domingo, 1 de diciembre de 2013

Tsuyu - Pasado - VI



VI

Cuando solo me faltaba una cuadra para llegar a la oficina de mi madre, la vi junto a Sa-Yeon caminando hacia a mí. Esta última había estado conmigo solamente durante mi primer año en Jeonju, luego, al comprobar que podría cuidarme sola y que al fin había encajado en un lugar, se marchó a Seul, donde había estado trabajando desde antes de que nos acompañara en nuestros últimos días en Japón.
–Me alegro que hayas llegado a tiempo, cariño –suspiró aliviada mi madre.
Okāsan, Sa-Yeon-san –las saludé con una pequeña reverencia cuando ya estuve frente a ellas.
–Tsu…. Seul-Yi querida –se corrigió de inmediato Sa-Yeon. Ambas ya conocían mi decisión–. Hoy ha llegado un día importante.
La miré extrañada, sin saber qué es lo que ocurría hoy. El cumpleaños más cercano era el mío y aún faltaba un mes para ello.
–No te preocupes, cariño, ya lo entenderás –me aseguró mi madre–. Es mejor que nos pongamos en marcha, que no queda mucho tiempo para que anochezca.
Las seguí, hasta que llegamos al auto que mi madre tenía aparcado a unos pasos de donde nos habíamos reunido. A ella siempre le había gustado dejarlo en la calle y no en el estacionamiento de la filial de su empresa. Según ella, así era mucho más rápido salir.
Nos alejamos de la ciudad, dirigiéndonos a un bosque que descansaba a los pies de una montaña cercana. Allí, el tránsito era casi nulo y no se podían ver transeúntes en las inmediaciones. Salió de la calle y se internó unos cuantos metros en la zona boscosa. Luego, detuvo el vehículo y sin decir ninguna palabra, mi madre y Sa-Yeon bajaron. Yo, sin saber qué hacíamos allí, las seguí sin preguntar, pero llena de curiosidad.
Caminamos un poco más, hasta perdernos entre la densa vegetación del lugar. Había perdido el auto de vista y, a mis espaldas, todos los senderos me parecían iguales. Solo podía seguirlas, pues parecía que el camino se cerraba atrás de mí. Nos detuvimos al llegar a un claro, que se abría justo al final de la falda de la montaña. Miré para todos lados, intentando averiguar por mí misma por qué habíamos hecho todo el camino hasta acá. Pero no conseguí encontrar nada que llamara mi atención. Solo había césped y unas cuentas rocas de gran tamaño.
–¡Este lugar es perfecto! –exclamó emocionada mi madre–. Haz hecho un espléndido trabajo al sugerirlo, querida amiga.
–No ha sido nada, Chiharu-san [1] –señaló humildemente Sa-Yeon–. Es solo un sitio al que solía venir de joven.
–¿Por qué estamos aquí, madre? –las interrumpí, cansada de todo este misterio. Quería saber por qué me habían obligado a separarme de Yeong-Mi.
–Observa el cielo, amor mío –me pidió con dulzura–. Que ya se está alzando tu última Luna llena…
–¿Qué quieres decir? –pregunté, mientras volteaba la mirada, levantándola hasta distinguir aquel enorme orbe luminoso abrirse paso, rasgando el velo nocturno. Jamás había visto a la Luna tan grande como me parecía en ese momento. Tampoco la había visto resplandecer de ese modo. No podía reconocer el color, al inicio me pareció rojiza, luego la vi ambarina, posteriormente se mostró blanquecina y finalmente se tornó plateada. Aquel vertiginoso cambio me pareció fascinante y, a pesar de que me empezaba a sentir mareada, no pude apartar la vista de aquel espectáculo. ¿Qué estaba pasando?
–¿Lo sientes, amor mío? –quiso saber mi madre, no pudiendo ocultar su excitación.
–¿Qué… qué está ocurriendo? –le pedí que me explicara, mientras seguía embelesada por aquel destello.
–La Luna celebra contigo el inicio del final de tu cambio –escuché que me explicaba Sa-Yeon–. Estás terminando de renacer, tal como querías.
–Siente cómo el poder se cuela en tu interior –señaló mi madre–. La Luna llena está insuflando su bendición en tu interior.
–¿Por… qué… lo… ha… ce…? –mi concentración estaba dividida.
–Es un regalo de la última Luna llena que verás antes de cumplir los 15 años de edad –volvió a sonar la voz de Sa-Yeon.
–¡Mírate ahora, hija mía, que sobre ti verás resplandecer tu despertar como adulta!
Tras escuchar la potente orden de mi madre, sentí como si el hechizo que mantenía cautivada mi atención perdiera su efecto. Pude bajar mi mirada y con asombro observé cómo mis manos, mis brazos y todo mi cuerpo brillaba, de manera intermitente e intercalando los mismos tonos que había visto en el firmamento. Sin poder pronunciar ninguna palabra, busqué los rostros de mis acompañantes para que me ayudasen a entender qué significaba esto. Entonces, descubrí, como si se tratase de un reflejo, el cuerpo de mi madre envuelto en un aura celeste. Así lo vi y lo comprendí.
–Bienvenida –me saludó ella, al ver que ya había logrado entender lo que me estaba sucediendo.
Miré a mis espaldas y las conté, comprobando lo que había visto.
Allí estaba yo, cubierta por un manto multicolor, tan fino, tan elegante, que describía con precisión hasta el más mínimo detalle de mis rasgos. Era como una proyección que emanaba directamente de cada uno de mis poros. También podía ser el efecto de la reflexión de la luz lunar al chocar con mi níveo cuerpo. Fuera lo que fuese, ya había marcado mi destino, como si un segundo rito de iniciación se tratase; el punto de partida para una segunda vida.
De pronto, una suave neblina nos rodeó, aunque no fue lo suficientemente densa como para privarnos de la visión. Esta vez también sentí el aroma de la humedad, pero ahora no estaba contaminado como aquella primera vez, sino que se sentía limpio cuando inspiré profundamente. Un temeroso escalofrío recorrió mi cuerpo, mientras la sibilante brisa nocturna parecía hablarme: “Seul-Yi”, escuché con tanta claridad e inconscientemente que no pude evitar pensar en Yeong-Mi. El viento continuó su camino, remeciendo el follaje y alejándome de aquella preocupación sinsentido. Los altos cedros reverdecieron con el sutil contacto de las diminutas gotas que resbalaban por sus hojas. Y allí estaba yo, irradiando mi verdadera esencia. El bosque se iluminó, reflectando mi esencia en las pequeñas perlas que mojaban sus hojas. Parecía como si las estrellas hubiesen descendido y tratasen de ocultarse entre los árboles, pero no podían, porque respondían al vaivén de mis siete colas que danzaban bajo la luna aún visible que las había despertado.
Aquella noche había terminado de convertirme en una  yōkai.       

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