viernes, 27 de septiembre de 2013

Blanco carmesí



Ya todo había terminado…

El viento soplaba fuerte aquella noche, arremolinando mi cabello que ahora suelto chocaba con violencia contra mi rostro. ¿Cuánto tiempo había perdido antes en el tocador tomándome el pelo de una manera perfecta, sin que ningún cabello rompiera la armonía? Y ahora estaba así, todo suelto y desordenado, meciéndose ante la inclemencia del tiempo. ¿Dónde había dado a parar el lazo? ¿A quién demonios le importaba eso ahora? El trabajo por fin estaba hecho y punto.
Presioné con fuerza mis puños y no pude evitar que aquel impulso tensara mis demás músculos. Mis pies cedieron y se hundieron un poco más en la nieve. Miré hacia abajo, intentando evitar los pequeños copos que ahora se dirigían en mi contra. ¿De qué color se suponía que era esto? El único foco visible aún alumbraba entre las ramas de los pinos que intentaban aguantar el peso de la nieve. La verdad es que no estaba acostumbrado a este tipo de clima, pero ¿no se supone que todo debería brillar blanco a mi alrededor? ¿Una escena como esta debería ser mágica? Supongo que no se puede evitar… con una sola acción conseguí que toda aquella fantasía desapareciera por completo.
La cuchilla aún seguía allí, visible, destacando, rodeada por aquel marco líquido y espeso que intentaba teñir de rojo el suelo. Pero los copos caen y caen, a pesar de que algunos sucumben a la fuerza de la sangre, no pasará mucho tiempo hasta que una nueva lámina blanca consiga cubrir el campo nuevamente. Mis huellas ya habían desaparecido, los rastros del forcejeo también. Solo queda el cuerpo que yace inerte boca abajo y el arma… Solo aquellas dos cosas, enmarcadas y conectadas por la sangre.
¿Por qué permanezco aquí? ¿Por qué aún sigo aquí observando todo? El trabajo ya está hecho, no hay nada más que reste por hacer, debería marcharme y dejar que la naturaleza termine el trabajo ocultando la evidencia. Pero eso tampoco es relevante… si lo descubren o no me tiene sin cuidado, no podrían hacer nada, absolutamente nada… Aquella arma nunca la toqué, no era mía… ¿Cómo me podrían descubrir? Y si lo hicieran, nunca podrían dar conmigo… Entonces, ¿por qué sigo ahí de pie sin moverme con los ojos fijos en la escena como hipnotizado…? ¿Será la sangre? ¿Será porque la sangre logra brillar más que en otras ocasiones? Me pregunto si será por el farol o bastará con la luz de la luna para que destaque de esta manera… 
Pero el firmamento aún continúa cubierto de nubes…

Llevaba dos semanas persiguiéndolo, cuando encontré el momento preciso… 

¿Por qué siempre tengo que ser tan exigente? Me podría haber conformado con cualquiera, pero no: él se había transformado en mi obsesión. Lo seguía de cerca, asechándolo entre las sombras, esperando una buena oportunidad para entrar en acción, pero era difícil, no conseguía hallar ni un solo instante en que se separara de la multitud. ¿Qué más podía pedir? Era un turista en una tierra desconocida. Lo seguí hasta la imponente catedral de estilo gótico que perdía su única torre entre la neblina de la altitud. Pero no me atreví a entrar. Lo esperé afuera, recorriendo el mercado de Navidad que se empezaba a montar. Si tenía suerte quizá podría encontrar otra víctima para mis juegos, pero no… su aroma seguía aún muy patente en mis pensamientos. Simplemente no lo podía olvidar. 
 

