sábado, 14 de septiembre de 2013

Tsuyu - Pasado distante - I



Primera parte:
遠い過去
Pasado distante

I


Nací un 23 de diciembre en una pequeña choza en medio de los bosques de Nara. Mi madre me llamó Tsuyu[1] –nombre en desuso– por el rocío que me vio nacer, aunque yo estoy segura que las únicas gotas que condensó la humedad del ambiente fueron aquellas que esa fría mañana de invierno cubrieron mi inocente cuerpo con sangre.


Engañar a los humanos fue algo sencillo para mi madre. Solo bastó con hacer desaparecer el cuerpo de mi padre y convencerlos con sus lágrimas y lamentos –aunque claro que su influencia sobrenatural facilitó la persuasión–. Finalmente, fue solo cuestión de tiempo para que asumiera el control absoluto de la empresa de mi otōsan[2]. Esto no tomó a nadie por sorpresa, era lo más lógico; ella, desde antes que yo naciera, ya trabajaba allí, codo a codo con mi padre, por eso nadie se opuso.
Después de nacer, volvimos a Osaka, la ciudad en que residían mis padres. Mi madre solo había decidido viajar a Nara para realizar aquel ritual, pues, según ella, sus bosques poseían propiedades mágicas que facilitarían el proceso.
En Osaka, mientras mi madre trabajaba, Sa-Yeon, la shāman que me vio nacer, me cuidaba, enseñándome lo que implicaba ser diferente, ser sobrehumana. Y a pesar de que ella no era una kitsune –o gumiho, como ella nos decía en su propia lengua– como nosotras, sí transitaba en la misma oscuridad que nos cobijaba.
De vez en cuando me entretenía con su prestidigitación, desapareciendo tras un pestañeo o convirtiéndose en una blanca lechuza que se perdía entra las copas de los árboles. Sa-Yeon también era diferente, pero había aprendido a vivir con ello. Si bien es cierto que sabía magia y podía obnubilar los ojos de cualquiera con ilusiones, sabía cómo utilizar su poder para su beneficio. Y eso era lo mismo que yo debía aprender a dominar…
Pero por más que lo intentaba, no lo conseguía. No lograba utilizar mi poder a mi favor. Y eso repercutió en mi vida escolar… arruinándola.
Luego, el hecho de que Sa-Yeon debiese regresar a su país, tampoco me ayudó a sobrellevar mi adolescencia. Me hundí, incluso más profundo que cuando conocí mi verdadero y cruel origen.
Ni el Sol ni la Luna podrían ayudarme en estos momentos, ya que eran nada comparados con la oscuridad que me consumía por dentro. Pues, no es necesario ser sobrehumano para ser cruel. Y ellos, de alguna manera, lo sabían, pues lo demostraban con sus acciones.


