sábado, 26 de octubre de 2013

Tsuyu - Pasado - IV



IV

A pesar de que aquella reputación que me habían impuesto no cruzó el mar conmigo, las cosas no estaban funcionando como yo lo había pensado. Tenía una segunda oportunidad, ahora se supone que podría hacerme aquel espacio entre los humanos que en Japón me fue vedado. Renacería. Por eso había decidido adoptar un nombre acorde a lo que me esperaba por vivir. Seul-Yi. Aun cuando el significado fuese similar.
Si bien era cierto que yo había llegado dos meses después a clases, todos seguíamos siendo nuevos, en algún sentido. Nuestro primer año de jung hakgyo… Se supone que debíamos hacer amigos que nos acompañaran durante estos tres años antes de decidir a qué godeung hakgyo [1] asistiríamos. Todos parecían tener claro eso y se notaba, especialmente durante la hora de almuerzo, donde los grupos se reunían para conversar, ponerse al día o planificar sesiones de estudio en grupo. Yo, en cambio, solo me podía limitar a observar cómo interactuaban. Estaba recluida en mi esquina, como un animal que hubiese hecho algo malo.
Pero aquí las cosas funcionaron diferente. No hubo acoso, simplemente trataron de ignorarme, aunque les resultó difícil, ya que les costaba sortear mi presencia. Aquellos cambios que habían empezado a operar en mí provocaban que, inconscientemente, para nadie pasara desapercibida.
Debo admitir que parte de lo que estaba ocurriendo era mi culpa. De algún modo, un mecanismo de defensa que no comprendía se había erigido en mi interior y, cada vez que alguien se me acercaba para conversar, este se activaba, repeliendo a todo aquel que osase entrar en mi perímetro. Pero este verdadero muro que se levantaba actuaba diferente si se trataba de un hombre o una mujer. ¿Cómo había deducido esto? Porque podía escuchar sus conversaciones. A las mujeres les daba envidia, pues me veían diferente y me creían hermosa. A los hombres les daba miedo, puesto que, según ellos, cuando los miraba fijamente a los ojos se les paralizaba el corazón. Lo segundo lo entendía, ya que, aunque me condenara a la eterna soledad, nunca los dejaría entrar en mi vida. En cambio, la perspectiva femenina me parecía surreal. ¿Estar celosas? ¿De mí?
Tal vez había llegado la hora de actuar, porque no estaba dispuesta a dejar que esto siguiera el curso que estaba llevando. Quizá un cambio de nombre no fue suficiente y debía hacer algo más. ¿Cambiarme a mí?
Pensé y pensé en cómo podría hacer eso. Repasé una y otra vez miles de planes para conseguirlo y, así, no terminar aislada nuevamente por tres años. Finalmente, la respuesta llegó producto de la desesperación. Ni siquiera lo había planeado para que resultara, sino que tan solo lo había hecho en un arrebato para demostrarles que no era exactamente como me estaban construyendo.


Ocurrió en diciembre, cuando las vacaciones de invierno estaban a la vuelta de la esquina. Ese día me había quedado dormida y, sin quererlo, llegué a la sala cuando la clase estaba por comenzar. Entré por la del fondo, ya que era la más cercana a las escaleras. El profesor no me vio, porque estaba concentrado escribiendo algo en la pizarra. Caminé rápidamente hasta mi puesto en la esquina y extrañamente percibí cómo todos habían dejado de luchar contra la curiosidad y volvían a colocar sus ojos en mí. Déjà vu. Era como si volviese a vivir el primer día de clases, aunque eso no podía ser así. El calendario de la pared lo indicaba claramente, 3 de diciembre.
Recorrí la sala, observando todos aquellos rostros que miraban en mi dirección. ¿Había hecho algo malo? Pues, si no era así, no entendía por qué, de repente, habían roto aquel pacto implícito de no tomarme en cuenta. Solo cuando el profesor pareció que explicaba algo importante dándonos la espalda, todos volvieron a su posición habitual.
–¿Qué sucede? –murmuré, intentando encontrar una explicación a aquella anomalía.
Creo que no alcanzaron ni a pasar quince segundos cuando escuché de improviso un grito que remeció a toda el aula:
–¡¡Seul-Yi!! –me nombraron. Salté en mi puesto, con una mezcla de sorpresa y miedo. Como yo, todos buscaron rápidamente a aquella que se mantenía en pie apuntándome.
–¡¡Es Seul-Yi!! –repitió anonadada.
Tras eso, todos los rostros volvieron a posarse sobre mí. Exclamaciones de asombro llenaron la sala, acompañados de cuchicheos y unos cuantos daebak recordándome nuevamente el primer día de clases. Pero esta vez podía percibir algo diferente en el ambiente, todo, de alguna forma, había cambiado.
El profesor, sin hacer ruido, se acercó hacia aquella chica que seguía en pie con su índice aún extendido hacia mí. Yo, tras entender que gracias a aquella inocente reacción ahora sí podría disfrutar de una segunda oportunidad, alcancé a dedicarle una sonrisa antes de que nuestro tutor le pegara con el libro en la cabeza.
–Deja de distraer a la clase y siéntate de una vez, Yeong-Mi –la increpó–. Durante el recreo podrás hablar con tu amiga, pero ahora atiende a la lección.
Miane [2]… –se disculpó ella sollozando. Luego, se volvió a sentar mientras se sobaba la cabeza.
Chingu [3], una palabra que jamás pensé que podría asociar conmigo, pero que ahora se presentaba como una luz llena de esperanza. La clase de matemática nunca me había parecido tan larga, como aquella vez. Me sentía ansiosa por descubrir qué ocurriría cuando el timbre marcara el receso.