Compró algunos suvenires antes de continuar con la visita. Yo lo seguí de cerca, escondido entre un grupo de japoneses que intentaban absorber la ciudad completa con sus Nikon. Estuvo un tiempo observando el gran pino de navidad que se elevaba iluminando la plaza Kléber y a cuyos pies se encontraba aquella maqueta de la ciudad que a todos parecía maravillar. Todos querían una foto y él no fue la excepción. «Excusez-moi, vous me pouvez prendre une photo, s’il vous plaît ?» Preguntó con un descuidado francés propio de los extranjeros. «Bien sûr !» Yo accedí y lo inmortalicé con su pequeña cámara digital. Por primera vez cruzábamos nuestras miradas. Él me observó detenidamente antes de sonreírme y recibir la cámara de vuelta mientras formulaba el merci de cortesía. Luego, solo caminó hasta la Place de l’Homme de Fer y tomó el primer tram que vio venir, sin tener un rumbo aparente… 

Caminó varios minutos cuando bajó de la máquina. No sabía hacia dónde se dirigía, pero veía que poco a poco se iba alejando de la concurrida ciudad. Los primeros copos de la noche empezaron a caer sobre la nieve acumulada de los días anteriores y la temperatura descendió aún más acompañada por aquella gélida brisa que soplaba a nuestras espaldas. 
La nevada se volvió más intensa cuando me percaté que ya nos encontrábamos completamente solos. Sin si quiera pensarlo, me lancé contra él dejándome llevar por la excitación del frenesí. Él pareció darse cuenta, pues alcanzó a voltearse cuando lo estreché entre mis brazos. Ya no había nada que él pudiera hacer, todo había terminado… Entonces sentí un pequeño malestar punzante en mi abdomen. Instintivamente me alejé unos pasos, mientras él retiraba el arma presuroso. Pero su pequeño esfuerzo no había servido de mucho, tan solo había conseguido prolongar unos pocos segundos su vida. Cayeron unas cuantas gotas de mi sangre antes de que la herida cicatrizara por completo. Entonces me abalancé nuevamente contra él que, desesperado por el miedo, intentó volver a herirme. Con un solo movimiento volví el ataque en su contra, enterrando la cuchilla en un costado. Gritó al sentir el dolor y la sangre se apresuró por salir. Ya no podía seguir perdiendo el tiempo y ver cómo su vida se escurría hacia la nieve. Ansioso, mordí su cuello y dejé que mi lengua succionara la sangre hacia mi interior. Su grito esta vez fue más intenso, pero ya no denotaba solo dolor, si no que podía reconocer una gota de placer en sus gemidos…

El arma y el cuerpo cayeron a la vez. Pero no se escuchó ningún golpe, el viento se había encargado de amortiguar el sonido. No pasó ni un instante cuando la sangre comenzó a teñir su alrededor de carmesí. Su corazón aún latía, continuaba bombeando aquel líquido que huía de su cuerpo. Yo ya no podía más, había saciado por completo mi sed. Era extraño… era la primera vez que me pasaba algo como esto. Siempre había secado por completo a mis víctimas, pero él parecía tener mucha más sangre que los demás o, quizá, era distinta. Tal vez por eso tenía ese olor…
Ya no había nada más que hacer, aunque estuviera vivo, la naturaleza se encargaría de terminar el trabajo que yo había dejado a medias. Era hora de desaparecer, de volver a internarme en las sombras para asechar a una nueva víctima.

Solo cuando todo volvió a ser blanco pude levantar el primer pie para alejarme del lugar. Ya no había viento y ahora podía escuchar mis pasos hundirse entre la nieve. El foco empezó a parpadear, perdiendo la luminosidad y yo me desplomé en el suelo sin poder seguir avanzando. Mi estómago y mi pecho ardían, nunca había sentido un dolor semejante. De una arcada vomité toda la sangre que había ingerido. Todo volvía a brillar con aquel tono rojizo, pero ahora alrededor mío. El farol terminó de apagarse, pero la penumbra no alcanzó a envolverme. Miré hacia el cielo y contemplé a la Luna abriéndose paso entre las nubes. La nevada decaía y ya no era más que un pequeño polvillo que desaparecía antes de caer al suelo.
Un aullido tronó a mis espaldas, seguido de unas fuertes pisadas. Volví a mirar a mi alrededor cuando descubrí que la sangre aún seguía brillando con la luz de la noche, pero lo hacía de una manera más intensa, casi insoportable, recordándome el ardor del fuego.
El lazo estaba ahí, frente a mí, pero ya era demasiado tarde para preocuparme por eso. «Ya todo había terminado…» fue lo que exclamé en un susurro cuando sentí el pesado aliento de la bestia sobre mi hombro.

