lunes, 16 de septiembre de 2013

Tsuyu - Pasado distante - II



II



Pero no a todos ahuyentó mi nueva reputación. Para algunos se convirtió en una oportunidad.
Por un lado, atraía al sexo opuesto, de algún modo.
Por el otro, era una perra, zorra, etc.
Era cosa de esperar para que se hicieran evidentes las primeras insinuaciones. Solo había que aguardar un poco más hasta que se concretizaran las primeras propuestas. Porque, aunque fuese una de las mejores escuelas de la zona, no significaba que todo el mundo que asistía en ella tuviera los mismos intereses por el estudio. Algunos buscaban otra cosa, y si era dentro del mismo establecimiento, mejor todavía.
Las hormonas empezaban a jugar con mis compañeros. La mayoría ya tenía 12 años, estaban en plena pubertad. Ya lo podía ver, tenían curiosidad por descubrir aquello que antes no les había interesado. Por ello, yo y mi divulgada reputación nos presentábamos como la mejor forma de saciar sus primeros sueños húmedos. En sus ojos libidinosos podía adivinar aquella creciente lujuria que los confundía. Deseaban poder mirar a través de las paredes de los camerinos, primero como un juego, pero luego ansiaban observar aquello que solo podían descubrir en internet o en revistas. Pero nunca pasó más allá de eso, aquellos cambios corporales y psicológicos y el tener que cumplir con sus calificaciones para que fueran bien recibidos diariamente en casa eran situaciones demasiado abrumadoras como para atreverse a hacer algún movimiento. Debían contentarse con aquellas fugases y perdidas miradas sobre mi cuerpo, con su imaginación y la ayuda de sus manos en la soledad.
Así se mantuvo hasta que llegamos a sexto, último año de la shōga-kkō. Viví los dos años anteriores aislada, soportando el ijime, haciendo caso omiso a los cuchicheos y evitando las miradas lascivas. Ahora, tan solo quedaba uno para salir de la escuela y estaba segura de que sería más tranquilo que los anteriores, pues todos estarían entusiasmados por su posterior ingreso a la chūgakkō –aunque en el fondo yo no estaba muy entusiasmada, pues sabía que, de alguna manera, las habladurías irían conmigo a donde fuera.
Fue a mediados de julio, cuando ya estaba terminando el ichigakki [1], que nuestro tutor introdujo a un nuevo estudiante. Él venía de Tokyo y, por lo que había escuchado en los pasillos, se estaba quedando en la casa de sus abuelos, ya que había tenido problemas con sus padres. Todos en el curso estaban entusiasmados por tener en el aula a alguien de la capital, pero yo no, porque en sus ojos podía ver que era distinto a los demás. Era mayor que nosotros y, por sobre todo, no había luz en su mirada.
Tal vez debería culpar a mis sentidos, que eran mucho más agudos que los de los demás, pero era inquietante sentir constantemente su pesada atención en mí. Digo inquietante, porque, si se tratase de otra persona, podría adivinar sus intenciones, pero, en este caso, sus ojos ausentes no me decían nada.
Yo solo lo dejaría ser, al igual como lo había hecho con todos los demás. Ya me había acostumbrado a no preocuparme por lo que pensaran o dijeran de mí.





