sábado, 12 de octubre de 2013

Tsuyu - Pasado - II



II

Habíamos decidido que dejaría de asistir a la escuela, pero que no la abandonaría, después de todo, solo quedaba un trimestre para graduarme. Mi madre, tras saber cómo me habían aislado mis compañeros, arregló todo en el establecimiento para que solo tuviese que asistir a rendir los exámenes finales. Durante el tiempo que restaba estudiaría en casa con la ayuda de un par de tutores que había contratado. Ellos estarían allí para resolver todas las dudas que tuviese y para ayudarme, de alguna manera. Aunque tal vez la ‘manera’ no fue la más apropiada para ellos.
Aquel fue el primer indicio y el único necesario para que se encendiera la luz roja. Ni siquiera yo fui capaz de adivinar en qué momento había ocurrido, pero el grito de mi madre, al llegar a casa, fue suficiente como para sacarme del trance. Los cuerpos yacían en el piso, uno en el genkan, sobre mis zapatillas, y el otro en el comedor, donde yo me encontraba. Mis manos estaban manchadas con sangre y entre mis dedos aún quedaban restos de tejido de lo que parecía ser el hígado de una de las víctimas. Mi cabeza dolía, imágenes inconexas intentaban narrarme el incidente, aunque solo consiguieran explicarme un fragmento. Aquel día ambos tutores venían a mi hogar, aunque en diferentes horarios. Al primero debí asesinarlo mientras trataba de enseñarme y, al segundo, a los pocos instantes de ingresar a la casa, cuando sus ojos se toparon con el cadáver al final del pasillo.
Aterrada, grité. Pero no fue descubrir lo que había hecho lo que me hizo reaccionar así, sino que estaba aterrorizada porque en algún momento preví que esto llegaría a ocurrir. Pensamientos azarosos afloraban en mi cabeza cada vez que escuchaba sus voces… tal vez si seguían hablando podría hilvanar aquellas ideas, por eso tendía a hacer preguntas innecesarias, a pesar de conocer las respuestas. Ecos provenientes de los más oscuros recovecos de mi mente me incitaban a realizar algo que no entendía. Al inicio tan solo parecían suaves susurros incomprensibles. Voces impenetrables, únicamente capaces de acceder a mi subconsciente. Murmullos que se vuelven vociferaciones y que logran abrirse paso por el umbral de la conciencia. Palabras que adquieren forma y significados que buscan asociaciones con mis recuerdos, motivando y acelerando el estímulo necesario para que, aun cuando sea una sugerencia sorda, mis instintos la acaten como una orden absoluta. Luego, la misandria se vuelve demencia y la demencia se convierte en brutalidad.     
Pero, después de aquello, mi madre no me encerró, sino que comprendió que había sido ella quien había cometido un error. Sin embargo, no solo ella lo había hecho. Debimos haber considerado lo que decía la leyenda, después de todo, nuestra propia existencia resultaba ser algo legendario. E, incluso, nosotras lo sabíamos, no éramos tan benevolentes como nos pensaban aquí. No, para nada. No nos parecíamos a esos kitsune que decían que protegían a los niños extraviados en los bosques. No. Nuestra especie era mucho más egoísta. En cierta medida, nos asemejábamos a como nos retrataban en Corea. Es más, si yo misma tuviese que describirme con una palabra, gumiho sería la indicada, porque eso éramos, zorras que, envidiosas de los humanos, queríamos obtener sus formas y vivir nuestras vidas como ellos, descubriendo aquel placer que nos era desconocido como animales. Y, por sobre todo, dispuestas a arrebatarles la vida con tal de conseguir nuestro propósito: Un hígado a cambio de nuestra felicidad.
Aun así, el hecho de que necesitásemos de un hígado de un humano macho, no era sinónimo de que los odiásemos. Eso era un problema mío. De hecho, para algunas estar con un hombre tenía el mismo efecto que el más fuerte de los afrodisiacos para los humanos, por eso después les dolía tanto desprenderse de sus parejas cuando debían asesinarlos para conseguir una verdadera vida como mujer. Yo simplemente no lo podía entender, por más que me lo explicaran no lo lograba captar, ni ahora, ni en el futuro cuando lo consiguiera presenciar.


