domingo, 26 de febrero de 2012

Sin Oportunidad Para Aclararlo


Leí por última vez el escrito, a pesar que habían sido mínimas las modificaciones que había hecho, pero nunca me había gustado que mis lectores encontraran cabos que podrían haber quedado sueltos por la inconsciente supresión de una frase. Ya lo había revisado una veintena de veces y recién tras la vigésima primera me podía sentir tranquilo. Tras respirar profundamente, me atreví a clickear en el azulado botón. “Publicar”. Ya estaba hecho, la nota ahora estaba en Faceb…

¡¡¡Thumb!!! Oí un fuerte estruendo bajo mis pies. De un salto me puse en pie y me mantuve escuchando el barullo que crecía en el primer piso. Ni siquiera alcancé a acercarme a la puerta de mi habitación cuando empezaron a resonar las pesadas pisadas en la escalera. Fue solo un paso el que logré dar al exterior antes de toparme con el cañón de la pistola apuntándome sin titubear.

–¡¡Freeze!! –me gritó el hombre tras el arma. Yo, sin replicar y entendiendo lo que había querido decir gracias a la cultura del cine y la televisión, levanté ambos brazos rindiéndome de inmediato, sin siquiera saber qué es lo que había hecho. Aquel único gesto bastó para que el hombre llamara a uno de sus compañeros. El nuevo sujeto estaba enfundado en un pasamontañas negro que levantó al estar cerca de mí. Luego, comenzó a buscar algo en sus bolsillos… Mientras él estaba en ello, no pude dejar de observar aquellas tres letras grandes blancas que tenía estampadas en el pecho. Una sigla extranjera que me indicaba que, de alguna manera que no conseguía adivinar, me había metido en serios problemas…

Luego de unos minutos, el hombre de aspecto cansado consiguió hallar aquello que buscaba. Un papel que desdobló y tomó con ambas manos, situándolo a una distancia apropiada para leer. Aclaró su garganta antes de hacerlo. Las palabras emanaron, de una forma poco fluida, con un acento azaroso y una pronunciación desastrosa; como un gringo, ¡leía como un gringo! No pude entender ni una cuarta parte de lo que me decía, básicamente porque no pude dejar de pensar en lo malo que era su español. El hombre pareció desesperarse a medio documento y, tras discutirlo con su compañero armado, me lo entregó para que yo mismo lo viera. A pesar de que la escritura no era mucho mejor que la pronunciación del gringo, era lo suficientemente entendible como para que me sintiera trastornado y horrorizado:

¡Me estaban deteniendo! ¡Sí, eso es lo que estaban haciendo! Era la culminación de una operación de dos años. ¿Los cargos? Infringir las normas de Derecho de Autor, y no una vez, ¡sino que cientos! ¡Sí!, durante dos años estuve infringiendo la ley. Me llevaban porque aseguraban que yo había estado plagiando en las redes sociales lo escrito por un tal “Kira12” en su blog… Lo que acababa de publicar, por ejemplo.

Y no pude oponer resistencia, no, teniendo a una docena de hombres en mi casa. Tampoco pude tratar de dar explicaciones a los uniformados, pues mi inglés era demasiado pobre. No pude explicarles, por ejemplo, que “Kira12” era uno de los cuantos pseudónimo que usaba en la web y que era realmente absurdo que me llevaran por infringir mi propio copyright, pues solo estaba tomando y arreglando lo que ya había creado.

viernes, 17 de febrero de 2012

Yeong-Mi (Fragmento 1)





  Yeong-Mi no pudo aguantar la sorpresa al observar. Su rostro se descompuso completamente y sin que se diera cuenta las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. Sintió una dolorosa presión en el pecho y, cuando intentó suavizarla con sus manos, se dio cuenta que era su corazón que se estaba marchitando. Intentó cerrar sus ojos con violencia y limpiar las lágrimas que se agolpaban y nublaban su visión, quizá había visto mal y el cansancio le había jugado una cruel pasada. Por primera vez rezó a todas esas deidades en las que nunca había creído para que aquello no fuera verdad, sino un montaje, una pesadilla o una alucinación. Refregaba sus ojos sin cesar, pero no podía evitar que las lágrimas siguieran saliendo. Su corazón no dejaba de latir y con cada palpitación el dolor aumentaba. En ese maldito momento se dio cuenta de lo tranquila que estaba la noche, no podía percibir ningún otro ruido más que el de las hirientes carcajadas que profería aquella mujer que sostenía la muñeca de su Oppa[1]… Pero no, ya no era su Oppa… Todas aquellas palabras, promesas y sueños habían sido destrozados en un instante, ya no existían más que como un amargo recuerdo. El anillo dorado brillaba con insistencia, de una manera que lastimaba los ojos de Yeong-Mi, pero lo que más le dolía era ver aquella réplica engarzada en el delgado y largo dedo de la mujer que se lo enseñaba complacida. Era como un animal marcando su territorio.




[1]: Nombre usado por una mujer para referirse a un hombre mayor a ella.