Pero no fue hasta después de las fuyu yasumi [2], cuando iniciaba el sangakki [3]en la escuela, que hablé con él. Lamentablemente…
Aquel día llovió, por lo que tuvimos que hacer Educación Física en el gimnasio, bajo techo. Aquello no me gustaba, porque veía limitado mi horizonte y libertad. Nunca me habían gustado los espacios cerrados, especialmente cuando se trataba de correr y quemar calorías. Para colmo, por primera vez, la profesora me pidió que guardara el equipamiento que habíamos utilizado. Yo me encargaría de las colchonetas, conos y pelotas, mientras que él, Takeshi [4], debía desmontar el caballete, porque no haría sola el trabajo. Esta era la primera vez, desde que el chico nuevo había llegado, que tenía la oportunidad de estar tan cerca y de intercambiar un par de palabras (como abre la puerta, ten cuidado, etc.).
Pero la conversación, si se puede llamar así, siempre fue unilateral. De parte de él, ninguna palabra. Eso era lo más inquietante. Quizá Takeshi no hablaba, pero podía oírlo. Me daba escalofríos sentir aquel susurrar invisible a mis espaldas. Y él ni siquiera movía sus labios, pero su mirada decía bastante.
Todo el mundo se había ido ya a los camerinos, solo quedábamos nosotros dos. Atrás de mí, las bisagras rechinaron con estridencia mientras la puerta de la bodega se terminaba de cerrar. Las luces se apagaron. Tan solo un débil rayo de luz se colaba por las rendijas de la única ventana que había en el cuarto; y afuera estaba nublado… Por un momento aguanté la respiración, tratando de concentrarme en cualquier movimiento que pudiese percibir. Existía la posibilidad de que Takeshi me hubiese dejado encerrada, eso era lo que quería creer. La primera vez tan solo pude oír el ahogado murmullo de la lluvia. La segunda, sentí el repicar de una gotera que había cerca de mí. La tercera, escuché el chirrido de una pisada. La cuarta vez, no pude evitar enfocarme en el alocado palpitar de mi corazón. Luego, vino el segundo paso. Después, la misma zapatilla acercándose. Él haría su movimiento.
–He escuchado muchas historias interesantes desde que llegué a esta escuela –rompió abruptamente el silencio. Su voz era grave, dura, pero, a la vez, serena, como la de alguien que se encuentra completamente seguro de lo que está haciendo.
–Son muchas las cosas que se pueden oír en los pasillos de una escuela –le hice ver, tratando de que mi voz no reflejara mi ansiedad.
–Pues hay algunas que son bastante interesantes sobre ti… –precisó sin rodeos.
No esperaba que fuera tan directo, por lo que me tomó por sorpresa. Era la primera persona que se atrevía a hablar de eso enfrente de mí. Me quedé callada, buscando algo que decir.
–Pequeña yariman [5] –me insultó, alargando maliciosamente las sílabas.
–¡Ninguno de esos rumores es cierto! –grité alterada, como desahogándome después de dos años.
–Pues eso lo hace más interesante –comentó en un susurro con su voz libidinosa, mientras que, asiéndome de las muñecas, me hizo caer de espaldas sobre las colchonetas que recién había guardado–. ¡Imagínate! –me dijo al oído–, ¡cuántas cosas podemos aprender entre los dos!
De alguna manera, el hablar sobre aquellas habladurías que habían inventado había interrumpido mi concentración, sacándome de mí, evitando que me diera cuenta que se había acercado lo suficiente como para terminar de este modo.
–Realmente esto sería más rápido si te hubieses alcanzado a cambiar el uniforme, pero había que aprovechar la oportunidad, ¿cierto? –señaló como si yo estuviera de acuerdo con lo que estaba pasando–. Aunque siempre es más excitante tratar de descubrir las cosas por uno mismo –agregó, mientras intentaba colar su diestra bajo el pantalón de mi buzo.
Esto era lo máximo que podía aguantar…
Aquella tarde, por primera vez, sentí un punzante dolor en cada uno de los dedos de mis manos, era como si algo estuviese luchando por salir. No pude evitar gritar. Por lo bajo, escuché a Takeshi reír complacido, creyendo que era él el causante de mis lamentos. Sus manos estaban heladas y, temerosas, se atrevían a palpar el contorno de mis muslos ahora descubiertos. Entonces, me di cuenta que era la primera vez que él trataba de hacer esto. Yo quería detenerlo, pero el dolor me impedía tratar de forcejear. Él, sin saberlo, se aprovechaba de mi incapacidad…
