lunes, 23 de diciembre de 2013

Tsuyu - Pasado - VII



VII

Llegamos casi al amanecer a casa y, a pesar de que había pasado la noche en vela, yo me sentía rebosante de energía. Ni siquiera pensé en descansar, pues no quería perder ni un minuto más. Me duché rápidamente y me volví a colocar el uniforme. Alisté mi bolso y salí corriendo al paradero. El bus no tardó en pasar, por lo que pronto estaría en la escuela.
Cuando entré en la sala, todavía era temprano. Como no vi a Yeong-Mi, dejé mis cosas en mi puesto y, corriendo, fui a esperarla a la entrada del establecimiento. Me quedé allí, frente a la reja de ingreso, ansiosa, deseando volver a ver su rostro sonriente saludándome. Esperé y esperé, incluso unos minutos después de que hubiese sonado el timbre. Habría continuado aguardando allí por su llegada, pero un profesor me obligó a entrar.
Jamás un día de clases me había parecido tan largo y aburrido. Mis cuadernos los había llevado a pasear, ya que no logré apuntar ninguna frase en ellos. Al parecer lo que decían los profesores era importante, pues mis compañeros trataban de anotar con celeridad lo que explicaban. Pero yo no podía, mi mente estaba en otro lugar.
Y así se mantuvo por los siguientes dos días. Era viernes y no tenía ninguna noticia de Yeong-Mi. A todo momento me mantuve revisando Cyworld y Twitter, pero no encontré ningún mensaje que me pudiese dar luces de lo que le había ocurrido. “Estará enferma”, traté de pensar positivamente. Incluso le escribí por KakaoTalk, aun cuando no lo solíamos utilizar para comunicarnos. No obtuve respuesta y aquel número 1 que aparecía al lado de los mensajes, me seguía indicando que no los había leído. Quise llamarla e incluso ir a verla, pero algo en mi interior me hizo detenerme. No quería agobiarla. Si no se había puesto en contacto conmigo debía de ser por algo.
La extrañaba, la extrañaba demasiado y mi corazón me dolía.
Para mí fue una sorpresa cuando me di cuenta que, en vez de llegar a mi casa, me encontraba afuera de la de Yeong-Mi. Un par de veces había ido a visitarla, por lo que no sería extraño que esta vez también lo hiciera, pues quería saber cómo estaba… Pero simplemente no pude. Vi un gran camión de mudanzas aparcado fuera y me dio miedo averiguar qué hacía allí o saber que no eran los vecinos los que se estaban cambiando de barrio.
Mi madre ya estaba en casa cuando regresé. Ella me estaba esperando junto a Sa-Yeon –que aún no volvía a Seúl– para cenar. Yo me excusé, inventando que había pasado con un par de amigas a comer en el centro. No dudó de mí, porque frecuentemente lo hacíamos, ir a un salón de té a comer algunos embelecos.
Entré a mi habitación y cerré la puerta. Me senté en el gran pouf que estaba al lado de mi cama y saqué el celular. Esperanzada volví a revisar las redes sociales en busca de alguna palabra. KakaoTalk continuaba sin ser leído. En Cyworld no había ninguna actualización. Pero en Twitter Yeong-Mi había escrito lo siguiente:

“El viaje es largo y la distancia es muchas veces dolorosa”.

La frase, aun cuando no estaba dirigida a mí, era lo bastante clara y lo suficientemente dolorosa como para agitar mi corazón y hacerme llorar. Ella se iría de mi lado.
Cuando conseguí calmarme, entre lágrimas escribí una respuesta que mostrara mi convicción:

“Las golondrinas siempre vuelven al punto de inicio”.

Yo creía en el lazo que ambas habíamos formado. Quizá eran apenas tres años, pero para mí había sido el tiempo suficiente como para saber que estábamos destinadas a estar juntas y nunca separarnos.
La respuesta no tardó en llegar:

“Se trata de una golondrina que ha perdido a su bandada y que no podrá volverlos a ver jamás”.

No estaba dispuesta a aceptar eso. Si era necesario, haría lo imposible por tenerla a mi lado. También podía sentir que esto era difícil para Yeong-Mi y que en estos momentos se debía sentir sola, al igual que yo. Entonces, comprendí por qué había dejado de asistir a clases y por qué no había tratado de contactarse directamente conmigo. El dolor debía de ser demasiado.
No le respondí y tampoco volví a recibir otro mensaje de parte de ella. Tenía muchas cosas sobre las que pensar. Debía prever todos los escenarios posibles y decidir cómo actuaría. Por el momento solo sabía una cosa, que por ningún motivo la dejaría sola. “Si Jebi [1] emprendía el vuelo, esta zorra partiría a su encuentro”. Eso era algo definitivo.


