jueves, 12 de septiembre de 2013

Tsuyu - Prólogo



Prólogo


Aquella mañana hizo frío, incluso hoy lo recuerdo. Pero no estaba tan helado como cualquier otro día de Diciembre. Días anteriores había llovido hasta terminar de drenarse por completo las nubes, pero ya había cesado. Ni siquiera había nevado, a pesar de que faltaban solo un par de semanas para Navidad. Indudablemente aquel día hizo frío y, a pesar de que ya no llovía, la vegetación, las calles y las techumbres habían amanecido mojadas, cubiertas por aquel rocío madrugador que insistentemente trataba de no resbalar y perderse en la delicada precipitación. Era una mañana helada y húmeda, si mal no recuerdo, aunque puede ser que realmente no lo fuera, pues es lo que me han contado, ya que yo era demasiado pequeña como para saberlo. Aunque siento que lo recuerdo, aquella helada sensación recorriendo mi cuerpo, estremeciéndome… Pero no recuerdo el olor de la humedad por más que intento hacer memoria, sino que es otro el aroma que regresa a mí cada vez que escudriño en mis recuerdos; uno que me estimula y, a la vez, me repugna… Sí, recuerdo aquel olor como si hubiese ocurrido ayer. De alguna manera tuvo que haberse impregnado en mi piel como una forma de recordarme eternamente lo que hice sin saber y lo que conseguí sin desearlo. Aquel es el primer recuerdo que tengo de vida, es más, proviene de mis primeros días de existencia, cuando solo podía comunicarme a través del llanto…

Estoy completamente segura de que aquella mañana hizo frío… Aunque fue solo por un instante…

No sé si sea cierto que la humedad de aquel día fuera producto del rocío, pero de lo que sí puedo dar fe es que aquella humedad que sentí sobre mí me ayudó a entrar en calor…

Y sí, aquel fue uno de los momentos más importantes de mi vida, pues moldearía lo que soy ahora. Yo no lo escogí, pero tarde o temprano terminaría haciéndolo…

A pesar de que en el exterior las hojas de los árboles reverdecían por el suave contacto del rocío, no fue el aroma de la naturaleza mojada el primero que reconoció mi olfato, sino que las circunstancias hicieron que fuera otro el olor que se grabara para siempre en mi mente…

… porque mi primer recuerdo de niñez

es el olor de la sangre… 





Sus manos temblorosas aquella noche terminaron con el ritual. No dejó que las lágrimas entorpecieran su visión y nublaran sus movimientos, debía hacerlo, ¡a pesar de que doliera tanto!

Ella sabía que tarde o temprano debía ocurrir. Siempre era así. El verdadero amor no cabía en nuestras vidas, no era más que una excusa para conseguir algo más grande y trascendente. Ahora lo entiendo, ahora lo veo, pero cuando ella me lo contó y trató de explicar por primera vez, la odié, sentí repulsión hacia su persona y hacia lo que había hecho; incluso me odié a mí misma, culpándome absurdamente por haber sido tan pequeña, dócil e indefensa como para oponerme al desenlace de la ceremonia.

Sus dedos temerosos hurgaron, abriéndose paso hasta hallar aquel suculento manjar que a ella le estaba vedado. “Solo es una vez”, me había dicho. “Solo es posible probarlo una vez, de lo contrario se volverá adictivo hasta enloquecer”. Ella lo sabía, porque lo había vivido. Su abuela, mi bisabuela, había perdido completamente la razón cuando lo probó por segunda vez. Con una es más que suficiente… Eso lo tenía claro, además, el solo pensarlo me alejaba de tan solo intentarlo, me daban náuseas. Quizá servía el no recordar su sabor, porque era demasiado pequeña… era lo más pequeña que podía llegar a ser…  

Pero mi madre titubeó. Ella lo había probado cuando ya era consciente de sus actos. Por eso, cuando lo tuvo entre sus manos, sintió que se le hacía agua la boca y se le erizaban cada uno de sus cabellos, atentos y deseosos de sentir aquel contacto con el paladar. Solo se detuvo al sentir la pesada mirada de la shāman sobre ella, eso la hizo entrar en razón. Sa-Yeon se llamaba la mujer, era coreana, y le ordenó que terminara de una vez con lo que estaba haciendo antes de que saliera el Sol.

Casi temblando, completamente insegura de lo que estaba por hacer, ya olvidando el sentido de toda aquella ceremonia, guiada solo por la inercia del movimiento, depositó en mis inocentes labios aquello que no quería soltar. Sa-Yeon apresuró su vacilación, presionando con la fuerza necesaria como para que aquel órgano se abriera paso en mi boca, rozando mis castas encías y humedeciendo mi delicada lengua. El efecto fue inmediato, mi llanto cesó y mi neonato cuerpo reaccionó a aquel primer estímulo. Sin si quiera saber lo que debía hacer, empecé a sorber el espeso líquido que expelía aquello que habían introducido entre mis labios. Con mis tiernas manitas lo aferré, deseando que no huyera. Aún no tenía dientes, pero eso no importó, no tenía que morder, pues aquel alimento se deshacía con la sola succión de mi lengua.

