domingo, 6 de octubre de 2013

Tusyu - Pasado - I



Segunda parte:
過去
Pasado

I

De alguna forma u otra, me había vuelto loca. Pero mi demencia no se parecía en nada a lo que había imaginado cuando me hablaron de mi bisabuela, la primera de una familia de kitsune en comprobar que todas esas leyendas que se contaban eran ciertas. ¿Hace cuánto pudo haber pasado? Cuando los hombres asentaban sus primeras civilizaciones, ¿tal vez? Como sea… El caso es que ella fue la primera en probarlo, así como fue la primera en degustarlo por segunda vez y perder por completo la cordura. La verdad es que yo imaginaba que todo esto sería diferente, que perdería por completo la razón y que no sabría distinguir lo que se encontrara frente a mis ojos. Pero aquí estaba, pensando lógicamente sobre esto, analizándolo racionalmente.
Mi madre, al parecer, había tenido el mismo miedo que yo. Por eso mismo me mantuvo cautiva unos cuantos días en mi habitación, temiendo que me convirtiera en algo que fuera capaz de destruir todo lo que ella había construido hasta entonces. Temor, este último, que inevitablemente compartíamos, porque, si así ocurriese, el sacrificio que debí perpetuar en mis primeros días de vida hubiese sido en vano.
Luego, tan solo dejó de dejarme la comida en la entrada e ingresó a mi habitación. Allí estaba yo, sentada tranquilamente en mi escritorio, observándola. Intercambiamos un tibio saludo y, después, mientras yo comía, ella se dejó llevar la su curiosidad y empezamos a conversar. Me preguntó y le conté todo aquello que no pude precisar por medio del teléfono. Ella se aseguraba de entender a cabalidad el verdadero motor de mi acción. Pero, inevitablemente, llegamos a un punto muerto, no tenía cómo justificar lo que le había hecho a Takeshi después de muerto.
Le expliqué, me excusé, sollocé y lloré todo lo que me había angustiado. No sabía si ella lo comprendería, pero, con lo limitadas que pueden resultar las palabras para expresar una sensación, quería que ella fuera capaz de entender aquella nostalgia que había despertado en mí aquel aroma. Antes no hubiese sido capaz de sentirlo, pero todo había sido desencadenado por mi verdadero despertar a mi naturaleza de yōkai. En ese entonces me pareció realmente placentero, pero ahora, mientras lo describía, me resultaba tan grotesco que las arcadas no tardaron en devolver lo poco que había ingerido mientras platicábamos.
Mi madre se abalanzó sobre mí, estrechándome entre sus brazos, sin darme tiempo para limpiarme. “Perdón”, le susurré tímidamente. “Lo siento”, murmuró de vuelta con el mismo tono. Nos mantuvimos así, entrelazadas por aquel cariño que nunca estuvo latente, sino que siempre se mantuvo patente. Y lloramos, comprendiéndonos, porque esto, lo que me sucedía, para ambas era nuevo. Y también reímos, porque sabíamos que podríamos salir adelante, después de todo, había demostrado que no estaba loca.


Cuando decimos que una persona está demente, es una forma agresiva de señalar que su mente está enferma. El que se turben sus pensamientos y deje de atender a la razón es una forma de describir esta insania, pero no es lo única. Existen otros actos, otras formas, sin que se pierda la cordura.
Sería como estar enfermo y la única medicina posible para acabar con el dolor fuera dejarse llevar por la vesania. Pero, en este caso, no se trata de un delirio desbordante, sino que de una cura localizada para aliviar un padecimiento en particular. Un trauma es la causa de la locura y enfrentarlo es la única respuesta posible para limpiar la mente insana.
Pero aquello no fue algo que descubrí durante mis días de reclusión, sino que fue tardíamente, cuando ya había identificado en la práctica la forma que la demencia había adoptado en mí.
Misandria. Tal vez con ella hubiese sido suficiente, pero mis instintos animales habían conseguido convertirla en homicidio.

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