Nos iríamos del país. Esa parecía ser la solución perfecta para nosotras. Si esto continuaba así, mi descontrol terminaría dejando cabos que mi madre no podría amarrar. Necesitábamos ayuda y aquí estábamos solas.
Mizuki-san [1], una amiga de la familia, por lo que sabía, kitsune también, que hacía bastante tiempo que vivía en Corea del Sur, le había ofrecido ayuda a mi madre para que emigrásemos a ese país. Ella, tras meditar la propuesta durante un par de días, aceptó, pues parecía la solución más efectiva. Por lo que me había contado, muchos de nuestra especie hacía tiempo que ya habían abandonado el país, dirigiéndose a Corea, China, Singapur, Tailandia, etc., pero nunca más allá del sudeste asiático y de Asia oriental, ya que se dice que junto al hombre blanco camina el lobo.
En cierta medida, a mí me excitaba la idea de viajar, pues se presentaba como la mejor oportunidad para comenzar de nuevo. Era imposible que aquella mala fama que me había ganado injustamente me pudiese seguir más allá del mar de Japón –o ahora debería empezar a llamarlo mar de Oriente, como sea.
Pero el traslado no podía ser inmediato. Existían muchas cosas que se debían arreglar antes de partir. Mi madre no podía llegar e irse de la empresa, considerando que ella era la presidenta. Debía dejar a alguien al frente, inventar excusas y convencer a los accionistas acerca de la importancia de expandirse a otros mercados. Y ella, indudablemente, debía ser quien pusiera las primeras piedras para asegurar el éxito. Todo sería pan comido, la persuasión no era algo ajeno para una zorra.
Antes de partir, nada podía quedar inconcluso, ni siquiera mi educación. Por eso, mi madre me consiguió un nuevo tutor para que lograra concentrarme en este aspecto y me graduara de la shōga-kkō. Aunque esta vez no incurriría en el mismo error que antes. Eso sí, le había costado conseguirlo, pero, al final, el cariño siempre es más fuerte. Sa-Yeon aceptó regresar a nuestra casa por el tiempo que restaba hasta que nos mudáramos definitivamente. Ella era la maestra perfecta, ella podría instruirme en cualquier aspecto necesario, no solo en lo concerniente al conocimiento humano, sino que, además, sería capaz de contenerme y de vigilarme. Esto último lo adoraba.
Solo asistí a la escuela para rendir los exámenes finales. Ninguno de mis compañeros se preocupó de preguntarme acerca de mi prolongada ausencia. Los docentes, en cambio, sabían que había escogido el autoestudio, pero, al parecer no quisieron saber mucho más. Durante aquellos días fui un verdadero fantasma, nadie quiso notar mi presencia. Pero, de alguna manera, era lo mejor, pues disminuían las posibilidades de que ocurriese ‘un accidente’. Aunque debo señalar que en ningún momento me sentí sola, Sa-Yeon estaba allí, acompañándome. Cada vez que miraba a través de la ventana del salón la podía ver, descansaba sobre una de las ramas del sugi [2] que vigilaba el edificio en el exterior. Había adoptado la forma que más le gustaba, una hermosa lechuza blanca, un disfraz perfecto para vigilarme sin llamar la atención. Y, cuando yo volvía a clases, simplemente rompía aquella ilusión y volvía a caminar junto a mí.
Los exámenes no me parecieron para nada difíciles, estaba completamente segura de mis respuestas y podría asegurar que estaría dentro de los diez primeros lugares. Aunque eso a nadie le importaría e, incluso, podrían llegar a preguntarse quién era esa tal Tsuyu que aparecía en el boletín con los resultados. Pero, dejando de lado lo académico, tal vez lo que más me costó fue, primero, dar el primer paso dentro de la sala cuando empezaron los exámenes y, segundo, enfrentarme con el puesto de Takeshi completamente vacío. Y no es porque lo extrañara, para nada, sino que todo lo contrario, me causaba repulsión recordar que estuvo allí, a unos cuantos metros de mí durante casi un año. Lo continuaba odiando y él me continuaba persiguiendo, aun después de muerto…

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