miércoles, 18 de septiembre de 2013

Tsuyu - Pasado distante - IV



IV

Entrar y pedir una habitación no fue para nada difícil, aun cuando ambos éramos menores de edad. Simplemente en el Love Hotel estaban acostumbrados. Incluso lo nuestro les debía parecer inocente –hasta podían llegar a creer que lo nuestro era un juego, yo tenía 12 y él, tal vez, 13 o 14–. Quizá a cuántos adultos habrán recibido con una colegiala como acompañante. Porque aquello era pan de cada día, a pesar de que la sociedad quisiera ignorarlo. ¡Y quiénes eran mejores para hacer oídos sordos en una situación como esta que los dueños del recinto! A la yakuza [1], por muy amables que fueran sus miembros, no le interesaba realmente quién ingresara, sino el dinero que les dejara.
Takeshi ingresó primero a la habitación y emocionado, como un niño en un parque de atracciones, se lanzó sin pensarlo sobre la inmensa cama de agua que se encontraba en el centro de la habitación. Nunca pensé que llegaría a conocer una. Yo entré tímidamente, avergonzada, sintiéndome expuesta al ver mi reflejo en cada una de las cuatro paredes. Él, en cambio, se sentía fascinado y excitado a la vez. Yo simplemente no lo entendía, aquella insana necesidad de algunos por verse –o, en el peor de los casos, grabarse– mientras incurren en ‘aquello’… Y ahora estaba aquí…
A mi pesar, y antes de lo que yo quisiera, Takeshi intentó contagiarme con su efervescencia, tomándome del brazo y tirándome sobre la cama. Mientras yo rebotaba, él se levantó y rápidamente se quitó la camisa, revelando a través de sus pectorales y abdominales que ya había empezado a trabajar su cuerpo. Luego, cuando comenzó a soltarse el cinturón, yo me preparé para hacer mi primer movimiento también. Pero Takeshi, tras dejar caer la correa y bajarse la cremallera, me detuvo mostrándome su palma diestra…

