaló–, dos días después del bombardeo a Estados Unidos –precisó–. Y tú lo viviste, igual que todos los demás humanos.
–¡Pero yo no lo recuerdo! –volví a alegar.
–Claro que no lo recuerdas –ratificó– y tus padres no podían hacer nada para recordártelo.
Volteé la cabeza y los miré. Habían dejado de llorar, pero no se atrevían a levantar la cabeza del piso. Al parecer les daba vergüenza volver a mirarme a los ojos.
–E, irónicamente –continuó Gabriel–, tú deberías ser una de las que con más seguridad debería saber lo que ocurre.
Otra vez aquellas palabras, ¿qué quería decir con eso?
–No entiendo…
–Aurélie Bordot –pronunció mi nombre–, tú fuiste una de las humanas que fue ofrecida a nosotros, los ángeles, como ofrenda para rogar nuestro perdón. Tus padres te entregaron sin dudarlo –los sollozos se volvieron a sentir a mis espaldas– para yacer con nosotros.  
Alarmada, sentí cómo el color abandonaba mi rostro y mi cuerpo entero. Palidecí y todos mis movimientos se detuvieron. Aguanté la respiración sin siquiera desearlo, mi boca se mantuvo abierta en una pregunta que no pude llegar a formular.
Aquello no podía ser cierto.
–Pero fuiste reemplazada, ya que tuviste un accidente que te dejó en coma –me contó–. Incluso pudo haber sido un estado que tú misma te indujiste para escapar de la realidad –hipotetizó–, pues, al volver a despertar, al parecer, olvidaste todo aquello y te encontraste con el cielo completamente oscuro. Te encontraste en un mundo extraño, que no era el que conocías, sin luz, sin la radiante alegría que recordabas. Y, sin embargo, nadie podía explicarte lo que estaba sucediendo porque todos estaban atados por el voto de silencio.
Lo miré fijamente, solo escuchando lo que me tuviera que decir porque, por más que lo intentara, no lograba pronunciar ninguna palabra.
–Porque el castigo no solo se basó en sumir a los humanos en su propia oscuridad –siguió hablando–, sino que se les prohibió volver a levantar armas y se vedó la posibilidad de volver a referirse a la noche eterna y a nuestra existencia, teniendo su transgresión como consecuencia el verdadero fin de la existencia, el Apocalipsis. A través de este voto de silencio se espera que el hombre acepte esta nueva vida y que las futuras generaciones lo vean como el estado natural de las cosas.
–Y yo lo infringí tres veces… –logré murmurar–. Con Sarah, el profesor Bertrand y ahora…
–Exactamente –convino–, a pesar de que se te puso sobre aviso antes de la tercera.
–El foco que estalló y el temblor en el colegio –señalé–. Y tú  me lo volviste a recordar a través de esos sueños –lo apunté atando los últimos cabos sueltos.
Él me dedicó una sonrisa final como recompensa por mi logro.
De improviso me empecé a sentir mareada. A mi alrededor escuchaba frases de perdón entrecortadas que parecían provenir de mis padres. Mi visión comenzó a fallarme, tornándose todo borroso. Me refregué con insistencia los ojos en un vano esfuerzo por volver a enfocar. Gabriel, aquel hombre que asegurada ser un arcángel se convirtió en una mancha oscura frente a mí, lo único que sí alcanzaba a reconocer era su estridente risa que subía progresivamente de volumen. Todo aquello se transformó en un chirrido que retumbó agudamente en mis tímpanos, no pude evitar llevarme ambas manos a los oídos para intentar amortiguar el mareante sonido.
Cerré los ojos con todas las fuerzas que tenía, pero ya era demasiado tarde, millones de imágenes me atacaron a una velocidad vertiginosa. Lo único que me quedaba por hacer era tratar de apagar mi cerebro, pero era algo imposible, no podía pelear con mi memoria que se esforzaba por recuperar aquellos fragmentos olvidados de mi pasado. Aquellos recuerdos que me parecían tan ajenos poco a poco comenzaron a volverse familiares. Aquel pasaje que parecía perdido en mi vida se fue reestructurando por medio de aquellas imágenes, haciendo de puente entre lo que recordaba y lo que vivía actualmente.
El grito fue algo automático. Mi cabeza dolía con cada enlace que se formaba entre mis recuerdos. Era como si miles de agujas estuvieran perforando mi cerebro a la vez y toda mi red neuronal estuviera trabajando hasta no dar abasto. Grité una y otra vez hasta desgastar mis cuerdas vocales y quedarme sin voz.
Todo mi organismo se sentía afectado, mi pulso se aceleró, mi ritmo de respiración volvía a incrementarse, el sudor emanó por cada uno de mis poros, un constante hormigueo me aquejaba de pies a cabeza. No podía seguir aguantando, debía huir de aquel lugar, tomar aire y procesar toda aquella información que me atacaba a raudales.
Mis padres volvieron a suplicarme, pero no sentía deseos de volver a dirigirles la palabra, no por hoy, por lo menos. Me puse de pie y, pasando por el lado de Gabriel, corrí hacia la puerta principal de mi casa. Él no me detuvo, pero, antes de que pudiera salir, me recordó:
–Toda decisión tiene su consecuencia y tú ya has tomado la tuya –se volteó hacia mí, que aún me mantenía en el marco de la puerta, y me susurró:– También me conocen como el ángel de la muerte…      
Sin querer escuchar más tonterías, me lancé al exterior y empecé a correr por una de las calles sin un destino fijo.
“Consummatum est –fue el último eco que escuché a mis espaldas, pero no me detuve a pensar en lo que aquellas palabras podrían significar.




Y solo huí, aferrándome porfiadamente a la convicción de que todo aquello no podía ser posible y que el Apocalipsis no era más que ficción, una mentira inventada por el fervor religioso... Para mí siempre había sido así y no quería aceptar que esto realmente estuviera ocurriendo...    
Pero… aun así… aquellos dudosos recuerdos que invadían mi mente me decían todo lo contrario, confirmando que él era un arcángel y que estábamos viviendo el fin del mundo tal como lo conocíamos…




Días después, nuevamente frente a mi casa, comprendí aquellas consecuencias que el ángel de la muerte me había advertido. Pero ya era demasiado tarde…   



*    *    *    *    *


PRIMERA PARTE:
“Esa oscuridad en mis ojos…”


FIN

1 comentario:

  1. Woooow!! :D gran historia!! felicidades muchacho por tu gran ingenio para escribir historias, ahora lo único malo es esperar la segunda parte.

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