Esa noche, no era un grito de mis víctimas el que se podía escuchar bajo la Luna… Y tampoco se conseguía distinguir una gota de placer entre aquellos gemidos…. 

(Historia escrita después de mi primera
visita a Strasbourg en diciembre de 2009) 

domingo, 22 de septiembre de 2013

Delirio Bohemio




La noche se deja caer silenciosa en el horizonte, mientras el sonido de mis pasos reverbera bajo aquel oscuro velo que sus añosas manos han extendido en el firmamento. Las débiles estrellas titilantes se esfuerzan por seguir el ritmo de mis pies con su difuminado brillo. Aun así es inútil. Aun cuando lo intentan, no logran rasgar el delicado género que consigue retenerlas y aislaras, a la vez que las aparta del sonido terrenal que la oscuridad diluye en su seno, impidiendo que su luminosidad y mis pasos armonicen el ritmo. Pero aquello no me molesta, es más, lo comprendo, porque es algo absoluto, nadie más tiene derecho a imponer su melodía ante la de la oscuridad reinante... ¡Nunca fue mi intención, jamás osé o pensé desafiar su supremacía! Pero no es suficiente, he conseguido herir su vanidad. Poco a poco mis pasos se extinguen, se ahogan frente al delicado precipitar de las descuidadas gotas que se pierden en el suelo. La naturaleza tiene su propio sonido y su propio ritmo y yo no puedo hacer nada frente a eso más que dejarme llevar por el encanto del murmullo de su musicalidad. No necesito cubrirme, no es necesario romper con la nueva armonía que me rodea y que me abraza, invitándome a seguir su juego, a escuchar su susurro absorbente que se deja oír en cada recóndito lugar donde cae y en cada forma que describe y que baña. Es tiempo de escuchar, de dejarse envolver por su magia, escuchando lo que me tenga que decir de este entorno por donde avanzan mis pasos. 




Por décima vez vuelvo a ingresar en la colosal edificación. Quizá sean demasiadas, pero realmente nunca serán suficientes como para dejar de maravillarse con cada uno de sus rincones y detalles. Los guardias me dejan entrar, ni siquiera intercambian una mirada conmigo, se mantienen allí, debajo de esas pequeñas casuchas como de juguete que consiguen resguardarlos de la lluvia, manteniendo aquella pose rígida, inquebrantable, con la cabeza en alto, observando hacia un punto indistinguible en el horizonte... un punto que por más que me esfuerce en buscar, no hallaré, porque no existe, es una ilusión, un truco, un engaño, ya que a pesar de que no me miran, reconocen cada uno de mis movimientos, están atentos a lo que hago, haga o deje de hacer; atentos, siempre atentos a actuar cuando sea necesario. Porque aquella casucha no es de juguete y ellos no están jugando y aquellos rifles, que cada uno porta a su lado, son tan reales como las gotas de lluvia que empapan mi rostro.

 


Los últimos turistas se alejan del antiguo monumento, algunos vuelan en contra mío hacia las escaleras, con tal de llegar lo más rápido abajo y tomar el metro o el bus o el tram para no mojarse más de lo que ya están; otros, más precavidos, abren sus oscuros paraguas, oscilando entre las mismas tonalidades, como si de alguna manera se hubieran puesto de acuerdo para uniformarse o como si aquella misma mañana, antes de subir la pequeña loma, los hubiesen comprado a algún vendedor callejero de no sé qué nacionalidad que los ofrece en un inglés extraño, pero que de igual manera entiendes, porque aquí nadie habla y entiende inglés de verdad, menos los turistas americanos o ingleses que se ven con más dificultades que nosotros al no reconocer en aquellos balbuceos su propia lengua que está siendo masticada, triturada y no digerida, con el único fin de comunicarse y subsistir.  