Ella se veía tan insegura bajo el umbral de la puerta que casi le creí. Pero no me debía dejar engañar, según me habían comentado, contaba con toda la experiencia que yo hubiese deseado tener. Y acá estaba yo, junto a ella, esperando aprender y deseando por fin concretar aquello que no logré en el pasado.
Esta vez no me expulsarían. No podrían hacerlo. Ya había aprendido la lección y ahora había escogido a la indicada. Esta vez no la escucharía llorar, sino gemir. Y, en esta oportunidad, no tendría que enfrentarme a la cínica desaprobación de mi padre al enterarse.
Aquella vez no alcancé a hacerlo. No pude violarla tal como lo había imaginado tantas noches en mi cama. Ella lloraba y gritaba muy fuerte. No podía creer que no le gustara lo que estábamos por hacer… Pero todo el mundo terminó enterándose. Ni siquiera había alcanzado a correrme. Los profesores a la fuerza me quitaron de encima e hicieron lo posible por calmarla, mientras cubrían su orgullo herido. ¡Ella me lo había insinuado!, repliqué mientras llamaban a mi padre y me llevaban con la directora. Una conducta inadmisible, reprochable, monstruosa, asquerosa, censurable…
La pesada palma de mi padre logró voltear mi rostro y tirarme al piso. Yo lo miré confundido, sin entender su reacción. Él no apartaba sus ojos furibundos de mí. ¿Dónde había quedado el orgullo que pensé que sentiría por mí? Aquello definitivamente no era lo que yo había imaginado… Pero él, antes que yo, lo había hecho, ¿no? Había perseguido, buscado y encontrado a una estudiante para cumplir el más oculto de sus deseos. La había tomado, quitándole su inocencia, a pesar de sus quejas… A ella le había gustado y también terminó deseándolo, por lo que siguieron frecuentándose, esta vez no ocultos en un baño, sino que en una habitación de uno de los cuantos Love Hotel que había en Tokyo.
Después de todo, así nací yo, del vientre de una estudiante seducida y del delirio de un hombre por una falda joven.
Pero yo sabía que eso no había quedado ahí. Mi madre ya había alcanzado los 30, así que ya no era atractiva a sus ojos. Había superado hace mucho aquella edad de máxima belleza, por lo que la engañaba, reuniéndose con adolescentes dispuestas a tener enjo kōsai con él. A ser acosadas, violadas, despojadas de todo vestigio de niñez que aún conservaran a cambio del dinero suficiente como para empezar a convertirse en mujeres. Mi padre, en cambio, veía cumplido su fetiche rorikon [2]. ¡Sobre cuántas se había corrido!
Se lo dije todo. Le hice ver en su cara que lo sabía. «Estoy siguiendo tus pasos», me defendí ante sus réplicas. Mi madre, en la habitación contigua, sollozaba tras haberlo escuchado todo. Él calló y, empuñando sus manos, logró refrenar sus ganas de silenciarme a golpes. Pero ya estaba todo dicho, ya estaba todo expuesto.
Ella tenía 10 y yo 13.
El grupo de abogados que contrató mi padre logró llegar a un acuerdo con la familia de ella. A mí, me habían expulsado de la escuela, pero aquello no se registraría en mi hoja de vida. Mis padres terminaron divorciándose. Él fue obligado a responder por el embarazo de una de sus adolescentes compañeras. Lo habían pillado en su propio juego. Finalmente, terminó echándome, quitándome la palabra y negándome la mirada…
Ahora estaba aquí, en Osaka, siguiendo verdaderamente sus pasos, pero sin cometer aún sus errores. Ahora solo teníamos un año de diferencia y ella estaba en la flor de su adolescencia.
A pesar de que su fingida inocencia, me excitaba de sobremanera. Estaba demasiado ansioso como para perder el tiempo con aquel juego. Solo me bastaron tres segundos para aventarla sobre la cama y para empezar a desvestirme. Ella se veía tan sensual recostada, observándome, aún confundida, tratando de comprender lo que había ocurrido y cómo es que había terminado allí. Se notaba que tenía experiencia, se veía que sabía lo que hacía. Por lo menos su cuerpo lo sabía, tal vez se lo debía a la experiencia. Su pelo desordenado, asemejando en lo posible la melena de un fiero animal. Su camisa entreabierta, dibujando un malicioso escote que me permitía reconocer aquellos pechos ocultos, agitados, aún pequeños, pero todavía en crecimiento. La blusa sobre aquella falda que, intencionalmente, había recogido para que pudiera gozar con aquellas largas piernas, pálidas, deseosas de calor y cariño. Su falda se había levantado lo suficiente como para revelar el contorno de sus glúteos, solamente afirmados por la delgada línea que sus calzones alcanzaban a formar. Todo era una sugerencia, una tentadora sugerencia. Tal vez solo me bastaría con mirarla para alcanzar el placer, mi pene ya había reaccionado y se hinchaba gozoso y deseoso, a punto de estallar y vomitar todo ese líquido que tantas veces terminó en mis manos, en las sábanas o en los pañuelos, pero que ahora acabaría en su interior.
Me quité la correa, dispuesto a liberar mis instintos. Ella se movió, quizá preparándose para lo que estaba por venir. Pero yo no quería que hiciera nada, porque era yo quien quería tener el control de la situación, a pesar de que aún fuera virgen y esta fuese mi primera vez –en que lo fuese a concretar–, por eso la detuve. Yo sería quien la desvestiría, yo le quitaría sus calzones y lamería sus piernas hasta llegar a sus pies, donde chuparía cada uno de sus dedos y besaría cada una de sus uñas perfectas. Luego, lentamente terminaría de desabotonar lo que había dejado para mí y, así, podría oler el dulce aroma de sus pechos bajo el sostén. Besaría su cuello tembloroso ante las caricias y mordería sus lóbulos carnosos mientras me ahogo con su perfumado cabello. Tal vez la besaría, metiendo mi lengua entre sus dientes. Pero yo quería otra cosa, había otra cosa que me apremiaba: Sentirme bajo su falda, sentir aquello que todavía permanecía oculto a mis ojos, eso realmente me excitaba. Saber que bajo aquel tableado la llenaría. Me metería dentro de ella tantas veces y tan fuerte que gritaría deseándome más y más.
Me apoyé en la cama para quitarme los calzoncillos, rozando su helado muslo, y sentí sus vellos excitados. Le sonreí, diciéndole amablemente, por primera vez, que ya faltaba poco. Ella, solo me abrazó…