–¡Así que los rumores eran ciertos! –gritó jadeante, al darse cuenta de que no oponía resistencia–. Estás esperando por esto, ¿cierto, yariman?
Quise replicar a sus palabras, pero lo único que se consiguió escuchar fue el chirrido de mis dientes mientras trataba de aguantar el dolor. Él estaba nervioso, aún no se atrevía a consumar el acto; quería seguir descubriendo, tanteando como el niño que aún era lleno de curiosidad. Lo sentí desabrochar la cremallera de mi sudadera y, luego, subir poco a poco mi camiseta… Cuando estaba a punto de descubrir mi sostén, inconscientemente, como el reflejo de un animal ante el peligro, sentí, por primera vez, cómo mis uñas crecían, convirtiéndose en verdaderas zarpas preparadas para defenderme.
Y un pensamiento se cruzó por mi mente…
Impaciente, posó su mano sobre mi pecho aún cubierto.
Estaba dispuesta a hacerlo…
Con delicadeza, lo frotó, hasta que consiguió pellizcar mi pezón, que, erecto, sobresalía bajo mi sostén.
Gemí. ¡Pero no! ¡Aquello no podía ser placer!
Él rio nuevamente. Sentí un roce en la entrepierna. Su miembro ya no aguantaba más escondido.
Ahora ya no había vuelta atrás…
Podía imaginar la escena… Alcé mi brazo. Takeshi no se dio cuenta, pues estaba absorto jugando con mi cuerpo. Mis garras se aproximaron lentamente a su cuello, hasta que lo conseguí rozar. Él se estremeció al sentir el cosquilleo. ¿Escalofríos? ¿Una brisa? En medio de la oscuridad no podía adivinar qué era realmente lo que estaba por suceder. Por un instante creo que perdí la conciencia, mas lo único que recuerdo es que una excesiva ansia se había apoderado de mi cuerpo. Había algo que quería, pero no sabía exactamente qué era… No podía dejar de pensar en ello… ¿Y Takeshi?
Lo siguiente ocurrió demasiado rápido, incluso para mí. Abruptamente, la puerta de la bodega se abrió de par en par. El peso sobre mi cuerpo desapareció, dejándome libre. Volví a gritar, mientras mis uñas se retraían. Subí mis pantalones mientras me incorporaba. Las luces se volvieron a encender.
–¡Tsuyu! ¡Acá estabas! –exclamó mi profesor aliviado.
Yo solo asentí, sin saber qué decir.
–¡Te estuve buscando por todos lados! Tus compañeros ya volvieron a la sala, solo faltaban tú y Takeshi, ¿lo has visto?
Mire en todas direcciones, tratando de encontrarlo, pero se había esfumado. ¿Cómo era eso posible?
–No… No sé –musité.
–¡Pero qué te ocurrió! –gritó alarmado, mientras se acercaba hacia mí.
–¿Por qué…? –pregunté confundida. ¿Se había dado cuenta de algo?
–Mira tus manos –me pidió, alzándolas.
Las contemplé por algunos segundos, estaban cubiertas de sangre, la que parecía emanar de la punta de mis dedos. Mi pantalón también estaba manchado. Al inicio me sentí asustada, pero luego entendí lo que estaba ocurriendo. Mi cuerpo humano había hecho un esfuerzo increíble por adaptarse a este nuevo cambio sobrenatural.
–Me… me caí… –le dije, haciendo lo posible por sonar convincente.
–¡Pero cómo te hiciste esas heridas! ¡Por qué no prendiste las luces al entrar! –me retó, enojado.
–Me… desmayé… –susurré, diciendo lo primero que se me vino a la mente.
–¿Y Takeshi no estaba contigo ayudándote?
Negué con la cabeza.
–Sabía que ese chico era problemático desde que llegó a la escuela –murmuró–. Ven. Vamos. Te llevaré a la enfermería.
Solamente me dejé arrastrar por mi profesor. Antes de salir de la bodega, me voltee, buscando por última vez a Takeshi, pero no lo encontré. Aunque sabía que estaba allí, escondido tal vez entre las colchonetas o detrás del caballete. Lo sabía, porque podía olerlo. Sentía su asqueroso sudor. Aquella era la primera vez, también, que sentía mi olfato tan agudo.

Durante todo el camino a la enfermería no dije ninguna palabra. Tan solo me dediqué a asentir con la cabeza a sea lo que sea que me decía el profesor. Estaba demasiado ocupada como para prestar atención. Tenía muchas cosas sobre las que pensar. Estaba alejándome cada vez más de los humanos, tal como Sa-Yeon una vez me comentó que sucedería, y esto iba más allá de mis aptitudes físicas…



Estaba cambiando… Y eso me estaba asustando…

¿Había llegado el momento en que me convertiría en un verdadero yōkai [6]?




[1] 一学期: Primer trimestre
[2] 冬休み: Vacaciones de invierno
[3] 三学期: Tercer trimestre
[5] やりまん: Prostituta
[6] 妖怪: Monstruo

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