Los días simplemente pasaron. Toda aquella energía que pareció haberme renovado en el bosque, desapareció, hartándose de mí. Debía haber vuelto a la Luna. Esa era la única explicación plausible que se me ocurría para mi falta de ánimo.
El lunes siguiente tan solo asistí a clases para comprobar que Yeong-Mi no volvería. Su ausencia era en lo único que me podía concentrar. Ni siquiera tomé en cuenta a mis compañeros cuando se acercaban a mí preocupados, deseando averiguar qué ocurría. Unos cuantos creo que me preguntaron por ella, pero yo los ignoré. No hizo falta mucho tiempo para que se cansaran y se alejaran. Solo bastó que terminara el segundo receso para que me volvieran a ignorar. Cuando sonó el timbre indicando el fin de la jornada, yo ya había dejado de existir para ellos.
Sin ella, mi vida se estaba desmoronando. Yeong-Mi se había convertido en mi vínculo con la sociedad humana y ahora que se había ido había vuelto a estar sola. Pero no solo eso…
El día martes no parecía diferente. Aquel banco vacío mantenía mi corazón al borde de la desesperanza. Incluso, estaba segura de que en cualquier momento dejaría de latir. Aquel persistente hueco en medio de la sala no hacía más que resaltar la pérdida y, a la vez, mantener viva mi esperanza, porque, aun sabiendo la verdad, creía posible que en cualquier momento volviera a ocupar su puesto y me dijera que no se separaría de mi lado. Pero, a fin de cuentas, ¿quién era yo para imponer mis caprichos, mi egoísmo, por sobre su destino, futuro o propia voluntad? No era quién para retenerla…
O eso pensaba…
Antes de que acabara el segundo día de la semana, no solo había sido marginada, sino que había vuelto a ser temida. Pero esta vez yo misma entendí la razón cuando vi el miedo reflejado en aquellos pálidos ojos. Sin quererlo, nuestras miradas se cruzaron y a él, aterrado, se le descompuso el rostro al ver la expresión furibunda que debió dibujar el mío. Fue un acto inconsciente, en primera instancia, pero luego cobró sentido cuando pude justificar mi reacción.
Hee-Sang [2], no pudiendo soportar la presión de mi ira, se incorporó rápidamente del puesto en que se había sentado para conversar y volvió al suyo, donde se escudó entre sus brazos, hundiendo su rostro en la mesa. A pesar de que él se sentaba adelante, desde mi ubicación podía verlo temblar de pavor.
Me sentía complacida por lo que había conseguido. Pero, incluso así, no lo perdonaría. Hee-Sang había avivado vanamente mis esperanzas al sentarse en el puesto de Yeong-Mi. Además, él se había atrevido a profanar aquel sitio sacro que, aunque dolorosamente, me mantenía en mis cabales. Pues, no solo había perdido mi vínculo con la sociedad con su partida, sino que, por sobre todo, había perdido mi propia humanidad.