Y la espera no fue en vano. Yeong-Mi fue la primera en acercarse a mí. Aún parecía asombrada por lo que veían sus ojos. Al principio balbuceó, no consiguiendo formar las frases que tenía en mente. No podía concentrase en dos cosas, su mente estaba demasiado ocupada escrutándome. Le hice un gesto amigable para que se sentara a mi lado y se tranquilizara. Ella, tímidamente accedió y movió una silla cercana. Respiró profundo y por fin pudo formular aquella pregunta que no solo ella se moría por realizar.
–¿Por qué cambiaste de apariencia?
Antes de que ella terminara de hablar, me percaté que muchos de mis compañeros se voltearon levemente hacia nosotras, evidenciado sus deseos por escuchar mi respuesta. Estaba claro que nadie parecía entender por qué, de un momento a otro, había decidido cortar tan drásticamente mi larga y cuidada cabellera. Ahora el pelo solo me llegaba hasta el mentón. Lo único que dejé intacto fue mi flequillo.
–La verdad, no estoy segura –le afirmé–. Pero si tuviera que buscar una explicación sería para que se fijaran en mí –dije sinceramente.
–Pero tu cabello era tan hermoso… –aseguró.
–Pues valió la pena el sacrificio –sonreí.
–¿De verdad? –preguntó curiosa.
–Así es –asentí con la cabeza–, porque gracias a ello estoy hablando contigo –sin apenas pensarlo, me atreví a tocar suavemente su frente con mi índice. Ella se ruborizó y desvió la mirada.
Mientras conversábamos, pude escuchar mi nombre en la voz de varios de mis compañeros que continuaban reunidos en los grupos de siempre. Elogios por mi nueva imagen y alabanzas por mi valentía eran algunas de las cosas que podía oír.
–¿Ahora puedo hacerte yo una pregunta a ti?
Yeong-Mi asintió sin apenas mirarme, aún con su rostro encendido.
–¿Por qué todos rehúyen de mí? –le pregunté.
–Porque, de alguna manera, te temen –me aseguró.
–¿Por qué? –insistí, esperando conocer el motivo.
–Porque eres demasiado hermosa –respondió tímidamente– Tu belleza es irreal, es como si hubieses huido de un cuento de hadas. Tu piel, blanca como la nata, y tu larga cabellera castaña contrastaban de una manera única, como si tu cuerpo pudiese brillar.
Sonreí impresionada por la irónica idea de que aquello fuera la causa de todo esto. En otras circunstancias, aquella belleza que Yeong-Mi decía que afloraba por mi piel sería nuestra mejor arma, como kitsune, para engañar y embaucar a los humanos. Pero ahora no funcionaba, los alejaba. En cuanto a los hombres, ya lo entendía y no me importaba, pero en relación a mis compañeras, me extrañaba, ¿será que por su edad, cuando están en plena transición a convertirse en verdaderas mujeres, les molestaba porque inconscientemente se sentían en desventaja? Podía ser eso. Nuestro sexto sentido a veces daba miedo.
–Pero ahora te ves normal –continuó Yeong-Mi–. Incluso te ves más amigable –sonrió–. Ahora estoy segura de que no me vas a comer –se burló.
Me tomó un tiempo antes de reírme con ella por su ocurrencia, ya que, sin que ella lo supiera, aquello podría haber realmente sucedido.
Desde ese día, poco a poco, me fui transformando en una integrante más de la clase. Los amigos que Yeong-Mi se empezaron a acercar a mí para conversarme, saciando toda aquella curiosidad que habían mantenido retenida. Me preguntaron acerca de mi país, de mi ciudad de origen y quisieron volver a confirmar la razón de mi cambio de look. Todas aquellas inquietudes las respondí sin chistar, solo rehuí cuando trataban de adivinar mi verdadero nombre. A nadie se lo quise decir, ni siquiera a Yeong-Mi que se había convertido en mi mejor amiga. Quería que todos me llamaran Seul-Yi, pues solo así me ayudarían a confirmar esta nueva personalidad que estaba creando, así como esta nueva vida y el nuevo futuro que se perfilaba.
Entre esas conversaciones, aprendí también que era muy diferente aprender un idioma a vivirlo, porque existían muchos usos que yo no conocía, frases y refranes que no tenían ningún sentido para mí, pero que eran habituales en la práctica. A veces se burlaban de mí, diciéndome que parecía un manual o diccionario cuando hablaba.
Incluso intercambié palabras con mis compañeros, pues, para mi sorpresa, aquella sed de sangre se había calmado. Yo estaba segura que esto se debía a la presencia de Yeong-Mi, ya que su mirada y sosegada respiración ayudaban a calmarme, recordándome que no solo era un yōkai, sino también una persona. Con el pasar del tiempo, ella dejó de ser mi amiga, para convertirse en mi Eonni [4] –porque yo era menor–. Pero incluso yo sabía que era mucho más que eso, era alguien indispensable en mi vida. Sin quererlo, se volvió la única vaina capaz de ocultar mis agudas zarpas.


[1] 고등학교: Escuela Secundaria Superior
[2]미안해: Lo siento (informal)
[3] 친구: amigo(a)
[4] 언니: Nombre usado por una mujer para referirse a otra mayor a ella.

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