La sangre corrió por mi cuerpo. Su miembro, aún rígido, se mantuvo rosando mi entrepierna, botando todo aquello que había estado reteniendo. Me dio asco sentir aquella viscosidad calentar mis muslos. Tenía que salir de ahí.
Su rostro continuaba impávido, perdido entre la alegría de mi abrazo y la sorpresa del dolor. Mis uñas volvieron a sangrar tras desgarrar mis cutículas. El líquido recorrió todo el camino hasta atravesar la tráquea de Takeshi. Solo bastó con mi diestra para engarzarlo con mis encantos. Él me había buscado y, sin saberlo, se había encontrado con mi verdadero yo. Porque yo no había nacido para volverme una víctima…
En los últimos minutos de su vida, mientras aún le quedaba oxígeno, ¿habrá podido recapacitar sobre su vida?
Ahora, sin esfuerzo, contraje mis garras, dejando libre su cuello. Takeshi se desplomó sobre mí, al tiempo que expelía sangre a borbotones. Pronto, todo dejó de parecerme claro, las formas se difuminaron bajo el homogéneo manto rojo que las cubría. Su cabeza cayó junto a la mía, bocabajo, hundiéndose en el edredón. «Yukionna [3]…», balbuceó sonriendo con su último aliento. «No», le repliqué, «soy peor que eso». Pero un yōkai al fin y al cabo.
No quise levantarme de la cama, a pesar de que el cadáver yacía a mi lado. No lo haría hasta que no encontrara una forma de explicar todo esto… o de limpiarlo… o de ocultarlo… Mi corazón palpitaba rápido, aún excitado por lo que acababa de hacer. Debo admitir que tuve miedo y que mis manos todavía continuaban temblando. Nunca pensé que llegaría a hacer esto; tener que destruir la humanidad que creí que me pertenecía para liberar aquel lado animal que siempre había conseguido tener a raya. No estaba orgullosa de lo que había hecho, pero Takeshi no me había dejado otra alternativa. Un nudo se había formado en mi garganta, pero no quería que las lágrimas aliviaran mi dolor. Me rehusaba a llorar, solo quería sentir el terror que me estaba embargando… Es cierto, yo no había nacido para convertirme en una víctima, pero tampoco deseaba convertirme en una asesina. Y lo había hecho… Lo había asesinado… con mis propias manos… sin titubear ni un segundo… todo pensado con premeditación desde el momento mismo en que me di cuenta que me estaba siguiendo…
Estaba manchada, yo misma había mancillado mi cuerpo. Pero, extrañamente, me sentía cómoda, un dejo de nostalgia se había apoderado de mí. Era un sinsentido, algo completamente retorcido cuando lo pienso. Yo, rodeada por toda esa sangre, cubierta por la misma que incluso resbalaba por los espejos. Entonces, simplemente debía dejar de pensar y empezar a sentir. Las aletas de mi nariz no tardaron en ceder ante la vaharada de aire que inspiré, había algo en el ambiente que estaba despertando mis instintos. Alcé mi torso, hasta quedar sentada en la cama y seguí buscando aquello que había robado completamente mi atención. Aunque no sabía qué era lo que estaba buscando, parecía ser algo que me era familiar.
Después de dar unas cuantas vueltas sobre la cama, entendí que por más que buscara, no hallaría aquello que me había despertado. Pero, sin embargo, lo sentía, lo podía oler, cerca, muy cerca. Esto me estaba irritando. Desesperada, por no encontrar eso que no conocía, pero que se había convertido en mi obsesión, cerré los ojos, tratando de imaginarlo, para tener una idea de lo que estaba buscando. ¡Funcionó! En mi mente lo vi. Mas, al volver a abrir los párpados, la luz desvaneció la imagen, así como el recuerdo de esta. Volví a repetir el ejercicio, una y otra vez, pero el resultado siempre fue el mismo. No podía verlo, pero sí sentirlo…
Sentirlo… solo podía sentirlo… Di vueltas la habitación, pero no encontré nada que se asemejara a la vaga idea que tenía de lo que estaba buscando. Estaba agitada, exasperada por no lograr resolver aquel misterio. Necesitaba aquello, sabía que lo necesitaba… aquella sobrecogedora fuente de nostalgia. Quería sentir más profundamente aquel calor que empezaba a acumularse en mi pecho… Quería sentirlo…
Sentir…
¡Esa era la respuesta!
Debía sentir, no ver… Debía encontrar, no buscar… Debía conocer, no descubrir… Debía dejarme llevar por mis sentidos, no tratar de buscar una explicación… La visión me estaba nublando, en cambio el olfato trataba de guiarme… ¡Eso era! Volví a refugiarme en la oscuridad, tanteando a ciegas aquello que ahora veía tan claro. Sin demasiado esfuerzo, luego de un par de segundos, lo encontré. Pero estaba oculto, algo me impedía asirlo. Aun así, no renunciaría a ello, haría lo imposible por conseguirlo. Escarbé con mis propias manos, abriéndome paso con total desenfreno hacia aquel preciado objeto. Pronto estaría en mis manos y me podría volver a sentir tranquila y, entonces…, lo mordería… ¡Sí!, lo probaría, porque eso es lo que realmente quería hacer, por eso lo había estado buscando, ¿no? La boca se me hacía agua.
Cuando por fin lo tuve en mis manos, no pude esperar más, las ansias se apoderaron de mí y lo llevé directamente a mi boca. Lo mordí, masqué, trituré y tragué, una, dos, tres veces, completamente extasiada. Era un placer que nunca antes había conocido…
Pero mi ensoñación no duró tanto como hubiese querido. Volví a abrir de sobresalto mis ojos al escuchar el timbre de mi móvil. La realidad me había vuelto a golpear con la cruda escena que había pintado. El lienzo todavía continuaba fresco. Aunque ahora todo sería más sencillo gracias a esto que había encontrado. Tomé mi teléfono, porque la melodía ya empezaba a parecerme un ruido ensordecedor. Traté de limpiar la sangre de la pantalla para leer el nombre que ya había adivinado. Mi madre me había encontrado.


[1] ヤクザ: Crimen organizado japonés
[2] ロリコ: Preferencia sexual hacia las adolescentes
[3]雪女: Mujer de la nieve

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