Sa-Yeon tuvo que retener a mi madre, que semiconsciente se debatía entre abalanzarse sobre mí para quitarme aquel aperitivo o esperar a que todo quedara consumado. En aquel momento quizá debí entender su sentir, a pesar de que recién estaba conociendo el mundo, pero ahora que lo imagino me cuesta mucho comprender aquella desesperación.

El solo hecho de pensarlo… El solo hecho de recrear aquella imagen que yo no vi, pero que protagonicé y que conocí a través de sus palabras y las de Sa-Yeon... La imagen debió ser grotesca, incluso más perturbadora de lo que me parece ahora. La sola idea del rito… La sola idea de los procedimientos…

Mi madre dando a luz…

Sa-Yeon recibiendo a la recién nacida… Dándome la bienvenida a este mundo…

El cordón umbilical que se corta…

Mi padre que ingresa en la habitación al escuchar mi primer llanto…

Pero nuestro lazo no se corta, es otro el que deja de existir…

El ahogado y sorpresivo grito de mi padre… La sangre que emana, fluye, pero no solo por su boca, sino también por su pecho…

Las agudas zarpas de mi madre se abren paso en su interior, no lo suelta, no lo deja aun cuando se precipita con violencia contra el piso…

Su respiración agitada cuando extrae aquel sanguinolento órgano, caliente y suculento…

Su deseo luchando contra su débil voluntad. Es un animal, en el fondo lo es, no es difícil que pierda la razón…

Pero aquello debe hacerse, es ahora o nunca, no hay más oportunidades y es por mí que lo está haciendo…

Introducen el hígado en mi diminuta boca, pero a pesar de ser tan grande, se vuelve tan pequeño, desapareciendo, siendo ahora parte de mí…

Mi cuerpo aún cubierto por el líquido amniótico, aún con restos del cordón umbilical, ahora manchado con la sangre de mi padre que fue sacrificado por mi bienestar. Yo, siendo tan pequeña, he sido cómplice de un crimen tan sádico y perturbador… Y al parecer lo disfruto, me atraganto con la sangre, como si se tratara de mi primera vez probando la leche materna, y devoro aquel órgano, como si fuera algo que yo misma hubiese estado esperando…

Y así el rito fue consumado.

A pesar de arrepentirme día tras día por lo que había sido obligada a hacer, entendía la importancia de aquello. Primero, servía para marcar la diferencia, posicionándome como una depredadora y destinando a todos los demás al papel de presa. Segundo, me rescataba de aquella maldición a la que hubiese estado condenada por ser un monstruo… un producto de una mezcla impensada pero recurrente… un híbrido… Hija de un humano… Hija de una zorra… Un monstruo, un completo monstruo con todas las de la ley… Pero gracias a aquel enfermizo rito me daban la oportunidad de ocultar mi verdadera naturaleza, adoptando un disfraz que me dejaría transitar entre la tierra sin llamar la atención: Me había ayudado a mantener una forma humana de por vida…

Quizá solo la luz de luna sea la que pueda revelar, algún día, mi verdadera identidad y me recuerde que en el fondo sigo siendo una kyūbi no kitsune[1], una zorra cuyas nueve colas brillarán con intensidad bajo sus destellos.

Mi madre, hace unos cuantos años, cuando cumplió los mil años de edad también se alimentó con el hígado de un hombre al que una vez amó, antes de conocer a mi padre. Pero en su caso fue diferente, pues ella es una kitsune pura, un espíritu zorro que pudo haber llegado a vivir eternamente, pero que por mero capricho y envidia hacia los humanos quiso tener una vida como ellos, para siempre, sin preocuparse de que alguna vez su camuflaje se fuera a desvanecer. Yo, en cambio, no contaba con esa posibilidad, no podía hacerlo solo por capricho, era menester que lo hiciera. Mi naturaleza híbrida no admitía demoras, debía consumir aquel órgano bajo el manto de la oscuridad, cuando soltara el primer llanto de desahogo, pues, de lo contrario, estaría condenada a transformarme en una zorra a medida que fuera creciendo, como una involución. Y aunque viviera todos los años que me estuvieran permitidos, jamás podría volver a ser mujer… Jamás…       

Debía ser el hígado de un hombre que me amase, ¿y quién mejor que mi padre?

Evidentemente mi madre sabía que esta historia terminaría así, que mi padre no se convertiría más que en un tributo para mí. Lo supo, siempre lo supo, incluso cuando decidió embarazarse. Ese siempre debió ser su objetivo, por eso es que no creo en sus palabras cuando me dice que lo amaba… Pues, si ese fuese el caso, no lo habría sacrificado para tenerme…

Así es nuestra vida. A eso estamos condenadas, a ver la familia y el amor como palabras opuestas, como situaciones no conciliables. Por eso, yo prefiero no enamorarme, no pensar en hombres que puedan robar mi corazón inútilmente, pues sé que terminaría rompiendo mi corazón el saber que él quiere formar algo más conmigo… Y yo no podría ser tan fría como mi madre… No, eso jamás…

Lo único que agradezco es que ya no necesite otro hígado de alguien que me ame…

¿Y si fuera el de alguien que jamás he visto? Solo para probar… Pero la demencia…

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