A mi paso todo se va iluminando con un nuevo color mientras los focos comienzan a encenderse en la empedrada calle. Es como un redescubrimiento, el ingreso a un nuevo lugar que es completamente diferente al que conocí horas antes, cuando la claridad aún me acompañaba. Ahora que la afluencia es menor, aquellos afiches que anteriormente no había notado llaman mi atención, me invitan a entrar a aquellos museos que quizá qué maravillas guardarán, pero no hay tiempo, es mi última noche en esta antigua ciudad. Lo siento Mozart, lo lamento Beethoven, en esta oportunidad no podré conocer aquellos secretos que aquel cartel me invita a descubrir; perdóname Velázquez, pero al parecer aún no es el momento de conocerte más allá de las reproducciones impresas en revistas, libros o subidas a internet. Quizá esté mal, tal vez me lleguen a condenar por haber dejado pasar esto, pero por ahora es suficiente, ¡no!, es más que suficiente. No creo que mi cuerpo pueda albergar tanta maravilla e impresión en este corto lapso de tiempo. Pero aun así no puedo evitar seguir sintiéndome culpable, es inevitable al imaginar aquellos ojos penetrantes de Maximilian mirándome fijamente mientras me alejo tímidamente de su palacio.
 


Pero aquellos ojos no son los únicos que me enjuician, atormentándome a cada paso, sino que son múltiples las miradas que siento a mi alrededor. Provienen de todos lados y me encuentran donde quiera que me halle. No siempre poseen cuerpo, no siempre se mueven, sino que también existen aquellas miradas estáticas, petrificadas por toda la eternidad, como la de aquella majestuosa catedral que se extiende tras de mí, pero que, por desventura, no alcanza a resguardarme de la fría llovizna invernal. No deseo voltear la cabeza, es mejor que siga caminando y haga caso omiso a todos aquellos ojos que enjuician, aquellos otros sumisos y llenos de gloria o aquellos que salvan y son salvados o aquellos que condenan y son condenados. 


 Pero no puedo huir, porque no puedo hacer nada frente al monótono y martilleante sonido de la culata que marca el ritmo del ritual que se lleva a cabo a cada hora en punto y en cada una de las entradas. Estoy atrapado, me encuentro encerrado dentro del castillo que se niega a dejarme ir con facilidad. No puedo correr, no puedo huir sin romper de forma abrupta con el rito. Mi corazón se acelera, pero debo ser paciente, esperar hasta que sus pasos ralentizados abandonen el umbral de mi escapatoria, eso o descubrir con hechos que aquellas armas no son simples juguetes o instrumentos rítmicos.



El culatazo me agobia, me desespera, tanto más que la incalculable multitud apostada eternamente a los pies del viejo reloj astronómico, esperando impacientes el desfile religioso que a duras penas podrán distinguir con sus ojos. Como allí, el gentío apostado observa como hipnotizados el ritual. La solemnidad parece etérea, los miles de murmullos se dejan oír en todo el pórtico de Hradčanské námestí se cuelan entre los intersticios de la reja que contiene a aquellos peatones ocasionales que luchan por no perderse este momento como si fuera el último y el único de su vida, aun cuando la ceremonia se vuelva a repetir hora tras hora. La seriedad no es más que un atavío de esta mascarada que esconde la vanidad de estos guardias que sonríen por lo bajo mientras disfrutan el enceguecedor sonido de los miles de clicks y flashs que buscan inmovilizar su movimiento.

El intercambio de armas está hecho, el relevo por fin ha finalizado. Los nuevos centinelas se mantienen quietos, inescrutables dentro de las pequeñas casitas que los mantienen refugiados de la inconstante lluvia que no se decide en precipitar. La lenta marcha se reanuda, aún no puedo huir, aún no puedo escapar de aquella monotonía, debo esperar a que los guardias pasen por mi lado, no me quiero interponer en su camino, no quiero que sus miradas se crucen con la mía, no quiero ser el blanco de aquellos ojos cubiertos de una falsa seriedad. El impulso es espontáneo, casi reflejo, no es necesario que les pida a mis pies que se muevan, ellos lo hacen por mí, internándose entre la multitud que poco a poco se disipa. Sin voltearme, sin decir adiós, bajo corriendo Ke Hradu y luego continúo por Nerudova sin detenerme, doy vuelta a la primera calle a la derecha y sigo sin voltearme, sin volver a buscar aquel castillo que se alza imponente sobre nosotros. Ni siquiera la delicada melodía que alcanza a llegar a mis oídos desde la Academia de Música logra conseguir que piense mis pasos antes de darlos, quiero huir, quiero salir de aquí, dejar de sentirme agobiado entre todas aquellas miradas, todos aquellos movimientos y todos aquellos rostros. ¿Estaré mal? ¿Será un delirio febril el que me impulsa a actuar así? ¿Por qué me siento perseguido? ¡¿Por qué siento todos aquellos ojos sobre mí?!