[1]제비: Golondrina

domingo, 1 de diciembre de 2013

Tsuyu - Pasado - VI



VI

Cuando solo me faltaba una cuadra para llegar a la oficina de mi madre, la vi junto a Sa-Yeon caminando hacia a mí. Esta última había estado conmigo solamente durante mi primer año en Jeonju, luego, al comprobar que podría cuidarme sola y que al fin había encajado en un lugar, se marchó a Seul, donde había estado trabajando desde antes de que nos acompañara en nuestros últimos días en Japón.
–Me alegro que hayas llegado a tiempo, cariño –suspiró aliviada mi madre.
Okāsan, Sa-Yeon-san –las saludé con una pequeña reverencia cuando ya estuve frente a ellas.
–Tsu…. Seul-Yi querida –se corrigió de inmediato Sa-Yeon. Ambas ya conocían mi decisión–. Hoy ha llegado un día importante.
La miré extrañada, sin saber qué es lo que ocurría hoy. El cumpleaños más cercano era el mío y aún faltaba un mes para ello.
–No te preocupes, cariño, ya lo entenderás –me aseguró mi madre–. Es mejor que nos pongamos en marcha, que no queda mucho tiempo para que anochezca.
Las seguí, hasta que llegamos al auto que mi madre tenía aparcado a unos pasos de donde nos habíamos reunido. A ella siempre le había gustado dejarlo en la calle y no en el estacionamiento de la filial de su empresa. Según ella, así era mucho más rápido salir.
Nos alejamos de la ciudad, dirigiéndonos a un bosque que descansaba a los pies de una montaña cercana. Allí, el tránsito era casi nulo y no se podían ver transeúntes en las inmediaciones. Salió de la calle y se internó unos cuantos metros en la zona boscosa. Luego, detuvo el vehículo y sin decir ninguna palabra, mi madre y Sa-Yeon bajaron. Yo, sin saber qué hacíamos allí, las seguí sin preguntar, pero llena de curiosidad.
Caminamos un poco más, hasta perdernos entre la densa vegetación del lugar. Había perdido el auto de vista y, a mis espaldas, todos los senderos me parecían iguales. Solo podía seguirlas, pues parecía que el camino se cerraba atrás de mí. Nos detuvimos al llegar a un claro, que se abría justo al final de la falda de la montaña. Miré para todos lados, intentando averiguar por mí misma por qué habíamos hecho todo el camino hasta acá. Pero no conseguí encontrar nada que llamara mi atención. Solo había césped y unas cuentas rocas de gran tamaño.
–¡Este lugar es perfecto! –exclamó emocionada mi madre–. Haz hecho un espléndido trabajo al sugerirlo, querida amiga.
–No ha sido nada, Chiharu-san [1] –señaló humildemente Sa-Yeon–. Es solo un sitio al que solía venir de joven.
–¿Por qué estamos aquí, madre? –las interrumpí, cansada de todo este misterio. Quería saber por qué me habían obligado a separarme de Yeong-Mi.
–Observa el cielo, amor mío –me pidió con dulzura–. Que ya se está alzando tu última Luna llena…
–¿Qué quieres decir? –pregunté, mientras volteaba la mirada, levantándola hasta distinguir aquel enorme orbe luminoso abrirse paso, rasgando el velo nocturno. Jamás había visto a la Luna tan grande como me parecía en ese momento. Tampoco la había visto resplandecer de ese modo. No podía reconocer el color, al inicio me pareció rojiza, luego la vi ambarina, posteriormente se mostró blanquecina y finalmente se tornó plateada. Aquel vertiginoso cambio me pareció fascinante y, a pesar de que me empezaba a sentir mareada, no pude apartar la vista de aquel espectáculo. ¿Qué estaba pasando?
–¿Lo sientes, amor mío? –quiso saber mi madre, no pudiendo ocultar su excitación.
–¿Qué… qué está ocurriendo? –le pedí que me explicara, mientras seguía embelesada por aquel destello.
–La Luna celebra contigo el inicio del final de tu cambio –escuché que me explicaba Sa-Yeon–. Estás terminando de renacer, tal como querías.
–Siente cómo el poder se cuela en tu interior –señaló mi madre–. La Luna llena está insuflando su bendición en tu interior.
–¿Por… qué… lo… ha… ce…? –mi concentración estaba dividida.
–Es un regalo de la última Luna llena que verás antes de cumplir los 15 años de edad –volvió a sonar la voz de Sa-Yeon.
–¡Mírate ahora, hija mía, que sobre ti verás resplandecer tu despertar como adulta!
Tras escuchar la potente orden de mi madre, sentí como si el hechizo que mantenía cautivada mi atención perdiera su efecto. Pude bajar mi mirada y con asombro observé cómo mis manos, mis brazos y todo mi cuerpo brillaba, de manera intermitente e intercalando los mismos tonos que había visto en el firmamento. Sin poder pronunciar ninguna palabra, busqué los rostros de mis acompañantes para que me ayudasen a entender qué significaba esto. Entonces, descubrí, como si se tratase de un reflejo, el cuerpo de mi madre envuelto en un aura celeste. Así lo vi y lo comprendí.
–Bienvenida –me saludó ella, al ver que ya había logrado entender lo que me estaba sucediendo.
Miré a mis espaldas y las conté, comprobando lo que había visto.
Allí estaba yo, cubierta por un manto multicolor, tan fino, tan elegante, que describía con precisión hasta el más mínimo detalle de mis rasgos. Era como una proyección que emanaba directamente de cada uno de mis poros. También podía ser el efecto de la reflexión de la luz lunar al chocar con mi níveo cuerpo. Fuera lo que fuese, ya había marcado mi destino, como si un segundo rito de iniciación se tratase; el punto de partida para una segunda vida.
De pronto, una suave neblina nos rodeó, aunque no fue lo suficientemente densa como para privarnos de la visión. Esta vez también sentí el aroma de la humedad, pero ahora no estaba contaminado como aquella primera vez, sino que se sentía limpio cuando inspiré profundamente. Un temeroso escalofrío recorrió mi cuerpo, mientras la sibilante brisa nocturna parecía hablarme: “Seul-Yi”, escuché con tanta claridad e inconscientemente que no pude evitar pensar en Yeong-Mi. El viento continuó su camino, remeciendo el follaje y alejándome de aquella preocupación sinsentido. Los altos cedros reverdecieron con el sutil contacto de las diminutas gotas que resbalaban por sus hojas. Y allí estaba yo, irradiando mi verdadera esencia. El bosque se iluminó, reflectando mi esencia en las pequeñas perlas que mojaban sus hojas. Parecía como si las estrellas hubiesen descendido y tratasen de ocultarse entre los árboles, pero no podían, porque respondían al vaivén de mis siete colas que danzaban bajo la luna aún visible que las había despertado.
Aquella noche había terminado de convertirme en una  yōkai.