Mi madre se preocupó de darme la mejor educación que un humano podría darle a un hijo, considerando el lugar en que vivíamos y el dinero que teníamos. Luego de asistir a la yōchien[3], ingresé a la mejor shōga-kkō[4] de Osaka, pues ella pensaba que de ese modo me adaptaría mucho más rápido al mundo de los humanos. Pero, claro, ella hablaba desde su perspectiva y experiencia, como un ser que había vivido mil años como un zorro, por lo que no podía entender que yo era distinta. Si bien era una kitsune, había nacido y crecido como una mujer. Ni siquiera sabía lo que era ser exactamente sobrehumano.
Aunque esa parecía ser solo mi visión, como empecé a descubrir desde los 10 años de edad.
Aún no me había dado cuenta que mientras más alto, más frío se vuelve el corazón de los humanos y en un lugar como este, donde la competencia, el egoísmo, la soberbia y la avaricia, al querer demostrar que uno es el mejor, son los valores por antonomasia, no sería sencillo relacionarse con los demás. Pero, en el fondo, era la forma más fácil para adaptarme, ¿no? Después de todo, la sociedad es así.
Por más que traté de pasar desapercibida, no lo conseguí. Ellos me veían distinto y, para ellos, yo actuaba diferente. Al inicio solo fueron mis compañeras, que me veían como una amenaza. A medida que iba creciendo, no logré pasar desapercibida para ningún hombre de cursos superiores o al salir de la escuela. Podía sentir sus miradas sobre mí. En mi cabello. En mis hombros. En mi cintura. En mis piernas. En mi pequeño busto aún en desarrollo, pero que ya necesitaba un brasier. Estaban celosas.
Algunas no ocultaron su resentimiento. Sus acciones fueron agravándose a medida que crecíamos y nos acercábamos al final de la shōga-kkō. Al inicio solo dejaron de jugar conmigo, aquellas, que creía mis amigas, me hicieron a un lado, otras empezaron a hablar a mis espaldas. Luego, cuando ya podían hacerlo, más de una vez me detuvieron, encarándome contra la pared. Amenazándome en grupo. Golpeando mi rostro cuando buscaban atención, pidiéndome que las mirara a los ojos mientras me hablaban. Imitando todo aquello que veían en las películas o en la televisión. Debí aprender a llevar un cambio de ropa a la escuela, en caso de que se les ocurriera tirarme agua con una cubeta cuando iba al baño. Muchas veces debí quedarme después de clases para buscar alguna de las cosas que me habían escondido, mis cuadernos, mi mochila, mi uniforme (cuando teníamos Educación Física). En algunas de esas ocasiones, el esfuerzo había sido en vano, al descubrir todo destruido o rayado con spray. Solo podía agradecer que, por culpa del trabajo, mi madre llegase después de mí a casa, pues así podía ocultar todo lo que me había ocurrido.
Mis compañeros aún no habían aprendido a odiarme, aún seguía siendo un foco de interés para ellos. Pero eso poco a poco se fue perdiendo.
No lo podía evitar, era la mejor de la clase. En cualquier aspecto. Mi diligencia en los estudios se la debía a Sa-Yeon, ella me había inculcado lo importante de aprender y conocer y me había pegado el bichito de la lectura. A través de ella podía descubrir aquel mundo que aún no conocía y redescubrir aquel que me era conocido, pero desde otros ojos. Pero eso no les molestaba, sino que, al contrario, les causaba admiración. Constantemente me preguntaban alguna u otra cosa, pidiéndome que les enseñara algo que no habían entendido en Lengua Japonesa, Aritmética o Estudios Sociales.
El recelo se produjo por otra de mis destrezas, y esta se la debía a mi madre –y a mi naturaleza, por extensión–. Simplemente era algo que nunca pensé que fuera necesario aprender a regular. Era la más ágil, la más rápida, la más fuerte, y no solo entre las niñas, sino que entre todos los de la clase y de la escuela, me atrevería a afirmar. Por ello me uní al club de Atletismo, pero eso no pareció ser la mejor idea. Para ellos, el hecho de que una mujer fuera superior, era impensable. Algunos se distanciaron, me empezaron a evitar, porque en una escuela como esta, donde todos los padres tienen puesta su fe en sus hijos para que desde pequeños demuestren su valía y capacidad, no existía la sana competencia.
Evidentemente ellos no se atreverían a hacerme algo como las niñas. Pero su resentimiento lo podía ver claramente en sus rostros.
Pero el ijime[5] que más detestaba era aquel que consiguió aislarme definitivamente de mi curso. Rumores se empezaron a esparcir, de la noche a la mañana gane una reputación que hasta a mí al inicio me costó entender. Primero, ni siquiera logré entender cómo a mi edad, cuando ya terminaba mi quinto año, alguien podía haber llegado a hacer algo así. Segundo, ni siquiera llegué a saber con cuántos hombres se supone que me había acostado o a qué profesores les había hecho favores para obtener las calificaciones que tenía. Por fin lo habían conseguido. Mis compañeros se dejaron de fijar definitivamente en mí, omitiéndome, odiándome o ayudando a construir –o destruir– mi imagen. Me había convertido en una cualquiera. Entre tantos de los insultos que habían empleado para referirse a mí, ahora podía decir sin temor que era una zorra.
Muchas veces vi a través de la televisión o leí en los periódicos acerca de estudiantes de la chūgakkō[6] o mayores que terminaban quitándose la vida al no poder soportar el ijime. Y yo ya lo estaba viviendo cuando ya tenía 11. Es cierto que es una situación insostenible y que, sin lugar a dudas, la muerte se presenta como una oferta tentadora. Yo también barajé la posibilidad y, en unas cuantas ocasiones, estuve a punto de suicidarme. Pero, mientras la duda me asaltaba, recapacitaba, dándome cuenta que ese no sería más que un acto egoísta. Mi vida valía mucho más como para darme por vencida tan rápido. Debía pensar en todo lo que se había hecho para conseguir que yo caminara entre los humanos. Debía pensar, por sobre todo, en la vida de mi padre que había consumido. No podía hacerlo. No era yo quien debía decidir algo como aquello.
El suicidio jamás sería una opción. Ni siquiera después de que ocurriera lo peor…


[3] 幼稚園: Jardín de infantes
[4] 小学校: Escuela primaria
[5] いじめ: acoso escolar
[6] 中学校: Escuela media

1 comentario:

  1. Muy buenas Sólo quería decirte que algunas
    de las imágenes no se cargan adecuadamente. He probado en tres navegadores de Internet diferentes y todos dan
    los mismos resultados .

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