Corro, desenfrenadamente corro, esquivando a todo aquel gentío que se presenta como mi mayor obstáculo. Quizá algunos me hablan, quizá algunos me invitan a pasar a las Hernas, como aquel negro que brilla con cierta monstruosidad delante de todas aquellas luces sicodélicas que me llaman a apostar. Pero no tengo humor para eso, no tengo deseos de devolverle aquella radiante y cordial sonrisa. No entiendo su idioma, no entiendo su inglés y estoy seguro que el tampoco entenderá el mío, porque acá nadie se entiende, todos simulan hablar una lengua que no les es cercana ni cómoda. El sonido de los dados y de las ruletas se desvanece a mis espaldas, al igual que todas esas coronas que alguna vez alguien apostó o que yo mismo aposté. 


Rápidamente paso por debajo de una de las torres góticas de la ciudad. Algunos de los guardias con atavíos medievales se ofrecen para ser retratados en las cámaras digitales de los visitantes, otros simulan un enfrentamiento irreal con escudos y espadas en plena vía pública. Antes, yo también me detenía a observarlos y a deleitarme con la majestuosidad de la construcción, pero ahora ya no representan ninguna novedad.

Solo hay algo que me interesa y lo puedo ver a unas cuantas zancadas delante de mí. La primera estatua barroca que se erige sobre el Karlův most me recibe, invitándome a recuperar el aliento. Finalmente las estrellas terminan de desaparecer en el firmamento, precipitándose por culpa de la lluvia que consigue acentuarse. Por su culpa los pintores, dibujantes y caricaturistas ambulantes se ven obligados a terminar su día laboral un poco antes de lo normal. Con cuidado y agilidad guardan sus atriles, pinturas y dibujos que utilizaban para atraer a la gente y demostrar su arte y habilidad. Mi pecho intenta recuperar el aire perdido mientras logro que mis piernas se relajen y caminen por el pétreo puente medieval. El Moldava se inquieta levemente al recibir aquel bombardeo intermitente que lo hace hablar y mecerse.



La noche es aún más oscura encapotada con la gruesa capa de nubes. Los faroles del puente iluminan mi camino dándole un aspecto tétrico y fantasmal al antiguo puente. Es como regresar en el tiempo y vivir aquellos momentos medievales de esta vieja ciudad que poco a poco ha ido abriéndose al mundo. La gente corre, intentando cruzar la construcción, ya sea para ir al Malá Strana o al Staré Město que es a donde avanzo yo. Las estatuas son las únicas que me acompañan en este pequeño respiro de tranquilidad. ¿Cuántas son?, no lo sé, nunca las conté, nunca pregunté y nunca lo investigué. Pero están allí, decorando y vigilando mis pasos sobre la arenisca.


 Me detengo en la mitad del puente, frente a la estatua que representa la Crucifixión, pero no para persignarme o para mirar el rostro afligido de Cristo, sino que lo hago para mirar unos cuentos bocetos, dibujos y pinturas que descansan a sus pies. ¿Alguien los habrá olvidado? Miro hacia ambos lados del puente para ver si alguien los reconoce, pero a nadie parecen llamarle la atención. Me acerco sigiloso y descubro que no eran muchos, sino que una única pintura abandonada. La imagen que representa me observa y me hipnotiza, aquellos ojos verdes acuosos me miran fijamente debajo de la radiante cabellera. No es rubia y tampoco son canas, pero es una melena demasiado brillante, casi plateada. Tampoco es hermosa, pero me hipnotiza, invitándome a mirarla, obligándome a observarla directamente a los ojos. Aun así, su mirada no es agradable, aunque sus ojos sean preciosos, es demasiado penetrante y me hacen daño, como si pudieran entrar en mi interior y adivinar mi pensamiento, aunque solo sea un retrato. Me atrevo a seguir avanzando y a medida que me acerco voy descubriendo nuevas cosas. ¡Estaba equivocado! Tampoco es una pintura, ni siquiera un dibujo, un borrador o un boceto; menos una mujer, una niña o una persona. Es un monstruo que gime e intenta agarrarme con sus poderosas manos mientras se esfuerza por salir de la piedra. Es gigantesco y con cada esfuerzo crece, como alimentándose del puente mismo o de la propia ciudad. Mi cuerpo no reacciona, se encuentra estático frente a tan enorme coloso, deseo gritar, pero tampoco consigo hacerlo; quiero llorar pero las lágrimas no consiguen salir. Tengo frío y la lluvia ni siquiera me empapa, resbala por mi cuerpo y mi ropa, pero no entra en mí, no la siento recorrer mi cuerpo, tocar mi piel, es porque no tengo piel y mi cuerpo está hecho de piedra, al igual que mi ropa, al igual que mi expresión, al igual que mi posición. ¡Soy una estatua!, ¡una más de las que corona este puente! ¡Pero puedo ver a toda aquella gente huyendo del monstruo gigante de barro que no posee voluntad y que no sabe lo que hace, pero que aun así destruye todo a su paso! La lluvia sigue cayendo y molesta al imponente ser, el agua es más fuerte que él y que cualquiera y consigue borrar la primera letra de su frente, cosa que el Rabino olvidó hacer. El Gólem se desploma, cayendo parte por parte, extremidad por extremidad, desintegrándose y volviendo a ser el barro que alguna vez alguien pisó. La gente se tranquiliza, recogen los restos y los vuelven a llevar al barrio Judío, encerrándolos en algún escondido cuarto de la Sinagoga Vieja-Nueva.

 

La lluvia amaina y mi cuerpo se vuelve a mover, nuevamente aquel impulso demencial me envuelve y cruzo disparado el Karlův most, me pierdo entre las laberínticas calles de la Ciudad Vieja, hasta que consigo llegar a la plaza de la ciudad. Los santos han terminado de pasar y los turistas sacan las últimas fotos al reloj astronómico, entonces empieza a sonar la trompeta que marca la hora en punto y me vuelvo a sentir como en el medioevo. Pero hay algo irregular y la trompeta no suena como tal, es la música de la ópera Don Giovanni la que llega hasta mis oídos, Mozart invade mis pensamientos y se refleja en las camisetas, bolsos, parches, gorros que lleva la gente. En el centro de la plaza todos observan el espectáculo de marionetas que representan la ópera para las miles de familias que se reúnen alrededor. No aguanto más e intento seguir huyendo, a unas cuantas cuadras debe estar el Hotel, pero el Gólem me vuelve a cortar el paso con su exigencia de verdad estampada en la frente, retrocedo y me doy cuenta que se trata de una camiseta bordada y unos cuantos llaveros. Decido dar la vuelta e irme por el otro lado de la plaza, pero entonces veo los ojos de Kafka mirándome fijamente, pegados a los míos, no amenazadores, sino suplicantes, como pidiéndome que lo rescate de esta locura y de esta ciudad que no quiere y que aun así lo ha apresado y no lo quiere soltar, porque es uno de sus principales atractivos turísticos y ahora representa la moda, lo pop y el lado capitalista de esta ciudad por años perdida. Deseo ayudarlo y sacarlo de toda esta demencia, pero no consigo asirlo, de súbito desaparece, se esfuma y entonces recuerdo que Kafka está muerto y solo subsiste su silueta atravesando el puente de Carlos que decora las tazas, cuadernos y souvenirs de Praga.

Mi alma se tranquiliza y me vuelvo a encontrar delante de aquellas pequeñas casitas de antiguos alquimistas en la Callejuela de Oro, frente a la librería que vende la obra de Kafka en todos los idiomas posibles, lugar que alguna vez le sirvió de refugio al escritor dentro de esta pequeña pero gran ciudad. 


Ya tranquilo y recuperando mi cordura, decido seguir caminando por las calles del castillo, aliviado de que todo haya sido una ilusión, pero pensando y empapándome de todas aquellas historias y recuerdos que susurran las paredes a través del eco de mis pisadas que las transitan.

(Escrito tras mi aventura por Praga 
en abril de 2010)